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jueves, 1 de diciembre de 2011

Apuntes sobre el oficio de cronista

Por Julio Villanueva Chang:
Este ensayo establece las características deseables en una buena crónica, al tiempo que analiza las relaciones entre literatura y periodismo y el injusto lugar que la crónica ocupa en nuestra tradición.
1.- Se venden crónicas. Pero, sobre todo, se venden nuevas máquinas para que un cronista sea más veloz: nuevas grabadoras, nuevos ordenadores portátiles, nuevas cámaras fotográficas, nuevos micrófonos en miniatura. La novedad es la tecnología, y no una nueva visión del mundo. Cada vez hay menos diferencias entre un periodista y un espía. Sin embargo, uno de los problemas de la prensa diaria sigue pareciendo un asunto metafísico: el tiempo. El trabajo del reportero de un diario suele ser un tour sin tanta sorpresa: páginas programadas, entrevistados programados, respuestas programadas, escenarios programados, tiempo programado. Se suele ver a un entrevistado en los lugares de siempre: la oficina, un restaurante, la sala de su casa. La entrevista como género siempre ha sido un acto teatral, y en la mayoría de las ocasiones no llega a ser una situación de conocimiento. Sólo una colección de declaraciones. Hay tiempo para actuar, pero no hay tiempo para entender qué significa lo que sucede.
Italo Calvino contaba que ya en su juventud había elegido como lema la antigua máxima latina Festina lente: apresúrate despacio. A diferencia del drama del reportero de un solo acto, un cronista suele disfrutar del lujo del tiempo, pero tampoco puede escapar de él: "Una crónica lograda es literatura bajo presión", dice Juan Villoro. Festina lente. Cuando trabaja por su cuenta y vive de escribir historias, el tiempo a su disposición no es siempre el mismo: a veces tres días, otras, dos semanas, o, con insólita suerte, cinco meses. No hay sólo una tecnología de la escritura; también hay una precariedad de la lectura: "Soñamos con un lector que no existe", recuerda Alma Guillermoprieto. A diferencia de los diarios, algunas revistas se dan el lujo de dar más tiempo a sus autores para entregar una historia. Es decir: se dan el lujo de haber sido hechas para leer y sorprender. Sólo en esos casos, un cronista tiene más oportunidades de buscar una cosa y encontrar otra, inesperada: lo más emocionante para un cronista es descubrir cosas que no está buscando. Hay una palabra en inglés para nombrarlo: serendipity. ¿No es acaso una paradoja buscar el azar? Pero esta búsqueda del azar cuesta también tiempo y trabajo. Cuesta preguntarse qué es digno de contarse y qué es digno callar. Y cuesta aprender a esperar a que suceda algo digno de contarse. Para escribir una historia, hay que aprender a sorprenderse. A veces la única condición para escribir una historia de verdad es aprender a esperar.
2.- Los secretos están sobreestimados. Todo-el-mundo-tiene-más-de-un-secreto. A la gente, en tanto ciudadanos, le interesa el periodismo de investigación. Pero a la gente, sin estadísticas ni etiquetas, le seduce que le cuenten historias. Hay ciertas sociedades y épocas en que lo real es más aburrido que la ficción, y en donde escribir crónicas acaba siendo un asunto funerario. Pero en general es al revés: suceden tantos hechos extraordinarios en el mundo que se ha vuelto un desafío escribir una novela que te persuada de abandonar la seducción por lo real. Cada día buscamos esa abundancia de lo extraordinario por habernos aburrido de leer tan malas novelas (y de ver tan malas noticias). Cada día buscamos literatura, pero en los hechos reales, a veces domésticos, y en la voz de la gente detrás de estos hechos: más que leer, la gente busca experiencias. Una literatura de todos los días. Y la gente se cuenta historias para dar sentido a su experiencia. La vida, en el acto del recuerdo, no es más que una colección de experiencias. Desde niños hemos conjugado más el verbo contar que informar: cuéntame, te cuento, qué me cuentas, no se lo cuentes a nadie. Desde niños hemos conjugado más el verbo descubrir que denunciar: lo descubrí, nos descubrieron, descubrí que, nunca me vas a descubrir. Para descubrir, basta una curiosidad vagabunda e inteligente. Es lo que suele animar a un cronista. Y empezar a preguntar, porque no es tan retórico repetir que las mayores certezas están siempre en las preguntas.
Ryszard Kapuscinski recuerda que los dueños y editores de los periódicos valoran ahora su información por el interés que ésta puede despertar y no por la verdad que se hayan propuesto encontrar. Pero hay una minoría de publicaciones que evitan tratar a los lectores como clientes. No publican siempre lo que les piden, sino también lo que creen que deberían leer: historias de vida pública y privada para ayudar a derribar prejuicios e ignorancias. La crónica es en ese sentido el género más libertino y democrático: ofrece la oportunidad de buscar no sólo a personajes y fuentes oficiales —autoridades, celebridades, especialistas—, sino también a gente ordinaria, esa especie de extras de cine mudo a los que nadie les ha pedido la palabra. Los cronistas tienen el privilegio de contar no sólo lo que sucede, sino lo que parece que no sucede. Una parte de las historias más memorables en diarios y revistas es aquella en la que sus autores han hallado un modo singular de contagiar esa fascinación que sintieron por lo descubierto. Ese modo en que un autor tiene de buscar ser sorprendido es lo que Carlo Ginzburg llama la "euforia de la ignorancia". La última tecnología sigue siendo la curiosidad.
3.- Un cronista no tiene escapatoria del pasado: trabaja siempre con recuerdos. Son recuerdos ajenos de la gente que le cuenta los hechos. Son recuerdos propios cuando tuvo la suerte de ser testigo y reconstruye lo que le contaron. Ya que en estos tiempos un reportero rara vez es testigo de los hechos, la entrevista se ha consagrado no sólo como una técnica para obtener información, sino como un género que facilita la producción y el consumo de noticias como comida rápida. La entrevista, más que un modo de conocer algo o a alguien, se ha convertido en una forma frecuente de la autobiografía. ¿Cómo confiar en un relato si, al margen de su propia voluntad, un testigo suele olvidar, distorsionar y mentir? "Todos tenemos un novelista en la cabeza", advierte Timothy Garton Ash. Recordar, más que reconstruir los acontecimientos, es reconstruir una memoria de los acontecimientos.
Gordon Thomas recordaba que los periodistas y los espías se parecen en que tratan desesperadamente de confiar en alguien. Es cierto: muchas veces entrevistar a alguien no es más que un acto de buena fe. Citar entre comillas ha terminado por convertirse en un modo de lavarse las manos: no tuve tiempo de verificar si sucedió, pero X lo dijo así en la entrevista. Pero a veces confiar en un cronista es también un acto de buena fe. Un reportero de ayer puede convertirse mañana en un sospechoso común. Algunos diarios y revistas de los Estados Unidos, entre ellos The New Yorker y The New York Times Magazine, y sólo uno de Hispanoamérica, como Etiqueta Negra, además de la figura del editor como un colaborador secreto, tienen verificadores de datos, quienes, más que ser fiscales de los autores, son guardaespaldas de los lectores y de la reputación del propio escritor. Algunos autores —por urgencia, pereza o autosuficiencia— suelen citar de memoria, dar por hecho declaraciones de un testigo, confundir datos históricos. "Los verificadores de datos no existen para que no nos hagan demandas, sino para respetar la ignorancia de la gente", recuerda Alma Guillermoprieto. "En periodismo, la labor de comprobación equivale al amor", escribió Norman Mailer. Y no de un retórico amor al prójimo, sino del más egocéntrico amor propio.
4.- La objetividad es más para un Premio Nobel de Física que para un cronista. En esta época ya no es posible transmitir conocimiento con sólo dictar información: lo que descubra un autor por sí mismo tiene la ventaja de fijarse más en su memoria y en la de sus lectores. Para ello, un cronista responsable tiene un pacto tácito con un lector: le cuenta una historia construida desde un punto de vista múltiple, incluyendo en mayor o en menor medida el suyo, y el lector supone que va a leer una historia que no es objetiva pero que intenta ser honesta. Si se toma libertades, el lector espera —tácitamente— que el cronista se lo advierta. Un cronista busca convivir más tiempo con la gente y estar presente en situaciones en que puede ser un testigo de cómo cambia alguien ante sus ojos. Busca otros escenarios de entrevista y observación social tratando de reducir un tanto la inevitable teatralidad de cualquier entrevista. Un cronista recuerda también lo que en la práctica diaria del periodismo no es tan obvio: que una persona no es la misma de noche que de día, que no es la misma sola que acompañada, que no es la misma en su ciudad que cuando está de viaje, que tiene épocas de mal humor o de euforia, y, más allá de los hechos, intenta averiguar si fue un accidente o es un patrón de conducta. En suma, un cronista trata a la gente sólo por horas, y suele cuidarse de la tentación de emitir sentencias. Un cronista usa la entrevista como técnica para obtener información, y privilegia la observación social de los fenómenos, y cómo éstos afectan la vida de cierta gente, desde un acontecimiento de masas hasta la intimidad de una subcultura. Un cronista, además, ensaya ideas y explicaciones sobre el mundo retratado en sus textos. Pero más que su oficio de reportero-ensayista-escritor, un cronista es ante todo un lector, y no sólo de sí mismo: para escribir la aparente historia inofensiva de un chimpancé, puede leer docenas de libros y no sólo de primatólogos ni de etología, sino también sobre la risa, y hasta buscar pistas en un archivo judicial.
Las noticias de corrupción conviven sin celos con las crónicas sobre animales: las revistas y los diarios tienen páginas para sumergir a sus autores bajo una retórica de la objetividad, pero también para hacerlos respirar con su voz propia. Hay quienes confunden tener una voz propia con el uso de la primera persona gramatical. En los medios periodísticos de Hispanoamérica, se suele satanizar el uso de la primera persona, excepto si cuentas con la licencia de columnista: "Se trata de fabricar la ilusión de que alguien o algo ajeno al yo del sujeto, y en consecuencia, a sus intereses y opiniones, narra los hechos —explica Arcadi Espada—. Es desde este punto de vista que se proscribe, en la estilística periodística, el uso de la primera persona del singular (excepto cuando esta persona ha alcanzado un estatus divino y entonces ya puede equipararse al Dios objetivo, mayestático y sin alma, que es el narrador habitual del periodismo)". Y añade: "Así es como cada yo queda en su casa y Dios en la de todos". Más allá de dogmas e ironías, Walt Harrington hace una pregunta justa: "¿Es posible que escribir sobre ti mismo siga siendo todavía periodismo?". Alguien dijo que una de las paradojas del gusto de las masas es su amor por lo individual.
5.- Siempre hubo una relación incestuosa entre el periodismo y la literatura, pero nunca se trató de llevar la información a un salón de belleza. Hay quienes todavía creen que el periodismo es más prestigioso cuando se parece a la literatura, y que un libro de reportajes sólo maravilla cuando se lee como una novela. Para estos lectores miopes, la crónica, igual que los chistes, es sólo un pariente pobre del cuento. A pesar de la obra de reporteros emblemáticos como Gay Talese y Ryszard Kapuscinski, el periodismo narrativo en Hispanoamérica sigue siendo un malentendido: "periodismo" es el adjetivo, y "literario" es el sustantivo. El triunfo de la estética sobre la ética. Pero es obvio que no todas las noticias merecen ser narradas ni todos los reporteros pueden ser buenos narradores.
Hay además un abismo invisible entre una "historia bien escrita", y una "buena historia". La primera puede serlo por haber sido escrita con claridad, gracia y sensualidad. La segunda, en cambio, debe tener el mérito de descubrir todo un mundo ignorado y ni siquiera necesita estar tan bien escrita para ser digna. Es el poder literario de selección, del que escribe Timothy Garton Ash. El vigor de una historia está también en esa tensión entre lo que se sabe y se ignora, entre lo que se cuenta y lo que no se cuenta, y en cómo un autor selecciona y usa esta información para construir una metáfora de su época. Se trata de convertir el dato en conocimiento. Más que un relato entretenido y bien escrito, un cronista ensaya una visión de su época a través de la experiencia extraordinaria de un individuo. "La noticia ha dejado de ser objetiva para volverse individual. O mejor dicho: las noticias mejor contadas son aquellas que revelan, a través de la experiencia de una sola persona, todo lo que hace falta saber. Eso no siempre se puede hacer, por supuesto", escribe Tomás Eloy Martínez. Así una crónica puede llegar a ser personal, universal y atemporal. O como dice Juan Villoro: un modo de improvisar la eternidad.
6.- Lo que se cree verdad puede ser también una forma de la ignorancia. Hay una suprema ignorancia y cierto desdén por la última historia del periodismo narrativo en diarios y revistas de los Estados Unidos (y viceversa), de ahí que en Hispanoamérica se insista aún en citar las veteranas novedades de Truman Capote y Tom Wolfe, y en creer a ciegas que A sangre fría es el paradigma de la non fiction sin advertir que es sobre todo una novela. También, sin advertirlo, toda esta ignorancia y menosprecio por lo publicado en los Estados Unidos en las últimas tres décadas ha hecho que el periodismo narrativo en Hispanoamérica siga siendo, más que un modo de reportar y entender una subcultura, un eslogan. Algunos tardíos escépticos del New Journalism lo recuerdan más como un experimento de escritura —escenas, diálogos, perspectiva, estatus de personajes— en que el autor parecería, casi como sus personajes, el centro del universo. Pero, desde Capote y Wolfe hasta estos días, existe una abundante narrativa documental dispuesta a ser examinada. "Contrario a los Nuevos Periodistas, la nueva generación experimenta más con el modo en que consigue una historia", escribe Robert S. Boynton en The New New Journalism, un libro de conversaciones con diecinueve periodistas estadounidenses sobre su oficio. "Sus innovaciones más significativas han sido experimentos con el reporteo, más que con el lenguaje que usan en sus historias", sentencia Boynton. Sería genial que los nuevos escépticos puedan decir que los experimentos con técnicas de reporteo suponen también experimentos con la verdad.
¿Qué sucede mientras tanto en Hispanoamérica? A pesar de esta tradición estadounidense, y del trabajo de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano —con García Márquez a la cabeza—, la discusión en las escuelas y los diarios insiste en arrestar al género bajo sospecha. Es un debate que empieza declamatoriamente en la ética y acaba siempre en las finanzas, una desconfianza no tanto de los lectores sino más propia del gremio de la prensa y sus gerentes. Se gasta tiempo en convencerlos de que vale la pena conceder a los cronistas un mayor espacio en los periódicos. Pero el máximo argumento no va más allá de que, así como un libro de reportajes no vende tanto como una novela, tampoco una crónica venderá más periódicos. No es un profesional debate literario; es una vocación comercial. "La máquina de escribir es siempre una máquina registradora, y la literatura, una economía, un sistema de circulación", recuerda Villoro.
Si el periodismo es el arte de envolver pescado, habría que empezar por respetar más a los pescados. Uno de los anzuelos para pescar más lectores de crónicas es apostar por publicar con frecuencia historias más poderosas, inteligentes y conmovedoras que estén más cerca de la gente común y corriente, y a la vez demanden un nuevo tipo de imaginación, compromiso y tiempo de trabajo de editores y cronistas. No sólo hay más nombres a quienes recordar —más allá de los históricos José Martí, Josep Pla, Abraham Valdelomar, Salvador Novo, Rodolfo Walsh, Joaquín Edwards Bello, o el propio García Márquez—, sino que también hay más revistas, páginas de diarios y editoriales independientes, que, a pesar de no poder evadir la bulla de las máquinas registradoras, han apostado por fundar una tradición de literatura documental que no se agota en las estereotipadas y recurrentes historias de guerra, corrupción, celebridades y miseria. Quedan unas cuantas preguntas urgentes para los cronistas: ¿saben en qué formas narrativas y de reporteo se producen los libros de narrativa documental? Y más que deslumbrar por su modo de contar: ¿hasta dónde puede conseguir una crónica iluminar el mundo que retrata? En Hispanoamérica, los cronistas aún no tienen tiempo de explicarlo.

Desvalijan una residencia

Por Rafael Espinosa:
Se sospecha que el o los ladrones irrumpieron en la casa al medio día de ayer a través de una ventana sin protección del segundo piso, en la recámara de uno de los hijos de la familia Jiménez Justiniani, pues dejaron sus huellas digitales en la marquesina y residuos de hojas verdes que pisaron en el terreno baldío adyacente.
Don César Alejandro Jiménez, un médico conocido del fraccionamiento residencial Las Arboledas, salió a pagar el recibo de energía eléctrica de su casa y también aprovechó el viaje para abastecer de combustible su auto. Dijo que pudo haber tardado una hora y media.
Su esposa María de Lourdes Justiniani, de 40 años, había salido por otros mandados, de modo que el inmueble quedó solo, dado a que sus hijos estaban en la escuela, informó la Policía.
El profesional en medicina, un hombre blanco de 52 años, alto, con los cabellos de plata y lentes que se veía de escasa graduación, intentó ingresar a su hogar, sin embargo, la puerta principal tenía seguro por dentro, cosa que nunca hace y tampoco se puede, comentó alguien.
Tuvo un mal presentimiento, aunque quizá por los nervios, dijo después, no sabía sí escuchó ruidos dentro de su inmueble o automáticamente resolvió llamar a la Policía.
Un convoy de patrullas se presentó a la Avenida Caoba y Calle Cedro, número 193, en una casa grande de dos plantas, de barda alta, con patio, traspatio, garaje, cuyo zaguán con verja está rodeado de buganvilias frescas.
Varios oficiales bajaron sigilosamente y escucharon el dato preciso del médico, cortaron cartucho a sus armas cortas y, usando como escalera una de las patrullas, brincaron la barda, abrieron el portón para que entraran sus compañeros, luego —en posición de ataque— ingresaron en una de las puertas de la casa.
Caminaron en un pasillo, llegaron a la sala y le quitaron seguro a la puerta principal que por fuera no abría con la llave. Otros esculcaron el traspatio, el comedor, la cocina, la cisterna, mientras que el Pug, que estaba en el garaje y que había entrado corriendo cuando los policías abrieron la puerta, corría alocado para todos lados dentro de la casa.
Sin bajar la guardia, los agentes subieron el graderío de medio espiral y de barandales de fierro forjado, hacia el segundo piso. Caminaron cuidadosamente sin localizar a nadie, aunque a su paso se toparon con un silencio pavoroso en las habitaciones, con las cosas tiradas por doquier como sacadas de su sitio por un torbellino.
Más tarde, acompañado de los oficiales, don César caminó toda su casa hasta llegar a las ventanas de cortinas de plásticos verticales, algunas, y otras de tela, de cada recámara. Se percató de que del cuarto matrimonial los ladrones habían sustraído alhajas y dinero en efectivo, al parecer diez mil pesos. De la sala de estudio dos computadoras portátiles y tres teléfonos celulares.
Doña María de Lourdes, que llegó minutos más tarde, notó que del cuarto de uno de sus hijos se habían robado un reproductor de videojuegos. Vio también que hasta el ahorro de su hijo que estaba en una alcancía se lo habían llevado.
A media sala, cerca de las escaleras que conducen al segundo nivel, algunos uniformados ubicaron una maleta negra abierta, pero vacía, en tanto que sus compañeros rondaban la manzana y otros revisaban la azotea.
Más tarde, un comandante de la Policía Ministerial, vestido de civil, tomó nota del robo. Había llegado con un agente y otro joven bien vestido quien casi todo el tiempo estuvo entretenido en su celular, quizá por su adicción a las redes sociales o simplemente cumplía alguna orden.
Los municipales, estatales y ministeriales, llegaron a la conclusión de que el o los ladrones habían ingresado en una de las ventanas del segundo piso que, “por confianza o por el calor” de los veranos, dijo don César, casi nunca aseguraban. Era el cuarto del menor que le habían robado su ahorro.
De entrada y salida, los ladrones dejaron el rastro de sus dedos sucios en la marquesina, se apoyaron en la malla metálica que le sigue a la barda, donde dejaron también un vestigio de hoja verde, para después caer en el terreno baldío y escapar.
“También tuvieron que usar una mochila”, conjeturó uno de los ministeriales.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El joven del brazo cortado


Por Rafael Espinosa:
Andrés partió de su casa hacia un lugar que tampoco él conocía, con la esperanza de olvidar su soledad y aunque el peso de su tristeza fue imborrable, aprendió a pescar camarones en alta mar, “globoflexia” y otras actividades en diferentes partes del país.
Andrés empezaba a dar sus primeros pasos cuando sus padres se separaron. Esa vez quedó en casa de su abuela, mientras que Gregorio, su padre, se fue vivir con su nueva pareja que tenía dos niños. 
Al poco tiempo, Gregorio llevó a Andrés a su domicilio, debido a que la abuela estaba mal de salud. Desde esa vez, Andrés compartió el mismo techo con su madrastra, sus dos hermanastros y su padre. 
Don Gregorio y su pareja, María Gregoria, procrearon un nuevo integrante en la familia, no obstante, Andrés se comportó como un niño normal, pero sentía, contó, que sus papás dedicaban más tiempo a sus dos hermanastros y al recién nacido.
Así vivió muchos años con ese resentimiento escondido de celos maternales, que fueron ocultándose de modo involuntario en su conciencia, de tal forma que se le fueron las ganas de estudiar y abandonó el quinto grado de primaria para emplearse en lo que le permitía su edad.
A sus 16, Andrés resolvió viajar a quién sabe dónde, salió de su casa con una mochilla llena de atribulaciones, así como con una rebeldía a flor de piel en búsqueda de una identidad que en su hogar, en la escuela, en los maestros, en los vecinos y en su padre no halló.
Tuvo como primer destino Coatzacoalcos, Veracruz, donde se trepó a un barco bautizado con el nombre de “Plutón”, para pescar camarones en el Golfo de México. Recorrió las costas hasta llegar a un embacadero de Tampico, Tamaulipas, sitio en que se quedó por una falla del barco. Luego siguió su romería de peregrino errante. 
Viajó a Querétaro, a Tlaxcala y a otras ciudades, tratando de olvidar las penalidades de su infancia hasta radicar en la Ciudad de México, donde aprendió la “globoflexia”, cuyas ganancias fueron para su subsistencia cotidiana.
Después de más de un año de andanza, regresó a vivir con su padre y “su familia”, en la colonia Ruiz Ferro, Chiapa de Corzo, cerca del fraccionamiento Vida Mejor de Tuxtla Gutiérrez. 
Actualmente se emplea en el taller de hojalatería “Quiroz”, en la 16 Oriente y 1ª Norte, en la capital chiapaneca, y su padre trabaja de ayudante en el día y vigilante en las noches en una empresa de lavado y engrasado de automóviles, frente al changarro donde él labora.
Alrededor de las once de la noche de este martes, Andrés fue asaltado en la esquina de su centro de trabajo, por dos sujetos que bajaron de un taxi, le rozaron un cuchillo en el cuello y le quitaron 300 pesos y su identificación, recordó.
Aseguró que los delincuentes eran los mismos que lo habían atracado hace unos cinco meses cerca de la colonia Santana, al sur oriente de Tuxtla Gutiérrez, sin embargo, desconoció si fue casualidad o lo andan siguiendo.
Después de regresar de su romería, trabajó también en un lavado de autos por la colonia Paso Limón y en los juegos mecánicos de la Convivencia Infantil, y en ningún lado, reflexionó, ha tenido enemigos. 
Esa noche que los paramédicos le restañaban la sangre del cuello, los policías le preguntaron por las heridas frescas que presentaba a lo largo de su brazo izquierdo; eran unas 12 rayas profundas que fueron creadas hacía unos dos días. En la parte posterior de ese mismo brazo tenía una cantidad similar de cicatrices. 
Con tranquilidad contestó que se las habían hecho los mismos delincuentes anteriormente, sin embargo, ni los socorristas ni los policías le creyeron. La ambulancia y la patrulla partieron y él se quedó presionando con los dedos la gasa del cuello. 
Se dirigió al teléfono de monedas, a unos diez metros del asalto, a donde supuestamente se conducía cuando lo atracaron. Esa noche, Andrés había decidido cuidar la empresa de lavado y engrasado para que su padre descansara en casa.
Después del altercado, Andrés, a través de la bocina, le dijo a su padre que lo habían asaltado, pero que todo estaba bien. Se presumía que don Gregorio estaba desesperado, pero Andrés trató de tranquilizarlo repitiéndole que ya lo habían curado y le pidió que llamara al teléfono del taller, que él esperaría la llamada.
Casi a media noche, don Gregorio llegó al taller para confirmar que Andrés estaba bien.
Al día siguiente, a medio día, el patrón de Andrés, dueño del taller de hojalatería, lo esperaba de un mandado que le había ordenado. Es un negocio sencillo con tres o cuatro carros escarapelados, con techo de láminas y un corral limitado con malla metálica.
El hojalatero comentó que Andrés es bien portado en el trabajo, aunque “después de que sale de aquí no sé cómo se sea”, dijo.  El día que le descubrió las heridas del brazo le regañó, incluso le dio cien pesos que le había pedido para la curación de sus lesiones, sin imaginar la magnitud de las rajadas porque esa vez llevaba el brazo vendado.
Ayer, don Gregorio, en su trabajo de lavado y engrasado, dijo que sabía del problema de su hijo, pero no sabía cómo actuar.
Apenas comenzaba a profundizar en el tema, cuando el jefe del lavado le hizo una seña para que siguiera trabajando, pero prometió platicar más a fondo del tema.
Minutos después, Andrés llegó a la hojalatería de enfrente con una piedra en el hombro, era un tronco que se había petrificado con el paso de los años, dijo su patrón, al tiempo de imaginar que ese tronco o piedra valdría mucho dinero. En ese momento, al ver al reportero de la noche anterior, Andrés trató de cambiar la plática para convencer a su patrón y a otras dos personas que estaban ahí, que en verdad la noche anterior había sido asaltado, pues nadie le creía. 
De hecho ni su padre, ni su madrastra (quien se escuchó preocupada mediante una llamada telefónica que le hizo este reportero), tampoco los paramédicos y los policías, le creyeron que las heridas del brazo hayan sido provocadas por delincuentes en un asalto, por el número y el orden de las cortadas, y ponen en duda aún que el corte del cuello también haya sido en otro atraco.
Instantes después, fuera del taller de hojalatería, Andrés reconoció que él mismo se tasajeó el brazo, incluso con la seriedad y la paciencia que demuestró, es imposible creerlo. Dijo que algunas veces se había lesionado en estado de ebriedad y otras sobrio. Inclusive, descargó su lastre depresivo infantil y sin titubeos comentó lo que piensa cada vez que se autoflagela.
—Pienso en todo lo que me ha pasado en la vida —resumió, recostado sobre el tallo de un árbol umbroso—, de niño me sentía mal cuando mi madrastra sólo abrazaba y atendía a mis tres hermanastros.
—Creo que es resentimiento, soledad, angustia… todo —. Se le quiebra un poco la voz.
En ese momento su padre lavaba un camión de pasajeros con una manguera a presión, en el taller de enfrente.
Recientemente Andrés conoció a su novia en la cuadra de su trabajo. No se ha ido, dijo él, porque ella se lo pide. 
Sabe muy bien que sus padres, su novia y mucha gente lo quiere, sin embargo, la sombra de ese desastre emocional de años no lo deja vivir en paz.

Anticuario se resiste al olvido




Por Rafael Espinosa:

A sus 97 años, don Noé Palacios navega monótonamente en su anticuario atiborrado de vetustas curiosidades y de recuerdos empolvados. Entre baúles cortesanos, figuras francesas de resina, relojes de pared, monedas porfirianas, timbres antiquísimos, quinqués de petróleo, libros de materias y teléfonos de época.

Los años no han pasado en vano, pues le han atrofiado las piernas y utiliza una andadera para desplazar su cuerpo escuálido. Sin embargo, mantiene intacta la lucidez, la soltura de su voz gutural, la mirada invicta detrás de sus anteojos y, de vez en cuando, la charla jocosa.

Ayer estaba sentado en una silla de madera, con la mirada clavada hacia la calle, con las manos sobre las rodillas, envuelto en ese mundo de estantes y vitrinas y otros cachivaches que lo rodean.

-Tiene que hablarle fuerte, casi no oye -recomienda su hijo que está en la zona contigua.

Es el mediodía y don Noé, profesor jubilado, está arropado con un pantalón raso café, guayabera blanca y sandalias de cuero cocido. Tiene la barba de días, los dientes gastados por el tiempo y unos lentes de armazón rojo con micas verdes.

Como cualquier ciudadano es un poco desconfiado. Pide al reportero identificarse. Toma el gafete con sus manos temblorosas y se pierde un rato mirándolo detenidamente. Después de complacer sus inquietudes, se suelta con la historia de su oficio.

De sus memorias arranca recuerdos estancados en el tiempo, como si fuese un bibliotecario que sabe el lugar de cada libro que busca. Recuerda claramente que nació en Medio Monte, Tuxtla Chico, en 1915.

Su local es una empresa muerta, lamenta. "La llegada de las casas de empeño a la capital nos llevó a la tristeza, todo lo llevan a los Montepío." Para colmo, hace años, comenta, le robaron una colección de monedas de plata porfiriana que a la fecha valdría unos dos millones de pesos; no obstante, tiene sospechas, pero "es un secreto de familia, merece discreción", dice.

El día del robo, su esposa Carmen, 18 años menor, se puso a llorar; él se aguantó. Esa vez doña Carmen le dijo que dejara el negocio, pero se empeñó en continuar porque es herencia familiar cuyo padre vivía encantado por la numismática, la filatelia, bártulos y oropeles.

Decepcionados por el robo, se irían a un rancho que compró en sus tiempos de gloria, por el rumbo de San Fernando, para vivir la senectud en pareja, pero se contuvieron.

Desde niño, cuenta, también aprendió de su padre a coleccionar trompos, canicas, revistas infantiles, entre otros juguetes, y conforme pasaron los años se interesó por antigüedades de adultos hasta lograr ser uno de los fundadores de compra y venta de curiosidades en la capital.

Durante su actividad como profesor tuvo una vida itinerante en distintos municipios de la Costa y Centro de Chiapas. Fue nombrado Secretario de Fomento y Construcción de la Secretaría Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), en Chiapas, a través de la cual, junto con otros compañeros, logró obtener 126 lotes para el mismo número de maestros, en un terreno anteriormente ocupado por un campo de aviación, donde hasta la fecha tiene su local, en la Colonia Magisterial.

Incluso, presume que durante la inauguración de la Colonia Magisterial, tuvo el orgullo de recibir en su casa al otrora presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, quien fue recibido por los funcionarios de primer nivel del ex gobernador de Chiapas, Samuel León Brindis, durante el periodo de la transición de la Sección 37 a la 40.

Le gustó un poco la política, aunque su padre decía que "la política es como la mierda, entre más se mueve más apesta".

Actualmente su negocio tiene 39 años y todos los días se sienta en la misma silla, junto al único teléfono en servicio. Vive encajado entre dos mil 300 libros y enciclopedias, entre mostradores que incómodamente permiten su paso.

Hace años compró cada libro en 100 pesos y ahora los vende en 30. "Para que vean qué tan mal está el negocio", reflexiona levantando su brazo plagado de manchas seniles que contrasta con su reloj plateado.

-¿Cuál es la pieza más antigua que tiene?

-No sé; es como si me preguntaras quién es la mujer más bonita de Tuxtla -reflexiona con cierta picardía.

Timbra el teléfono, levanta el auricular y no entiende, le grita a su hijo, que está en el vestíbulo, para que conteste. Su hijo cuelga y le dice: preguntaban por uniformes. ¡Qué equivocado está!, repone enfático don Noé.

Pierde el hilo de la plática y pregunta: en qué íbamos. Enmienda la charla y cuenta que se casó tres veces y tuvo varios hijos. "Cuando joven es uno muy travieso, ya usted sabe", revela con su voz pastosa.

Se levanta, se apoya en su andadera, camina entre lámparas viejas, balanzas, cantimploras colgadas y cuadros deteriorados, pasa frente a una vitrina con cámaras fotográficas de antaño hasta llegar a la antesala donde su hijo sostiene una conversación con alguien a través de su teléfono celular.

Involuntariamente don Noé posa junto a una estatua francesa que, dice él, representa la vanidad, mientras que en el extremo opuesto, bajo un arco de ladrillos barnizados, está la que dignifica la humildad.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Muere sepultado un obrero


Rafael Espinosa * CP. Cuando trabajaba en una obra pública, un peón murió sepultado la tarde de este miércoles en las inmediaciones de la colonia Las Granjas, al norte de Tuxtla Gutiérrez, debido al derrumbe intempestivo de una zanja.
Antes de su muerte, don Gustavo, de 53 años, tenía agruras del desayuno de las nueve de la mañana. Eso le dijo a Ramiro Maldonado, diez años mayor que él, compañero inseparable de trabajo, cuando juntos estaban dentro del surco de tierra de dos metros de profundidad.
Parecía un día normal para los cerca de 15 obreros que estaban ocupados en una obra pública de drenaje, en la calle Michoacán y avenida Sinaloa, donde a las 13:20 horas de ayer, ni siquiera se escuchó la caída intempestiva del lodo.
Ramiro y Gustavo compactaban la tierra para asentar el tubo de drenaje; sin embargo, apenas vieron que la tierra se les vino encima. Ramiro corrió hacia la parte alta, incluso su pala que arrastraba quedó prensada. Gustavo, involuntariamente, corrió al fondo de la oquedad donde cayó el montículo mayor. Desapareció por completo.
Sus compañeros, contaron después, se ataron. No sabían si cavar con palas la tierra derrumbada, usar la retroexcavadora o simplemente esperar a las autoridades, porque desconocían el sitio exacto donde estaba el cuerpo.
El precavido trabajo de excavación fue apoyado por los agentes de Protección Civil. Al fin descubrieron el cuerpo de don Gustavo. Ya no tenía señales de vida, tenía el abdomen abultado, sin que se supiera si era por el golpe o simplemente porque era de estómago pronunciado.
Más tarde, ni siquiera su familia sabía de la tragedia, pero el cardumen de vecinos se movía para observar mejor el cadáver que alguien había tapado ya con una manta tejida de color azul, sin que respetaran el acordonamiento que las autoridades habían rodeado.
El cerco de gente se dispersó por orden de la fiscal del Ministerio Público, Adriana Estudillo Náñez, quien había llegado con otra compañera de oficio. Unos obreros estaban sentados en montículos de tierra, abatidos por la noticia.
Jorge Ramón Bonifaz Domínguez, de 28, con la camisa de "Ingeniería Integral de Chiapas, SA de CV", quien se supo después era supervisor de la obra, estaba junto a la retroexcavadora, luego se cambió de lugar, en espera que alguna autoridad lo llamara o que la familia se acercara a él.
Guillermina Calvo Bautista, de 64 años, esposa del finado, se privaba en llantos. Un momento la sentaron en una silla que alguien aproximó frente al cadáver tapado; sin embargo, nadie soportó su tristeza y decidieron moverla a otra parte.

"Hace poco fue mi hijo y ahora...aayyy", lloraba mientras una señora le daba a que oliera un algodón mojado de alcohol.
Un grupo de tres peones platicaba, a unos veinte metros del muerto, sobre la bóveda de un dren pluvial reciente. Comentaban que don Gustavo era una buena persona, risueña y trabajadora, inseparable de don Ramiro, el sobreviviente. Nadie daba crédito a la tragedia. Si apenas hace rato habían albureado con él, como acostumbraban.

"Mi amor, te quiero", bromeó don Tavo a José Luis, un muchacho flaco, de espalda encorvada y abdomen fruncido.

"Te amo, digamesté, jajaja", le contestó José Luis, cuando se toparon. Y siguieron trabajando.

Con el paso de los minutos seguía llegando más gente que no le importaba franquear los escombros, mientras que don Ramiro, que había ido a la tienda por un refresco, no salía de su incredulidad. Estaba a unos metros del grupo de tres obreros.
"Me salvé, si también estaba ahí", dijo don Ramiro de piel curtida, cuya cachucha con insignias del "Ché Guevara" y la frase célebre "Hasta la victoria siempre", permitía ver su cabello entrecano. De estatura baja, delgado, arropado de obrero y huaraches.
Cerca de las cuatro de la tarde, cada quien empezaba a tomar su camino. Los agentes de servicios funerarios rodeaban como tiburones a los hermanos -de edad avanzada- del finado; la dama advirtió a los vendedores que ella ahora no sabía qué hacer, pero que agradecía el ofrecimiento, además les dijo que entendieran, pues sabían el momento que estaba pasando.
Jorge Ramos, supervisor de la obra, prometió a la familia costear los funerales. Otro hombre, empleado o dueño de la constructora, quien llegó casi a las cuatro de la tarde, también ofreció el apoyo, incluso habló con los dolientes.
Don Ramiro estaba preocupado porque le ordenó la Fiscal que fuera a declarar, sin embargo, su sobrino, un adolescente, lo animó diciéndole que sólo diría lo que vivió. Don Ramiro fue acompañado por el supervisor de la obra, mientras que algunos de los desconsolados regresaron a sus domicilios y otros iniciaron los trámites para reclamar el cadáver.
Todos bajaron las herramientas, se suspendió el día laboral y la calle quedó quieta, sólo con el recuerdo de la vida de un hombre que le gustaba trabajar, bromear, y que había desayunado placenteramente por la mañana, al grado de que sintió agruras cuando trabajaba dentro de la zanja, donde fue sorprendido por la muerte.

sábado, 26 de noviembre de 2011

El ocaso de un adicto

Rafael Espinosa * CP. Nadie creía que Juan Carlos había muerto, mucho menos su madrastra que al momento de saber la trágica noticia abandonó la preparación del pescado para su comida, solamente para comprobar que en la banqueta de su casa estaba el difunto.
Todos los vecinos y hasta su propia madrastra sabían el destino de Juan Carlos; sin embargo, jamás pensaron que fuera tan pronto, pues bajo el calor insoportable del miércoles lo habían visto caminar y gritar a media calle, perdido en los efectos del alcohol.
A la edad de 17, Juan Carlos Arévalo Gutiérrez comenzó a consumir en exceso bebidas embriagantes, de tal suerte que lo internaron en repetidas ocasiones en un albergue especial para alcohólicos, no obstante, recaía con más ímpetu.
Su padre, Pakín Arévalo Castellanos, muerto hace tres años por una enfermedad incurable en los pulmones, fastidiado por el vicio de su hijo, un día resolvió -con el dolor de su alma- encadenarlo de un pie a una de las patas de la cama para detener su adicción. Duraba amarrado hasta dos meses, le daban de comer y de beber sanamente, pero cuando lo soltaban se iba a la calle y se perdía nuevamente en sus delirios causados por el aguardiente. Su padre renunció a esta medida, pues se convenció de que no funcionaba.
A sus 30 años, durante los últimos días de su vida, Juan Carlos se había internado por su propia voluntad en un centro de rehabilitación de Terán, cerca de su domicilio, incluso hacía un mes que había salido sin lograr vencer los demonios de la ansiedad.
En tanto, Yolanda Cabrera Luna, de 40 años, su madrastra, estaba más contenta que desapareciera meses metido en un albergue que tirado en la calle ahogado de alcohol, pero esos anhelos fugaces no eran más que simples ilusiones.
A pesar de que en ocasiones era conflictivo, los vecinos del barrio se habían acostumbrado a sus arrebatos de locura, de tal manera que nadie le hacía caso mientras él mentaba madres a media calle.
A Yolanda no se le hizo extraño, ese día en la mañana, que Juan Carlos estuviera dormido al pie de la puerta de su casa, pues también a veces dormía en la banqueta de a la vuelta. Ella había perdido las esperanzas de que su hijo se regenerara, después de que éste tenía 13 años de una vida licenciosa.
Desde hacía algún tiempo, Yolanda había dejado de preocuparse de que su hijastro  durmiera fuera de casa, dado que había días en que no llegaba, además significaba un peligro inminente para ella que vivía sola.
Ayer temprano, Yolanda fue a comprar al mercado, incluso brincó a Juan Carlos que estaba tendido en la puerta, durmiendo a sus anchas, como lo hacía siempre. Ella notó que su hijastro roncaba.
Regresó y comenzó a preparar el pescado en la cocina de su casa, cuando los vecinos corrieron a avisarle que Juan Carlos estaba muerto. Sin dar crédito a la noticia y sin dar la razón a los vecinos, esperó que especialistas en primeros auxilios confirmaran la tragedia.
Cuando ella fue al mercado quizá escuchó los estertores de la agonía y no los ronquidos de sueño de Juan Carlos.
La Policía tomaba las diligencias y desde la esquina más inmediata de la calle, la hermana mayor de Juan Carlos lloraba. Ella estaba ebria y parece llevar el mismo destino que él.


Tentaciones

Por Rafael Espinosa:

No pensé que Juanita fuera tan puta. Ella dice que es “sobandera” por eso los hombres desfilan en su puerta; a otro perro con ese hueso. Lo creyera pero… ¿quién de toda la procesión es el padre de sus tres hijos? Cuentan que les acaricia las manos para leérselas, que les aprieta las piernas con los dedos para desbalagar los nudos musculares y cuando invoca a los espíritus se le traba los ojos y comienza a gemir como vaca recién aliviada.
“¿Es quiropráctica, espiritista o quiromántica?, cuestiona la comadre Raquel que también lavaba ropa, divididas sus casas por un corral de palos delgados.
“Más bien masajista”, suelta Josefa y deja de fregar el jabón, pensativa.
Siguieron enjuagando la ropa. Pero no me pasa, agrega Josefa; cómo le rinde el dinero, gasta poco o gana mucho, pero lo raro no es que sobe o limpie almas, lo extraño es que sólo hombres llegan a buscarla. Y yo bajo el pinche sol lavando ropa y ni siquiera es mía.
“Así es la vida de desbarajustada, digo, de injusta”, reflexiona Raquel, sin ganas de seguir al ver los dos cestos llenos de prendas sucias en el piso.
Pobre su marido, insiste Josefa, estará dando patadas de ahogado en el cielo, si bien le fue, si no ha de estar tramando alguna treta en el infierno con belcebú para moverle la cama por las noches, aunque creo que eso no es castigo, porque todas las noches se la sacuden.
“¿Qué cosa le sacuden, comadre?”, pregunta Raquel.
“La cama, comadre”, aclara Josefa.
Eran las seis de la tarde. Juanita salió a su traspatio, presumiendo su cuerpo envidiable a las comadres lavanderas que fingían no verla. Estaban a unos 20 metros. Lanzó una bocanada de humo del cigarro que tenía en la mano y ofertó sensualmente:
“Necesito una ayudante”
Las comadres intercambiaron miradas.
“No, gracias”, agradeció Raquel.
Josefa esbozó una risa tímida.