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viernes, 25 de septiembre de 2020

Año Nuevo singular

Rafael Espinosa / Y entonces el hospital se transformó en un barco de familias alegres en cubierta, médicos y enfermeras en barandilla, acercándose al puerto de la esperanza, con luces de bengala y campanadas del primer minuto del 2019.

Este sitio de urgencias, acostumbrado a las aflicciones mutuas, camillas apremiantes y salas de espera desbordantes, vivió una efímera y genuina indolencia a la media noche de este lunes.

Como si se tratara de un valls, las familias desconocidas se dieron el más sincero abrazo por Año Nuevo, mientras que Dios puso a buen recaudo a recién nacidos, pacientes terminales y mujeres embarazadas.

El ruido y resplandor de los cohetes y luces de bengala, brillaron en los ojos de médicos y enfermeras que contemplaron desde el balcón de este barco llamado hospital Vida Mejor, embelesados, como si se tratara del canto de una sirena.

Después de diez minutos del 2019, todo volvió a la normalidad en el hospital, como una fábula alegre en medio de un nostálgico drama.

Escondidas

Rafael Espinosa / Apenas había terminado de llover y se sentía el aroma a tierra mojada. Las gotas de lluvia rodaban aún sobre las tejas y las hojas de los árboles. En el pueblo no había más diversión vespertina que reunirse con los amigos y jugar a las escondidas. Mamá siempre había dicho que podíamos jugar en cualquier lugar menos en la casa abandonada de la calle Crisantemo. Persistía la creencia que en aquella casa había un monstruo, aunque nadie lo había visto. Éramos siete. Cuando lanzaron el bote con piedras lo más lejos posible, Samuel corrió tras él y yo vacilaba a media calle, frente a esa casa magnética que parecía llamarme. Sin tener más tiempo en pensar, empujé la puerta de madera cuyo ruido me hizo estremecer. La cerré y me recosté en ella, agitado. Me sentí en otro tiempo y en otro mundo, lejos de aquel juego infantil. Había un silencio sepulcral y afuera sólo se escuchaba el caminar de Samuel sacudiendo el bote con piedras, buscándonos. Dentro, observé un patio abandonado, con una silla de madera en medio que apenas se veía por la maleza crecida con las primeras lluvias de mayo. Atravesé un corredor con portales corroídos por el tiempo. Cada vez se escuchaba menos la voz de mis amigos.

―¡Uno, dos, tres para Fidel! ¡Uno, dos, tres para Arturo! ―. Y así pasaron todos los nombres, como un susurro, menos el mío.

La curiosidad dominó mi miedo. De esta forma subí unas escaleras caracoleadas hasta llegar a una claraboya que me permitía una visión más amplia del pequeño pueblo de El Espinal. Esta vista panorámica era fenomenal, se veían yuntas de bueyes con carretas en las trochas, caballos sueltos en el prado y un llano cuyo final era una hilera de montañas verdes, como un paraíso. Después de ver esta maravilla, resolví regresar a la calle; sin embargo, sentí que me habían cambiado la ruta. Aquel edificio abandonado parecía un laberinto, todos los caminos me conducían a la misma sala de techo alto como el cielo. En ella había muebles antiquísimos, cuadros desnivelados, un piano ensombrecido por el polvo y unas cortinas gigantes que llegaban hasta el piso. Lo pude ver con la poca luz que penetraba a través de los ventanales. Juro que por primera vez comencé a sentir miedo, un miedo que hasta frío me daba. Quise llorar. Estaba arrepentido por haber desobedecido a mamá. De pronto, escuché el rugido aterrador de alguna bestia. Caminé hacia atrás y tropecé con un candelabro tirado en el piso. Me arrastré sobre la alfombra recostándome en la pared inmediata; sólo entonces comprendí que había muchos roedores que caminaban junto al rodapié. El rugido se escuchaba cada vez más cerca. El animal apareció al fin; era una especie de dragón mefistofélico cuyos ojos de fuego me observaban con una cercanía que sentía el calor de su aliento en mis mejillas. De sus fauces escurría saliva pegajosa y sus pezuñas afiladas parecían de armadillo, como los que cazaba papá cuando iba al monte. Era horrible.

―No me hagas daño ―le supliqué, cerrando los ojos. Recogí las rodillas con mis brazos y comencé a llorar.

Ya no recuerdo más.

Desperté en mi cama. Mamá se encontraba a mi lado.

̶̶  ¿Encontraron a mis amigos? ―pregunté alarmado.

― ¿De qué hablas, hijo? Tranquilo ―.

―¡De las escondidas, del juego, mamá! ―.

―Todo este tiempo has tenido fiebre, hijo; descansa ―.

Cerré los ojos y volví a ver al dragón; mi cabeza parecía una bola de fuego.

Muchos años después, he regresado a la calle Crisantemo. Ya no están mis padres. Mis amigos caminan apoyados con un bastón. Otros han muerto. La casa sigue abandonada y yo me encuentro triste, atravesando paredes y casas sin ninguna dificultad. No he vuelto a ver a la bestia, seguramente ese soy yo ahora, en espera de la próxima víctima.

 

Como todos los sábados

Rafael Espinosa / En la Casa Blanca concurrían alcohólicos de diversa estofa. Era una cantina que amanecía copada de niebla ante los primeros rayos de sol. La atendía Margarita, una mujer de cabellos ondulados; su marido, un hombre ocioso que se perdía en las mesas, entre el convite de los clientes.

En aquella jaula de locos, el bullicio se componía del ruido de los altoparlantes, el brindis estridente, las abruptas caídas de los vasos al suelo y el grito mexicano que sale desde el fondo del corazón.

Cuando el sol se partía a la mitad por el horizonte, algunos babeaban sobre la mesa, imposibilitados a estar de pie; otros dormían en el suelo. Su esposo, retorcido en una silla, tenía el cuello colgado hacia un lado. El parroquiano asiduo que siempre era el último en caer, se incorporó y caminó hacia la cocina sin que Margarita se diera por enterada. De pronto, la abrazó por detrás inmovilizándola por completo. 

―¿Qué haces, Agustín? ―le dijo tratando de zafarse.

En cambio, Agustín la apretó más hacia su cuerpo.

―Tranquila, Magui, no pasa nada ―le susurró al oído.

Mientras, alguien tirado en el piso, más dormido que despierto, intentaba cantar una canción, como disco rayado, interrumpiéndose por los estertores. La música había terminado.

―Espérate ―reprimió su voz e insistió―; nos va a ver mi marido.

―!Uy! Podríamos enterrarlo vivo y él ni lo siente ―.

―No seas así ―.

Al menor indicio de libertad, Margarita abandonó el cuchillo que tenía en las manos, se dio la vuelta y comenzó a besarlo con locura.

Sin soltarse, caminaron hacia el cuarto trasero. En el silencio y la tranquilidad de la cantina, sólo se escuchaban los murmullos de la agitación.

Después de un rato, Agustín se acomodó la camisa y Margarita se alisó el vestido. Él se fue sacudiendo sus botas, como todos los sábados, y ella se quedó en la barra, pensativa, cargando su rostro en la mano, como retrato.

Su esposo despertó somnoliento, malhumorado por la resaca, ante aquel panorama de holocausto.

―Voy por los niños a casa de tu madre ―dijo él.

En el dintel de la puerta, se detuvo… ¿Quieres algo?

―Una pastilla para la jaqueca ―fingió ella, tocándose la sien y sin poder mirarlo a los ojos.

Los parroquianos, uno a uno, despertaron y partieron en la oscuridad de la noche.

Un libro de vaqueros

Rafael Espinosa / Desde niño Jacinto aprendió de las cosas de Dios. Asistía a las oraciones con sus padres, pero con el tiempo se quedó huérfano. Sin embargo, continuó en el evangelio, con la Biblia bajo el brazo. Sus hermanos, igual a él, formaron su propia familia, aunque Raquel desde la infancia renegaba a la Palabra de Dios.

Muchas veces Jacinto intentó convencer a Raquel.

―Ya sé a que vienes ―adivinó Raquel, sin dejar de cargar su camión de rejas de jitomate―; mira, te voy a escuchar sólo si me enseñas tu cartera ―le dijo al detener su faena.

Jacinto, desconcertado, desconocía lo que tenía que ver una cosa con otra. Se puso contento y le exhibió su cartera.

―Ya ves, sólo tienes un billete de 20 pesos ―repuso al ver la cartera de Jacinto―; en cambio yo ―añadió, mostrando la suya―, rebosante de dinero. Mira, mejor no andes perdiendo tu tiempo y ponte a ganar dinero.

Jacinto vivía en una casa modesta, con su esposa y dos hijos. Ese día, regresó con el corazón oprimido y se hincó a orar por su hermano en la orilla de su cama.

―¿Qué te pasa, Jacinto? ―le dijo su esposa cariñosamente, sentándose a su lado.

―Mi hermano... ya sabes, tiene el corazón de piedra ―contestó con tristeza.

Raquel, productor de jitomates y esposo de una mujer que le había dado un par de hijos, comenzó a sufrir los estragos de su vida licenciosa. Había perdido propiedades al separarse de ella, tomaba mucho y sus hijos caían enfermos con frecuencia.

Un día, Jacinto, con su fe inquebrantable, volvió, como muchas veces, a casa de su hermano. Había soñado que su hermano recibía a Cristo en su corazón, aunque después de esta visita, se sintió culpable porque esta vez había sido una necedad suya y no un mensaje de Dios, como otras veces.

Otra ocasión, encontró a su hermano con una Biblia en las manos, lo cual lo llenó de júbilo y sin querer importunarlo ni causarle molestia, le preguntó con tranquilidad.

―¿Qué lees, hermano? ―.

―Un libro de vaqueros ―repuso Raquel con soberbia y volteó hacia otro lado―. Déjame solo. Se veía demacrado, calvo y con la ropa pegada a los huesos.

Jacinto, pobre pero con vestiduras formales, se retiró ocultando su alegría. Sabía que su hermano había dado el primer paso, camino a la salvación. Y así pasaron 25 años.

Una primavera, después de muchos meses de la última visita, cuando en el pueblo se sabía que Raquel había perdido toda su fortuna, Jacinto entró de sorpresa y halló a su hermano nuevamente con la Biblia sobre el regazo.

―¿Lees un libro de vaqueros? ―le dijo en chanza.

No obstante, Jacinto quedó perplejo por la respuesta de su hermano.

―¿Por qué llamas así a la Biblia? ―espetó airado, Raquel.

Jacinto no supo qué decir. Después de unos segundos lo felicitó con cierta serenidad. Raquel, con recelo y ligera docilidad, le dio la mano a su hermano y luego un abrazo afectivo.

A sus 60 años, se sabe bien los capítulos y versículos de la Biblia, vive tranquilo y siente una paz intensa en su corazón. Asiste periódicamente a las reuniones de culto, acompañado de sus hijos y de la mano de sus nietos. En los encuentros familiares, se cuenta esta anécdota y le dan gracias a Dios, siempre.

El mensajero

Rafael Espinosa / Un día Dios concibió a su hijo en el vientre de una mujer de condición humilde. Se crió en el taller de carpintería del esposo de la mujer y desarrolló sus poderes entre el pueblo. Consiguió muchos seguidores como nunca antes visto en la tierra. Haciendo uso de sus facultades milagrosas revivió a los muertos, devolvió la vista a los ciegos, hizo caminar a los cuadrapléjicos y multiplicó los alimentos para una multitud. Pronto, sus poderes llegaron a oídos del emperador quien lo llevó  a la Cruz por la traición  de uno de sus discípulos. Se le acusaba de agitador social. A los tres días de muerto, resucitó y se fue al cielo a la derecha de su padre celestial. Desde esa vez, ambos observan a todas las criaturas del mundo. Dejó un manual de buena conducta que hasta los más entregados han cometido errores. A veces el hijo se cansa de escribir en los mamotretos tantas maldades que mira desde arriba. Sólo entonces le dice a su padre que le ayude. Dios, ya grande de edad, lo mira de reojo y le llama la atención por no haber hecho bien su trabajo cuando lo envió  a la tierra.

Pero padre, les dejé la Palabra, di mi vida a cambio de su libertad y aún no obedecen

Qué necesitas entonces?

Bajar de nuevo y repasar las lecciones

Prepárate entonces, hijo

El hijo alista sus maletas, sin embargo, se le ocurre que puede adelantar la Palabra, a través de representantes. Éstos han engañado a hombres y mujeres en la tierra, y continúan cometiendo excesos y equivocaciones a costa de su buena voluntad.

Padre, es innecesario que te lo diga porque ya lo sabes, pero no he bajado a la tierra, como me lo ordenaste

Y qué esperas?

Que se arrepientan

Hijo, es más fácil que tu vuelvas a la tierra a que ellos se arrepientan

Entonces, qué hago padre?

Espera que yo descanse un poco

Es la hora que Dios sigue dormido.

Cuando se acomoda en su cama se agitan los mares, llueve en cantidades y ocurren sismos, terremotos. Cuando un mosquito lo molesta, manotea y es cuando suceden desgracias.

Y aquí seguimos, aún sin entender.

Martín y sus 120 años

Rafael Espinosa | Sentados en corro sobre el pavimento, un grupo de alcohólicos empedernidos discutían acerca de la edad que vivirían al ritmo y estilo de vida que se prodigaban.

Los rayos del sol arreciaban a esas horas de la mañana.

Uno que había ido al árbol más cercano a descargar su vejiga, se aproximó tambaleante, cerrándose la cremallera del pantalón.

―Están todos bien pendejos ―soltó con su voz pastosa.

Perezosamente todos voltearon para saber si alegaba con algún amigo imaginario como solía ocurrirle. Sin embargo, a nadie más vieron, sólo a él.

―Yo los voy a enterrar a todos ustedes ―amenazó.

―Y tú ¿qué chingados tienes? ―rebatió uno, pasándose el antebrazo por los labios después de darse un trago de aguardiente.

―Dicen que uno vive hasta los 70 años, pero yo viviré hasta los 80 ―.

―¿Eres Dios o qué, para que andes diciendo pendejadas ―. ¿Quién te dijo?

―Doña Petrona, La Jucha. Me ha leído la mano por cinco pesos y me dijo que yo viviré 80 años. Así que yo los enterraré a todos ustedes ―advirtió con sus labios blancos como los de un muerto.

―Esos cinco pesos los necesitamos para comprar una botella ―lamentó uno.

De pronto, se apartó del grupo, zigzagueante en medio de la calle´, hacia quién sabe dónde.

Sus compañeros se habían olvidado de él, cuando, de pronto, regresó.

―Ahora, están dos veces más pendejos que antes ―gritó desde la media calle.

―Pero ¿qué tenés pueee? ―se escuchó una voz “aguardientosa”.

Los quedó viendo con una mirada retadora. Apenas podía pararse.

―Yo los voy a enterrar a todos ustedes ―apuntando a cada uno de ellos con el índice.

―¿Otra vez con la misma cantaleta? ―.

―Vengo de la casa de La Jucha y por otros cinco pesos más que le di, dice que voy a vivir 40 años más ―.

En lugar de regañarlo nuevamente, todos comenzaron a reírse.

―Eres pendejo ―dijo el más cuerdo―; ¡tómate esto! Y le dio la botella.

Al poco tiempo, murieron tres en menos de un mes. Fue entonces que los cinco que quedaban comenzaron a preocuparse.

―Puede que ese loco tenga razón ―se susurraron entre ellos.

Después de los funerales de los tres, el resto fue a casa de La Jucha.

Apenas iban a tocar la puerta cuando escucharon un estruendo al interior de la choza. Se abrió la puerta con violencia y de ella salió un hombre con pistola en mano. Corrió y se perdió entre las callejuelas de la colonia. Los borrachos, excepto Martín, se quedaron estupefactos sin saber qué hacer. Dominados por la curiosidad, resolvieron entrar y se encontraron a doña Petra tendida el suelo con un balazo en el pecho. En medio de la sala, había una mesa con naipes extendidos y una bola de cristal intacta.

―Uy, y ahora… ¿qué hacemos? ―dijo uno.

―¡Vámonos! ―alertó otro.

Estaban por salirse cuando la policía los detuvo en la puerta.

―¿A dónde van, amigos? ―espetó el oficial. Están todos detenidos.

―Jefecito, si nosotros… ―.

―Jefecito, nada. Todo díganselo al Ministerio Público ―.

Al poco rato estaban detrás de las rejas, sin embargo, en menos de una semana fueron exonerados al detener la policía al verdadero asesino. Sólo bastó unos días para que regresaran a su vida dipsómana.

―¿Dónde es que andaban? ―les preguntó Martín con seriedad. Seguramente desean un trago; y les pasó la botella que tomaron con ansiedad. A doña Petra la mataron por charlatana, dicen las malas lenguas, añadió.

―Entonces, ¿es mentira que vivirás 80 años? ―le preguntaron.

―Depende… ―. Dio un eructo.

―¡Depende de qué cabrón! ―lo sometió Arturo, tomándolo de las solapas de la camisa desvaída.

 ―Ahora voy a vivir 120 años. Iba a vivir 80 pero por cinco pesos más me dio 40 años más de vida, así me dijo antes de que la mataran y depende del trato que hice con ella ―.

―Este sí que está loco ―añadió otro recostado en la banqueta―; no le hagas caso.

Arturo lo soltó, lento, temeroso, pensativo.

―¿Y qué trato es ese? ―.

―Vendí mi vida al diablo ―.

―¿Cómo eres de estúpido? ―.

―¿Y cuánto te dio por tu miserable vida? ―.

―Muchos años más de vida. Ya me iba a morir la semana pasada ―.

―¿Y cómo lo sabes? ―.

―La Jucha me lo dijo ―.

―Y según ella, ¿de qué ibas a morir? ―.

―De cualquier cosa, menos de viejo ―.

―Ahora moriré al cabo de mis 120 ―.

―¿De qué te sirve? Si te vas a ir directito al infierno ―.

―El único consuelo es que miraré a mis nietos, bisnietos y tataranietos ―.

―Ni hijos tienes ―.

―Algún día los voy tener ―.

Todos escuchaban atónitos.

―¿Y cómo podemos salvarte o recular el pacto?

―No sé; doña Petra ya no está ―.

―Busquemos a una espiritista, una bruja o que se yo ―.

―¡No! Así está bien. Tendré la dicha de ver morir a don Enrique que me corrió a patadas de su banqueta y a todos los de la colonia que se han portado mal conmigo ―reflexionó sin parpadear.

―¡No seas pendejo, Martín! ―.

Un mutis se apoderó del escenario. Martín y Arturo se sentaron con los demás a disfrutar de la botella.

Al poco tiempo, Martín vio a uno de sus compañeros retorciéndose de dolor en la banqueta donde siempre se reunían. Corrió hacia él y le preguntó el motivo de su dolor.

―Me muero, Martín ―repuso Benjamín, agonizante.

―No te vas a morir, aguanta ―le susurró al oído al tiempo en que miraba a todos lados en busca de auxilio hasta clavar su mirada en Arturo que se acercaba.

―¡Vete de aquí, demonio! ―.

Martín dejó a Benjamín cuyo cuerpo feneció en minutos, sin que nadie pudiera salvarlo.

Bastó unos días para que los demás sobrevivientes corrieran con el cotilleo de que Martín tenía pacto con el diablo y seguramente no había vendido su alma sino la de sus camaradas.

―Miren, ahí va, ―decía la gente desde su ventana―; parece más repuesto y la bebida parece no hacerle daño. Se ve más lúcido y ya no anda desaliñado.

―Es el mismísimo diablo ―aseguró una vecina.

Conforme pasaron los años, la gente de la colonia se moría sin explicación. Uno se golpeó la cabeza al resbalarse en el baño y jamás despertó, otro se atragantó con una espina de pescado y una señora murió por la coz de una vaca cuando la ordeñaba. Moría la gente por cuestiones insignificantes. 

Un día, una turba, entre ella sus compañeros, lo ató con sogas con la intención de quemarlo. Martín, sin miedo y sin oponer resistencia, se dejó amarrar en un árbol. Cuando estaban decididos a quemarlo sobrevino una lluvia pletórica que parecía diluvio. Martín quedó sólo bajo el árbol, como perro mojado, mientras que la caterva se disolvió, metiéndose cada quien a su casa.

Quisieron matarlo dos veces más. Le pusieron un plato de comida envenenada en la banqueta que otro compañero suyo comió y se murió. Le dispararon desde una esquina cuya bala se impactó en los adrales de una carreta que espontáneamente se atravesó.

Martín, el cincuentón blanco de cara dura, abandonó la colonia con sus bártulos, en tanto que la gente seguía muriendo, de tal modo que de los mil habitantes solo quedaron quinientos.

―Esto ya no es vida ―dijo alguien del pueblo, mientras desayunaba con su familia. Martín ya no está, pero dejó su maldición.

En un pueblo lejano, Martín murió a los 120 años cumplidos, fresco, sin dolor ni amargura, en su lecho, acompañado de su gran familia.

¿Su alma?

Quién sabe si pena o se revuelca en algún lugar, pues nadie ha regresado del más allá para que traiga noticias de él.

El desconocido

Rafael Espinosa / Alejado de la ciudad vivía un hombre solitario. Con esfuerzo había comprado muebles que acomodaba a su gusto. Un día encontró casi vacío su modesto hogar; le habían robado. Era un ermitaño capaz de superar cualquier adversidad con su paciencia inquebrantable.

Sin lamentar la situación, trabajó para comprarse nuevamente sus enseres colocándolos con tal pulcritud mejor que como estaba antes.

Una tarde encontró abierta la puerta de su choza y al pasar por su patio arreglado con plantas y flores de ornato, descubrió que otra vez le habían robado. Su ropa regada por todos lados, los trastos en el suelo, sin la televisión, la estufa ni el cilindro de combustible para cocinar. Decidió reponer lo robado y antes de irse al trabajo resolvió dejar la puerta abierta con un mensaje en papel sobre la mesa.

“No sé quién seas. Te doy la oportunidad de que uses mis cosas pero no te las lleves. Siempre me voy a las ocho de la mañana y regreso a las cuatro de la tarde, por si acaso te disgusta encontrarnos”.

Esa tarde, Ponciano cuando cruzó el patio con la tranquilidad de un rumiante hacia su corral, se detuvo bajo el dintel de la puerta y observó todo en su sitio. Hizo un gesto de alivio.

Sobre la mesa había una respuesta en el papel que había dejado.

“Es muy gentil de su parte”, respondió el desconcido procurando modales morigerados.

Ponciano caminó hacia la cocina y se encontró un omelet caliente en la sartén. Pensó en comérselo, sin embargo, por desconfianza, lo tiró en el jardín. Las hormigas hicieron un festín sin dejar rastros.

A la mañana siguiente, Ponciano volvió a dejar abierta la puerta y escribió: “Agradezco su amabilidad, pero no me gusta el omelet”.

“No se preocupe, las hormigas seguramente descansan con el vientre abultado y tendrán comida hasta el invierno”, respondió el desconocido en un papel sobre la mesa.

Con el tiempo, Ponciano se acostumbró a esta monotonía de compartir con libertad el mismo techo con el desconocido. No obstante, un día, amaneció enfermo y no fue a trabajar. Al advenedizo se le hizo extraño encontrar la puerta cerrada, se paseaba por el patio hasta que decidió violar el picaporte.

El suave sonido de sus pasos se detuvo en la sala y en medio de aquel silencio sepulcral, el extraño miraba hacia todos lados.

Ambos sentían el temor de que se hicieran daño en el encuentro, sin embargo, Ponciano estaba indispuesto como para incorporarse de su lecho y defenderse de cualquier ataque.

―¿Quién anda ahí? ―sonó la voz de Ponciano, mezclada con estertores, detrás de la cortina que dividía la sala de su cama.

El desconocido sintió alivio al notar que se trataba de un hombre de edad. Se animó a caminar y apartar con precaución la cortina. Inefable fue el asombro que ambos experimentaron al verse cara a cara.

Eladio sintió una descarga galvánica que estuvo a punto de caerse al tiempo que soltó la cortina. Con el rostro contrito bajó la mirada, mientras que Ponciano expresó con asombró.

―¡Hijo! ¿Eres tú, Eladio? ―.

Se formó un silencio.

―Yo… ―titubeó―, no sabía que era tu casa ―dijo al fin.

―No te apures hijo; pasa ―le invitó haciendo un esfuerzo por la tos que lo agobiaba.

Eladio corrió la cortina y se hincó ante el lecho de Ponciano.

―Perdóname padre; yo… ―intentaba hablar mientras que le rodaban lágrimas sobre las mejillas.

―No me des explicaciones, hijo, tenías 15 años cuando te fuiste de casa y desde esa vez no supe más de ti ―lo estrechó sobre su pecho con ternura y Eladio correspondió con temblorosos suspiros.