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jueves, 10 de enero de 2019

Policía activo, excampeón y entrenador de box




*Entrena a jóvenes en el garaje de su casa; han ganado varios cinturones

Rafael Espinosa / Carlos "El Filipino" Escobar es un tuxtleco ejemplar. A sus 46 años de edad, es excampeón estatal de box en peso gallo y subcampeón en peso mosca.

Desde hace 24 años es policía municipal de Tuxtla Gutiérrez y en sus tiempos libres entrena a jóvenes, a fin de fomentar el deporte y alejarlos de los malos hábitos, como el alcohol y las drogas.

Hace un año entrenaba a unos 30 muchachos en el gimnasio polifuncional del Parque del Oriente, sin embargo, recientemente el director del Instituto de Deporte Tuxtleco, Jaime Natarent Pimentel, lo desalojó sin motivo ni razón. De los 30 muchachos, unos 15 lo siguieron.

Actualmente, entrena en el garaje de su casa, en la calle y bajo la sombra de los árboles. Con recursos propios, ha comprado guantes, costales, zapatillas y otras cosas de boxeo. También hace un esfuerzo para los pasajes cuando se concursa en otros municipios.

En estas condiciones y compitiendo con boxeadores de alto rendimiento de gimnasios estatales reconocidos, dice, el 23 de septiembre obtuvieron cinturones en el torneo de boxeo en San Cristóbal de Las Casas, donde participaron boxeadores de Ocosingo, San Cristóbal, Comitán y Tuxtla Gutiérrez.

Asimismo, recientemente lograron otros títulos en el Segundo Torneo de Box Estilo Olímpico rumbo a la Olimpiada Nacional y Festival Olímpico Nacional 2019, denominado "Master Glove Golden", en el marco del 5º Aniversario del gimnasio de la colonia Patria Nueva, en la capital chiapaneca.

En estas fechas, los muchachos que oscilan entre los 15 años de edad, continúan con arduo entrenamiento para defender los títulos el próximo 8 de diciembre en el Gimnasio Romeo Anaya, en San José Terán, Tuxtla Gutiérrez.

"Mi motivo son los muchachos para que no se pierdan en el alcoholismo, las drogas o el tabaquismo. De esta manera también aportamos nuestro granito de arena para prevenir los delitos y reintegrarlos al tejido social", puntualiza.

Nota: En la foto de policías, el primero de izquierda a derecha.

Más de 20 años reparando zapatos



*Don Arturo López Cruz

Rafael Espinosa / En la colonia Patria Nueva, hay un zapatero muy singular. Todas las mañanas se desplaza en su silla de ruedas, saludando con alegría a medio mundo y se instala en una covacha a reparar calzado.

Don Arturo López perdió sus piernas en estado de ebriedad a causa de una caída del tren, cuando tenía 37 años, en su natal Chihuahua, sin embargo, reside en Tuxtla Gutiérrez desde hace más de dos décadas.

Antes de que perdiera las piernas, dice, fue hojalatero, mecánico automotriz y llegó a tener una granja de chivos, en Sinaloa, donde ponía en práctica sus conocimientos adquiridos de la carrera de agronomía.

No reniega de Dios ni del evangelio, en cambio no opina lo mismo de los feligreses, porque "cuando me ven, me dicen hubieras venido a tiempo a la iglesia; creen que estoy llore y llore".

Siempre deseó tener una familia, sin embargo, la primera mujer lo traicionó con su concuño y con la segunda no se entendió, por lo que vive solo en la colonia Patria Nueva donde tiene un mundo de películas que mira en sus ratos libres.

De zapatero, dice, vive al día. Gana 50 ó 100 pesos diarios, de ocho de la mañana a tres de la tarde. Con su silla de ruedas jala un remolque repleto de zapatos por entregar y otros que compra para revender.

A sus 58 años, lleva 21 sin tomar y más de 20 de zapatero.

Para todos aquellos que deseen de su servicio se encuentra a un costado de mercado de la colonia, bajo la sombra de una lona que instala de su silla de ruedas a la pared de una casa.



jueves, 8 de noviembre de 2018

El primer chiapaneco que ha cruzado el Canal de la Mancha



· Un gran ejemplo para todas las generaciones

Rafael Espinosa / Después de superar el cáncer de testículos por segunda ocasión, Carlos Moreno Guzmán se prometió cruzar nadando el Canal de la Mancha y lo logró.

Fue 1 año y 9 meses de arduo entrenamiento físico a cargo de Jordán Guzmán, en las frías aguas del Lago Tziscao, Parque Nacional Lagunas de Montebello, en Chiapas. Asimismo, recibió terapias sicológicas y asesorías nutriológicas.

Nadó 58 kilómetros de Dover, Inglaterra, a Calais, Francia, en 14 horas y 21 minutos, a temperaturas que oscilaban entre 14 y 16 grados centígrados. Partió a los 29 minutos del viernes 17 de agosto; sólo se detenía 10 ó 15 segundos para hidratarse. Se contabilizaron 55 mil 320 brazadas.

A sus 46 años, el contador público y empresario, se convirtió en el mexicano número 30 y el primer chiapaneco en cruzar el Canal de la Mancha, y va en busca de la triple corona en aguas abiertas que comprenderá la vuelta a Manhathan que se llama los 20 Puentes y de la Isla Santa Catalina a Los Ángeles, en los próximos dos años.

El padre de tres hijos y egresado del Cobach, plantel 1, se siente orgulloso de haber cumplido uno de sus mejores sueños y de ser un chiapaneco más que pone en alto el nombre del estado.


Me encanta el campo: doña Mara



Rafael Espinosa / Doña Mara se gana la vida en el campo. Se levanta desde muy temprano, atiende a su padre que sufre parálisis facial y a su madre que recientemente se quebró una pierna. Alista a su niña para llevarla al jardín de niños y luego sale con su machete afilado en busca de parceleros que necesitan de su trabajo.

Vive en el ejido San Miguel, municipio de Berriozábal, a unos 20 minutos de la capital chiapaneca. Doña Mara cuenta que forma parte de una familia de 13 hermanos. Desde niña su padre le enseñó a cortar leña, arar la tierra y rozar la maleza de la milpa.

A sus 33 años, ha tenido distintos empleos pero el que más le gusta es limpiar solares. En sus días libres, sube a la montaña a cortar leña, siembra maíz o frijol, para autoconsumo y otro poco para vender.

-Me encanta el campo -dice mientras corta la maleza de un predio.

Bajo el sol mortificante de este lunes, doña Mara Citlaly cuenta que cuando tenía nueve años su padre llegó a tener más de 350 borregos que cuidaba con sus hermanos. Puede ser que desde ahí comenzó a gustarme el campo, reflexiona.

En una tarea que comprende cegar un espacio de 100 metros cuadrados, ella gana 150 pesos, en un horario que ha establecido de ocho de la mañana a una de la tarde. A veces realiza dos tareas, pero queda muy ajetreada. Además, no puede quedarse más tiempo en las parcelas, porque tiene que ir por su hija al jardín de niños y atender a sus padres por la tarde.

Doña Mara tiene tres hijos; una de 17 años que ya se juntó, otro que aún estudia y la más pequeña que tiene en su poder. Dice que con su primer esposo no se entendieron y con el segundo tampoco; ahora es madre soltera. Por eso ha decidido trabajar para que "a sus hijos no les falte nada".

-Creo que los fracasos me han ayudado a salir adelante -dice con una sonrisa.

Doña Mara se detenía en pausas alargadas y se secaba el sudor con el brazo. Cortaba la maleza a ras de suelo con habilidad extraordinaria, incluso para asombro de los hombres que pasaban por ahí.

Agustín Duvalier, un ícono de Tuxtla



Rafael Espinosa / Quizá haya usted visto caminar por el zócalo capitalino a don Agustín Duvalier. Don Agustín es hijo del destacado poeta, escritor y periodista chiapaneco, Armando Duvalier. Es un insaciable lector de periódicos impregnado de sabiduría política. Tiene una asombrosa lucidez rayana a la locura en el término concreto de la intensidad del conocimiento. Sin embargo, en ocasiones, su acervo cultural sufre por la amenaza constante del olvido. A sus 70 años, don Agustín ha sido periodista y funcionario público en áreas relacionadas con la Comunicación Social. Sin presunción cuenta que es sobrino de la brillante escritora Elena Poniatovska y de la exdiputada y exsenadora, Arely Madrid, e hijo putativo de la escritora chiapaneca, Rosario Castellanos, quien le dedicó el poema "Lamentaciones de Dido". Estudió periodismo en la "Escuela de Periodismo Carlos Septién" y en sus años de gloria fue reportero de varios estaciones de radio y de prensa. Nació en Tuxtla Gutiérrez, no obstante, a la edad de 20 años partió a la Ciudad de México donde trabajó con Jacobo Zabludovski, entre otros comunicadores de esa talla, cuando era Presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz. Su pasión por el periodismo, dice, fue un legado paternal, sin temor a decir también que es simpatizante del priísmo desde hace más de 50 años. Tenía 15 años de edad cuando se empleó como corrector de pruebas de linotipo en El Heraldo. Después de unos años, regresó a Tuxtla Gutiérrez. En el círculo político se considera amigo del expresidente de México, Luis Echeverría, del exgobernador Juan Sabines Gutiérrez y el otrora alcalde de la capital, Enoch Araujo. Es el de en medio de tres hermanos, el mayor ya falleció y el menor es sexólogo, investigador de la UNAM con cuatro Maestrías en Ciencias Penales. Recuerda sin amargura que se entregó tanto en las oficinas públicas y al periodismo que no le dedicó tiempo al amor. Cuando era joven terminó la única relación seria después de un año. En sus ratos de soledad, camina por las calles de la capital, lee en su casa temas relacionados con la ciencia y el humanismo, visita cafeterías y sobrevive con el tic neurológico de lamerse la palma de la mano derecha y acomodarse los bigotes con el dorso de la izquierda. Es bebedor social, no ha fumado en su vida y le despreocupa el mañana. A pesar de que tuvo las posibilidades de comprarse un coche, nunca lo tuvo y mucho menos sabe manejar, dice el septuagenario de un metro sesenta de estatura.

Con sus 60 kilos, trilla la plazoleta del Parque Central todos los días. Es conocido por su guayabera en cuyas bolsas siempre anda retazos de papel con apuntes de toda índole y un par de bolígrafos con los que escribe con evidente intranquilidad.

Entre la nostalgia de la ciudad, se desplaza a pasos cortos pero ligeros, con gafas de montura negra, bigote blanco y una incipiente calvicie. A veces lleva en la mano una bolsa de nylon con recortes de periódicos, un reloj de plástico negro en la muñeca izquierda y una sortija en el anular de la derecha.

Por las mañanas hace sus quehaceres domésticos, trabaja de asesor de prensa para el Gobierno del Estado, lee periódicos en las oficinas de Comunicación Social y luego inicia su rutina de caminante de insufrible soledad.

Don Eligio, 43 años vendiendo periódicos



· Un oficio muy noble

Rafael Espinosa / Don Eligio es uno de los voceadores más antiguos en el Parque Central. Comenzó a vender periódicos desde 1975, cuando tenía 11 años. Nació en Andrés Quintana Roo, una comunidad del municipio de Jiquipilas, sin embargo, al fallecer su madre, él y sus cuatro hermanos viajaron a Tuxtla Gutiérrez. En esa época, sus primos vendían diarios y su tío era guardia del Parque Central.

Inició en el negocio como un juego, dice, cuando sus primos le dijeron:

-¡Vamos a vender periódicos! -.

-¡Vamos, pué! -.

Ahí comenzó todo. Gracias a este trabajo don Eligio terminó su carrera en la Normal del Estado y ayudó en sus estudios a sus cuatro hermanos, uno de ellos tiene hasta Doctorado, relata. También ha sacado adelante a sus cuatro hijos.

Don Eligio no ejerció su carrera, en cambio le gustó más vender periódicos y revistas. A 43 años en este oficio, se mantiene al día en los temas sociales cotidianos y ha sido testigo de la transformación del zócalo capitalino, desde cuando el Colegio de Niñas y el Seminario estaban a un costado de la Catedral San Marcos. Incluso, le tocó ver el antiguo Palacio de Gobierno y las peleas amistosas de box que se hacían en el parque entre boleadores de zapatos.

Recuerda que le tocó vender el Diario Popular Es!, La Tribuna, El Sol de Chiapas, La Tarde y El Heraldo, entre otros. En ese mismo lugar conoció a don Armando Duvalier, uno de los periodistas más destacados de la época, con quien compartió alimentos en su mesa.

-Todos los voceadores viejos ya murieron; ahora el único viejo soy yo -dice con una sonrisa.

En sus mejores años, en el 94, vendió hasta mil periódicos al día, no obstante, hoy, apenas vende 45, de lunes a domingo, de cinco de la mañana a una de la tarde. No culpa a la era digital o al desarrollo tecnológico, más bien entiende que los dueños de los periódicos muchas veces hacen del periodismo un negocio, ya que ellos, dice, se mueven hacia donde se mueven las campanas.

A pesar de la desgracia comercial, tiene la esperanza de que las ventas se compongan.

-¿Qué hará el día en que no venda un periódico? -.

-Me emplearé de chofer, repartidor en motocicleta o de cualquier cosa. Si comen las arrieras que no coma yo -reflexiona mientras levanta los periódicos sobrantes y amarra sus exhibidores.

A sus 53 años, don Eligio Valencia Sánchez tiene buena condición física, afirma. Y es que nunca le gustó el alcohol ni el cigarro, desde "chamaco" le agradó jugar defensa central en los partidos de fútbol. Recuerda los torneos que se hacían entre los barrios Niño de Atocha, San Francisco, San Jacinto y San Roque. De hecho, añadió, llegó a jugar en la Liga Municipal e Independiente.

Cuenta que durante su trayectoria de voceador, una vez dejó tirado su changarro, cuando los policías lanzaron gases lacrimógenos para disolver una manifestación y otra ocasión alcanzó a levantar su changarro cuando una agrupación llegó al Parque Central con piedras, palos y cohetes, de manera violenta y sorpresiva.

-Y aquí voy a seguir hasta que Dios diga -puntualiza.

Toda una vida en la arquitectura




Rafael Espinosa / Don Armando Zaldívar es uno de los arquitectos más destacados del siglo pasado en Chiapas. Fue el primero en diseñar una iglesia católica redonda en la comunidad La Tigrilla, región Frailesca de la entidad, incluso antes de que se construyera la Basílica de Guadalupe en el centro del país.

En Tuxtla Gutiérrez proyectó la ampliación de la Avenida Central, desde el Parque Central hasta la antigua Cafetería Bonampak. Asimismo, participó en innumerables construcciones como el Edificio Maciel, así como en inmuebles que aún persisten en la Avenida Central, a la altura de la 6ª Poniente; la casa emblemática con terraza del doctor Hugo Rincón, ubicado a un costado del Asta Bandera del Parque Bicentenario. Edificó también un extinto hotel en el Callejón del Sacrificio, atrás de la Catedral San Marcos, entre otros.

Construyó la cárcel del municipio de Tonalá, hoteles en Cintalapa, el Banco Rural del Istmo en Comitán, la casa parroquial del templo católico de Nuestra Señora de La Candelaria, en Cintalapa, e infinidad de casas y obras en Tapachula, Rayón, Ocozocoautla, por mencionar algunos municipios.

Don Armando, oriundo de Texcoco, Estado de México, llegó a Chiapas en 1960 cuando tenía 26 años. Dice que desde joven comenzó a involucrarse en trabajos de ingeniería como supervisor de obras, a fin de terminar su carrera en la Escuela Nacional de Arquitectura de la UNAM.

Tuvo como maestros a Augusto H. Álvarez y a Leonardo Zeevvaert, ambos colaboradores en la construcción de la Torre Latinoamericana, en México. De este modo, como aprendiz, lo enviaban a Guadalajara, Querétaro, Guanajuato, para supervisar obras de ingeniería y arquitectura.

Un día, en el centro del país, un amigo lo invitó a trabajar en Chiapas. Aceptó con el fin de conocer la entidad y desde entonces se quedó aquí, recuerda. Fue proyectista y supervisor en la Dirección de Obras Públicas en el gobierno de Samuel León Brindis. De igual manera, trabajó con otros gobernadores y gobiernos municipales de la capital chiapaneca.

Durante su trayectoria profesional ha sido profesor de dibujo y acuarela en la Universidad Motolinía de la Ciudad de México y catedrático de dibujo en la Facultad de Arquitectura de la Unach, así como socio fundador del Club de Tenis Parque Madero, en Tuxtla Gutiérrez.

A sus 84 años, don Armando ha ocupado importantes puestos locales y regionales dentro del Club de Leones Nacionalista.

Hace 16 años se retiró del oficio de arquitecto. Actualmente, es encargado de la Sala Tuxtla en el Centro Cultural Jaime Sabines. Este último oficio lo ha llevado a leer importantes obras de la historia de Chiapas, de tal modo que realiza antologías, compilaciones e ilustra a estudiantes a través de visitas guiadas a los murales importantes del Ayuntamiento de Tuxtla y en la Sala Tuxtla, por supuesto.

Su cálido cuarto de estudio está lleno de reconocimientos, libros y fotografías. Se siente orgulloso por haber aportado un granito de arena en el desarrollo de Chiapas, dice, acompañado de su esposa chiapacorceña, Rosaura Guadalupe Cortez Ortega.

—A estas alturas, me siento más chiapaneco que mexiquense —finaliza.