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viernes, 25 de septiembre de 2020

El ministro y el comandante

Rafael Espinosa / Sentado en el escritorio, el ministro reposaba la cabeza sobre el puño de su mano, evidentemente agobiado por el trabajo y el cansancio de sus años. Había decidido en ese momento eludir cualquier caso por importante que fuese.

Sin embargo, escuchó el ¡toc, toc! de la puerta. Se restregó su incipiente calvicie y tardó en autorizar la entrada del que con los nudillos insistía.

―¡Adelante! ―dijo, al fin.

―Señor, el Chacra, otra vez ―espetó el oficial.

El Chacra era un bandidillo que había caído en manos de la justicia la misma cantidad de veces en que había conseguido su libertad.

En aquella estancia llena de libros, con olor a madera de los muebles, el ministro levantó el rostro.

―¿Y ahora qué hizo?

―Robó una tienda, señor.

El ministro recostó su cuerpo esponjoso en el asiento, miró hacia el techo la araña de luces tenues y expresó:

―Denle un escarmiento.

―Sí, señor, lo que usted ordene.

Al oficial le brillaron los ojos, se despidió con decoro y cerró la puerta tras de sí.

Fue una búsqueda de perro hasta que lo encontraron encendiéndose un cigarrillo al salir de una tienda. Intentó huir pero detuvo su marcha cuando vio que los agentes salían de todos lados.

―¿Qué pasó mi comandante? ―dijo con tono amable.

―Estás arrestado, estimado Chacra ―advirtió el comandante.

―Pero comandante, hemos hecho muchos negocios ―. El Chacra cambió de actitud.

―Es orden del jefe.

Lo subieron a la patrulla cuyo motor protestó al ponerse en marcha. Con una bolsa en la cabeza lo bajaron en unos matorrales. Lo golpearon hasta que dejó de moverse.

―Ya se desmayó, comandante ―avisó uno de los agentes.

―¡Súbanlo!, ya despertará.

―Comandante, lleva diez minutos y no despierta ―advirtió otro más tarde.

El comandante le quitó la bolsa de la cabeza y vio al Chacra más blanco que nunca.

―¡Maldita sea!, ya se nos fue ―dijo, dándole palmadas en los carrillos.

Al día siguiente, al entrar a su oficina, el ministro volvió la vista hacia el diario que estaba en su escritorio: ¡Hallan decapitado al Chacra!

Corrió hacia su poltrona y levantó el teléfono.

―Dígale al comandante que venga, con carácter de urgente.

El comandante parecía más muerto que vivo.

―¡Qué es esto! ―le dijo alterado el ministro, mostrándole el diario.

―Se nos pasó la mano, señor ―repuso dominado por la congoja.

―¿Y qué crees que le diré a la prensa?... ¡Se nos pasó la mano, señor! ―remendó el ministro.

Más tarde, cuando bajaba de las gradas del Ministerio de Justicia, el esponjoso funcionario fue increpado por los periodistas, sin que detuviera su desnivelado andar.

―Señor, ¿qué pasó con el Chacra?

―¿Que, qué pasó con el Chacra? ―rebatió con la misma pregunta y añadió―, pues, el amante de su cónyuge lo mató, pero ya lo arrestamos hace unos minutos. Y se trepó a su camioneta.

Días después, el ministro y el comandante charlaban entre risas en la oficina.

―Ah, que mi comandante… ahora arreste a la mujer del Chacra como cómplice ―.

―Pero, señor… ―se sorprendió el comandante borrando su sonrisa―; ¿y los tres niños?

―Luego veremos ―le dijo el ministro dándole unas palmaditas―; tenemos que argumentar bien la acusación. O ¿quieres ir tu a la cárcel?

―No, no señor.

El comandante bajó la mirada y esbozó una sonrisa.  

Sin despedida

Rafael Espinosa / En alguna parte de esta gran urbe, Arturo vivía con su esposa y sus tres niños; era un burócrata que le había alcanzado para granjearse una casa modesta y un coche de modelo reciente cuyas letras le absorbían la mitad de su sueldo.

La noticia de que su cuñada viajaría de un pueblo cercano a la capital para vivir con ellos, le parecía un poco incómoda por la privacidad familiar y el gasto agregado que significaba mientras ella conseguía un empleo.

Su esposa moría de gusto por contarle a su hermana de las nuevas modas, de la hermosa ciudad y la frescura nocturna que penetraba en el balcón por las noches.

Un domingo por la mañana Andrea tocó a la puerta.

―¡Hola, Andrea, hermana mía, que gusto verte! ―dijo Sara dándole un abrazo fraterno―; déjame ayudarte con tu maleta.

Caminaron alegres por el pasillo al tiempo que charlaban de mil cosas hasta llegar a la sala donde Arturo leía el periódico.

―¡Tía, tía! ―corrieron los niños. Andrea abrió los brazos haciéndoles arrumacos.

Arturo, aún en pijama, se incorporó trabajosamente y la saludó amable con un beso en la mejilla.

―Bueno, seguramente tendrán mucho de qué hablar, voy a cambiarme ―expresó con cortesía, dirigiéndose a la recámara―. Niños, dejen platicar a mamá, miren la televisión.

―¡Sí, papá!

Las mujeres se sentaron en el sofá y platicaron largo rato.

La vida doméstica marchaba con normalidad, incluso mejor de lo que Arturo se había imaginado. Pasaron dos semanas y Andrea continuaba desempleada, sin embargo, era servicial y respetuosa con las reglas del hogar.

Una mañana, cuando el sol penetraba por las cortinas blancas, Andrea salió de su recámara para dirigirse al lavabo. Caminó en camisón con naturalidad, sin prisas ni aflicciones, como una criatura inocente y amodorrada. Había en sus veinte años una belleza electrizante que Arturo descubrió sólo en ese instante.

Sentado en el comedor, Arturo levantó la vista y detuvo la cucharada de sopa que se llevaba a la boca cuando Andrea se doblaba para alcanzar algo del refrigerador, y sólo entonces se despertó de su impavidez al escuchar el reloj que le recordaba el horario de trabajo.

En los días consecutivos, Arturo se mantuvo pensativo sin poder concentrarse en leer el periódico, ver la televisión, podar el jardín, incluso en atender a los niños.

Cierto día, Arturo y Sara platicaban en la mesa del jardín cuyo césped era verde y lozano. De pronto, Andrea regresaba de una entrevista de trabajo. Arturo intentó eludir la mirada, sin embargo, se sintió dominado por la cadencia de Andrea.

―Qué bien se ve mi hermana, ¿verdad? ―dijo su esposa.

―Es innegable que ya es toda una mujer… y hermosa además ―repuso con indolencia, aprovechando la oportunidad de la mutua confianza.

Contoneándose con su bolso en el brazo, Andrea se acercó a saludarlos. Su mirada reflejaba una chispa de alegría. Tenía una forma tan dulce de platicar que Arturo, fascinado, parecía incómodo al escucharla.

―Ya conseguí trabajo ―dijo con una sonrisa maravillosa.

Arturo se acostaba pensando en ella, en la piel tersa, ojos de diamante y cuerpo exquisito. Fingía dormir cuando su esposa entraba a la habitación.

Andrea sospechaba que Arturo la miraba con ojos diferentes.

Un día se encontraron solos. Involuntariamente chocaron al entrar a la cocina. Arturo cerró los ojos sintiendo su fresco olor a perfume, ella sonrío suavemente sujetando el plato de leche con cereales que llevaba en las manos.

Ambos hubieran querido que aquel momento se prolongara, pero se abrió de momento la puerta principal que anunciaba la llegada de Sara.

―En buen momento has llegado, Sara ―dijo Andrea.

Arturo corrió ayudarla con las bolsas de alimentos. Los niños entraron a tropel tras ella.

―¿Hay alguna noticia?

―He conseguido un departamento ―anunció Andrea.

Arturo se paralizó al escuchar aquellas palabras. Disimuló su lividez, dejó las bolsas en la cocina y se fue a su recámara.

―Continúen con la charla ―se despidió con cierto nerviosismo.

Había sentido angustia y ansiedad por la muerte de su padre, por la caída del menor de sus hijos por las escaleras, pero jamás había experimentado una sensación involuntaria como la partida de alguien que comenzaba a alborotarle las fibras más sensibles de su alma.

―Tengo que confesarle… ―pensaba, pero se veía imposibilitado de hacerlo bajo aquel techo en el que vivían juntos.

Escribió una carta sin saber cuándo, dónde ni la hora en que se la entregaría. Al fin pudo controlarse, se sentó en la orilla de la cama. No tenía ánimos de salir a la sala ni hablar con ellas, porque su nerviosismo lo delataría. Se conocía suficiente y se sabía descubierto con el corazón apachurrado. Salió al balcón a fumarse un cigarrillo, a contemplar el jardín y más tarde se durmió después de dar tantas vueltas en la cama.

Al día siguiente, salió de la recámara con la carta metida en el bolsillo, pero Andrea ya había partido.

―¿Y Andrea? ―preguntó a su esposa, tratando de guardar la calma.

―Ha tomado un taxi muy temprano hacia su nuevo departamento ―repuso con cierta sospecha―; no quiso despertarte para despedirse.

Arturo no se atrevió a preguntarle más acerca de Andrea, se tragó sus palabras mientras arrugaba la carta en la bolsa de su pantalón. 

Licenciados

Rafael Espinosa / En el trabajo todos nos llamamos Lic. Desde el jardinero hasta el jefe. Supongo que es una manera de mantener la equidad sin que a nadie le importe los escalafones laborales. Es tan divertido que uno termina contagiándose con este código tan amigable.

—¡Buenos días, Lic! —saludo al jardinero.

—¡Buenos días, Lic! —contesta él con naturalidad.

Se ha vuelto un ritual cotidiano que suena raro cuando no te llaman así. La vez pasada un hombre llamó al portero por su nombre, de tal modo que la curiosidad me hizo regresar más tarde para preguntarle, por qué no lo había nombrado de aquel modo.

—No se preocupe, Lic —dijo despreocupado—; no trabaja aquí.

Fuera del trabajo ocurre lo contrario. Nadie de los compañeros se llama, entre sí, licenciado. Por eso aquel día que iba atravesando la calle voltee automáticamente cuando alguien dijo: ¡Adiós, Lic.! Ni siquiera vi quién era, sólo sentí el golpe del automóvil que chilló sus llantas al frenar y luego caí inconsciente sobre el pavimento.

Supe más tarde que la gente me rodeó, viéndome tirado.

—Es don Joaquín —señaló alguien—; le hagamos casita porque está fuerte el sol, mientras viene la ambulancia.

Al abrir los ojos, todavía obnubilado por el golpe, me encuentro con un policía al pie de la cama del hospital.

—¿Lic., vio el carro que lo arrolló?

Lo primero que pensé fue que no me importaba quién había ocasionado el accidente sino quién se había atrevido a revelar el código del trabajo.

Sin embargo, ahora que me encuentro convaleciente en casa, me pregunto si aquel policía habría trabajado en el mismo lugar que yo.

—Que bueno que volvemos a verlo por acá, Lic —me dice un compañero, el primer día de trabajo.

En respuesta a esa expresión de júbilo, dejo de trapear el piso y sonrío un momento.

—Aquí estoy nuevamente, Lic; creo que soy de hule.

Sonreímos mutuamente.

A pesar de todo

Rafael Espinosa / Había una vez un hombre, padre de siete hijos. El tercero de ellos nació más morenito que los demás. Vivían en un pequeño pueblo donde el cotilleo se metía hasta debajo de las piedras. Así llegó a los oídos del hombre que el tercero de sus hijos no era suyo. Los primeros días se aguantó las amarguras que le ocasionaba aquel rumor. Sin embargo, el día en que no pudo más, agarró del brazo a su esposa y lo sentó en la sala.

---¿Es verdad lo que la gente anda diciendo?

Su esposa María, una mujer sumisa y temerosa, se sentó con las manos sobre las piernas, sorprendida por la pregunta intempestiva de su esposo.

---¿De qué me hablas, Jacinto? ---dijo, evidentemente asustada.

---De que Manuel no es mi hijo ---repuso furioso, sacudiéndola del brazo.

Esta escena ocurrió varias semanas, a todas horas. Algunas veces cuando sus hijos labraban la tierra y otras a la hora de la cena. Manuel tenía siete años. Desde entonces, Jacinto comenzó a tratarlo indiferente. Un día lo obligó a quedarse solo en el rancho. Al principio lloró de miedo, sin embargo, le sirvió de consuelo en su corazón inocente que su padre tenía razón. Podrían robarse la cosecha y sería culpa suya si los animales salvajes se comían las mazorcas. Dormía en una cama de palos, sin luz, en medio de un enjambre de zancudos. Su madre muchas veces trató de persuadir a Jacinto, aunque todo era en vano.

---¿Por qué lo tratas así?; que se quede en casa ---le suplicaba---, o manda a uno de sus hermanos que lo acompañen.

---¡Déjalo! Ya es un hombrecito.

A su corta edad, Manuel fue acostumbrándose a la soledad, al sonido de los grillos, a los aullidos del lobo y al cascabel de las culebras. Aprendió a ahuyentar a los zancudos con el humo del fogón, a sacar agua del pozo junto a su galera, con un balde de madera amarrado de un lazo, y a atrapar charales con un costal a la orilla del río.

Se ponía alegre todas las mañanas cuando veía a su padre y a sus hermanos que venían a caballo entre el cultivo, por donde sale el sol. Eran sus horas más felices. En cambio, en la tarde, se daba la vuelta antes de verlos partir.

---Hay cuidas bien la milpa ---escuchaba de su padre sin voltearlo a ver.

Un domingo, después de varios meses, Manuel resolvió darle una sorpresa a su familia. Llegó a su casa. Se bajó del burrito que tenía a su cargo y pasó la tranca a hurtadillas. Su padre descansaba en una perezosa, en el largo corredor con pérgolas.

---Buenas tardes, papá ---le dijo, agachando la cabeza con la reverencia acostumbrada en los pueblos.

---¡Y qué chingados haces aquí! ---soltó levantándose de la silla---, ¡Que no te dejé cuidando la milpa!

Manuel comenzó a chillar, con la mirada hacia el suelo.

---¡Déjalo a mi hijito, Jacinto! ---dijo María, con piedad.

Jacinto le disparó una mirada que significaba muchísimo más que unas simples palabras.

---¡Y tú! ---dirigiéndose nuevamente a Manuel--- ¡Lárgate al rancho!

Sus hermanos que se habían asomado a causa del escándalo en aquella tranquila tarde, se quedaron cerca de la cocina. José, el mayor, se armó de valor y salió.

---Acompaña a tu hermanito, hijo ---le dijo su madre con dolor en el alma, cuando lo vio salir.

---¡Tú, métete! ---dijo Jacinto a su hijo José quien con los puños cerrados se guardó su impotencia.

Manuel dio media vuelta, suspirando de llanto y pateando el suelo a cada paso. Se subió a su burrito y se perdió entre las calles arboladas, en el ocaso del día, rumbo al rancho, a once kilómetros de ahí.

---¡Arre, burrito! ---decía de vez en vez, como para olvidarse de lo ocurrido.

La familia se acostumbró a que la vida de Manuel era la soledad en el rancho. Y así vivió muchos años hasta que se hizo hombre. Todo le disgustaba, tenía mal genio, rechazaba las visitas y hablaba solo cuando acomodaba los aperos en su galera. Su padre ya era viejo, sin embargo, no le guardaba rencor en cambio sí mucho respeto.

---¡Buenas tardes, apa! ---le saludaba en el rancho.

---¡Buenas tardes, hijo! ---contestaba Jacinto, con su voz pastosa por la vejez.

El día que Jacinto murió, Manuel fue el que más lloró en su tumba, a pesar de todo. Al final de cuentas era su hijo.

Cuando la muerte llama a la puerta

Por: Rafael Espinosa

―¡Papá, papá!

Papá cansado de la jornada laboral, aventó la mochila y su gorra sobre la silla del comedor y los niños continuaron con su juego de carritos en la sala.

―¿Qué tienes?; te veo desanimada ―le dijo a su esposa que servía la comida en la mesa.

―Amanecí con dolor de cuerpo. Ya tomé unas pastillas, pero sigo igual ―repuso con desgana.

―No me digas eso, porque me asustas ―rebatió asombrado―; afuera está muy fuerte la pandemia.

―No creo que sea eso, aún no he perdido el sabor de la boca.

En la noche, los niños se durmieron, salvo Oscarín a quien papá tuvo que arrullar en la hamaca para que durmiera.

―¡Conejo Blas, a dónde vas, con esa escopeta colgándote atrás! ¡Conejo Blas ven por aquí, que un favorcito te voy a pedir! ―cantaba papá mientras el niño de dos años bajaba los párpados.

A la mañana siguiente, papá fue al trabajo. Se despidió de su esposa con un beso.

Papá, en la obra, revolvía la argamasa con una pala cuando sintió una debilidad inusitada que sólo sentía como antecedente de una enfermedad. Continuó, pero su rendimiento no era el mismo. Quizá fue el calor del mediodía, pensó de camino a casa. No se creía víctima de la enfermedad, porque había pasado 20 años inhalando, involuntariamente, polvo de cemento y cal en las obras.

Al entrar, encontró a su hijo mayor, de diez años, dándole de comer a sus hermanos.

―¿Y mamá, hijitos? ―. Repitió la costumbre de colgar la mochila y la gorra sobre el respaldo de la silla del comedor.

―Está acostada, sigue mal ―dijo con cierto desconsuelo el niño, sin dejar de alimentar a sus hermanos.

Papá encontró a mamá postrada en la cama. Tenía fiebre. Se dirigió al ropero sin encontrar ahorros alentadores. Días antes, había escuchado en la radio que los hospitales públicos estaban abarrotados de infectados. Corrió hacia la farmacia, agarrándose la gorra para evitar que esta cayera.

Las pastillas que consiguió lograron calmar la fiebre a su esposa, sin embargo, volvía cada vez más fuerte. En la noche se dispuso a orar, junto a la cama.

---Padre celestial, te ruego por la salud de mi mujer...

Entre el susurro, comenzó a escucharse el crepitar de la lluvia sobre la calamina del techo, mientras los niños tosían en la cama contigua.

Amaneció dormido, con el mentón sobre el pecho. Tocó la frente a su esposa; estaba tibia. Hizo desayuno para los niños y se fue al trabajo.

―Jefe, Ramiro, sólo vine a decirle que mi esposa está enferma y no podré trabajar hoy.

―Está bien. No te preocupes, que se mejore tu mujer.

―Sí, jefe, pero quisiera pedirle un adelanto; es sábado de raya.

―Juan ―le dijo Ramiro, abandonando el ladrillo en el andamio―, pero el patrón nada me ha dado aún.

 Papá se rascó la cabeza.

―Bueno, ni modos.

Antes de llegar a casa, papá sintió una fatiga anormal que tuvo que agacharse, reposando las manos sobre las rodillas. Los niños jugaban atrapando hormigas en el húmedo patio, mientras que la cabeza de mamá parecía una bola de fuego.

―¡Padre santo! ―dijo papá.

Se dirigió hacia los niños y los besó. Atravesó la sala rumbo a la calle y sólo entonces cayó en la cuenta que había tosido más de cinco veces. Se asomó al corral de la vecina, una mujer sola de la tercera edad.

―¡Doña Petra!

La señora se detuvo en el umbral de su puerta.

―¿Qué pasó, hijo?

―¿Qué le puedo dar a la Mary? ―atajó con otra pregunta―; está muy mala de la fiebre.

―¿No será que tiene esa enfermedad?

―No sé, doña Petra.

―¿Y tú? Parece que tienes tos.

―No sé, doña Petra ―repitió―; ya sería el colmo.

Sin aconsejarle ningún remedio, doña Petra se quitó el delantal y acompañó a Juan para que vieran a Mary. Ella, con la frente rezumada de sudor, apenas pudo abrir los ojos.

Doña Petra regresó corriendo a su casa, juntó unas monedas y compró hierbas medicinales en el mercado. Más tarde, preparó remedios caseros que Mary tomó a sorbos durante toda la tarde. Juan estuvo sentado en una perezosa, arrullando a sus hijos hasta que los hizo dormir. La tos los acompañó en la noche fresca. Doña Petra se fue a su hogar a media noche. Esta rutina duró tres vigilias.

Una mañana, Mary logró levantarse. Juan padecía una tos crónica pero tolerable. Los niños sufrieron de espasmos cada vez menos. La familia parecía mejorar conforme pasaron los días de junio.

Amaneció lunes, Juan cerró la puerta de camino al trabajo. Había caminado unos pasos cuando se detuvo a media calle, pensó en regresar para agradecerle las atenciones a doña Petra. El cielo estaba nublado, después de una intensa lluvia de toda la noche.

―¡Doña Petra! ―le llamó desde el corral. No obtuvo respuesta.

A esa hora, doña Petra ya tenía barrida su banqueta, no obstante, las hojas secas de su árbol seguían en el suelo.

―¡Doña Petra! ―gritó más fuerte.

Al no obtener respuesta, Juan brincó el corral encontrándose con la puerta asegurada. En medio de su preocupación, pidió ayuda a otros vecinos para que llamaran a la policía. Casi a mediodía, cuando nuevamente comenzaban a caer algunas gotas de lluvia, los oficiales lograron destrabar la aldaba.

Doña Petra estaba tendida en su cama, con sus trenzas de colores y la boca abierta. Su cuerpo septuagenario estaba inerte. Un agente le tocó el pulso.

―Ya está muerta ―resumió el oficial.

 

Intermitente destino

Rafael Espinosa / Cuando el bebé despertó con berridos a media noche, la mujer, más dormida que despierta, le dijo a su esposo que le preparara una mamila. Acostumbrado a esta rutina nocturna, el esposo se levantó amodorrado, abrió el bote de leche y solo entonces cayó en la cuenta de que la lata estaba vacía.

—Inés, ya terminó la leche —advirtió Fidel con desgana y casi con los ojos cerrados.

Agotado por el trabajo del día anterior, Fidel volvió a acostarse y se puso la almohada sobre la cabeza para evitar los berridos.

Inés se incorporó, se alisó el cabello y se dirigió a la casa del tendero quien casi siempre leía hasta deshoras de la noche.

Tocó la puerta al ver la luz encendida.

—¡Voy! —contestó don Manuel al tiempo en que abría la puerta—. ¡Pero, pásale! Hay mucho frío afuera.

—Ya te dije que te vengas conmigo; aquí no vas a sufrir —le aconsejó con afecto al contemplarla. La tomó de los brazos sutilmente, mirándola a los ojos―. Ya sé a que has venido.

Inés bajó la mirada con una sonrisa tímida y se estrechó al pecho de don Manuel.

Después de abrazarla, el tendero se dirigió a los estantes y regresó con el bote de leche en las manos.

—Aquí tienes —le dijo.

—Prometo pagarle pronto, don Manuel —repuso Inés con un llantito reprimido. ¡Muchas gracias!

—No tienes por qué agradecerme; anda.

Inés caminó triste con el bote de leche sobre la calle oscura, mientras que don Manuel la divisó asegurándose de que entrara con bien a su choza.

Cuando Inés entró, el bebé y Fidel se habían vuelto a dormir.

La joven se sentó en la orilla de la cama, pensando en la propuesta de don Manuel, al tiempo en que veía dubitativa a su esposo.

Transcurrieron los meses. Inés hacía los quehaceres de costumbre, sin embargo, se distraía pensando en la oferta reiterada del tendero. De pronto, se decía: ¿En qué estoy pensando? Despertaba de su soliloquio sacudiendo la cabeza.

Cuando Fidel llegaba a su hogar, se acercaba cariñosamente, no obstante, Inés rechazaba las caricias e inventaba cansancio y atraso en los quehaceres domésticos.

—Te noto rara, Inés —la acusó Fidel sentándose con tranquilidad en la silla del comedor, haciéndole creer que escuchaba la radio, aunque en verdad esperaba una respuesta.

—Ya estoy harta de que siempre nos falta el dinero —soltó al fin como un disparo.

—No te apures, mujer, son cosas que le pasa a todas las familias —. Se incorporó e intentó acariciarla nuevamente.

En aquellos días, no solo hubo cambio de actitud sino que también comenzó a pintarse los labios, aliñarse el cabello con una horquilla y a vestirse con cierta coquetería, una actitud inusual que solo había ocurrido cuando estaba enamorada.

Un día, Fidel llegó a su vivienda sin encontrar a su esposa ni a su hijo, halló la cama vacía. La llamó por toda la sala y el patio, como un loco.

El barrio, sabio testigo de lo que veía cotidianamente, conocía la situación. En la calle, uno de los vecinos le contó que su esposa había salido con el bebé a medio día, incluso pensaron que el recién nacido estaba enfermo.

—¡Díganme! ¿A dónde se ha ido? —inquirió, furioso.

—Cálmese, Fidel—- le dijo una señora sin querer importunarlo. No quería decirle lo que todo mundo sabía, hasta que al fin alguien desde su ventana, para protegerse de una posible actitud agresiva, gritó: ¡Se fue con don Manuel!

Fidel se apartó de los vecinos y corrió hacia la casa de don Manuel, pateó la puerta sin que nadie abriera la vivienda de aquel hombre viudo de mostachos largos y abdomen pronunciado.

Regresó a su choza hecho una piltrafa, de tal modo que los vecinos tuvieron que ayudarlo y sentarlo en una silla, untándole chorros de alcohol en el cuello, para que reviviera de aquel llanto escuchado en toda la cuadra.

—¿Cómo pudiste…? —. Lloraba, herido, cerrándose los ojos con el pulgar y el índice, sentado en la silla del comedor donde tantas veces había desayunado en familia.

A media noche se encaminó a la cantina. Se emborrachó hasta que el cantinero tuvo que sacarlo a la banqueta. Ahí, amaneció. No permitió que alguien lo condujera a su hogar.

En los días consecutivos recobró su actividad laboral, sin embargo, la tristeza lo acompañaba a todos lados. La gente del barrio temía que en cualquier momento se privara de la vida, por eso algunos le acompañaban por las tardes.

De repente desapareció para siempre. Lo vieron por última vez entrando al panteón con una pala al hombro, el rostro acontecido y la misma ropa de la última semana.

Los vecinos corrieron al cementerio y solo entonces vieron que en el fondo de una fosa yacía el cuerpo de don Manuel, con semejante abdomen y mostacho retorcido.

Cinco años después, han visto a Inés en el barrio, de la mano del niño, con una canasta en la cabeza, vendiendo frutas en las calles.

martes, 12 de mayo de 2020

El bebé en el escaño

Foto: Internet


El mendicante dormía en un escaño del parque. Con el relente de la madrugada, se hacía un ovillo dentro de su abigarrada gabardina. De pronto, sintió tocar algo con sus botas. Levantó la vista, se incorporó trabajosamente y grande fue su sorpresa al ver algo envuelto en una frazada: era un bebé. Dio un brinco.

El guardia que se paseaba en la esquina inmediata, lo observó, pues Bartolo, el mendigo, parecía víctima de la musofobia. Poco a poco fue acercándose sin demostrar asombro.

―¿Qué pasa aquí?

Bartolo que por curiosidad tenía el bulto en sus manos, se lo entregó. El guardia afocó con su linterna la frazada y solo entonces descubrió que el bebé estaba inerte.

―¡Está muerto!

El guardia le hizo un par de preguntas cuyas respuestas no lo convencieron.

―¡Estás arrestado! ―le dijo e hizo sonar su silbato repetidas veces como si llamara a sus compañeros de la comandancia a una cuadra de ahí. Ambos apenas eran alumbrados por la tenue luz de los faroles. Nadie se asomó.

Tomó del brazo al débil hombre mirando de soslayo el cuerpo del delito en el escaño.

Dejó a Bartolo tras las rejas y regresó inmediatamente con dos compañeros suyos, no obstante, el bebé ya no estaba.

―¡Juro que aquí lo dejé! ―expresaba asombrado, señalando el escaño y buscando algún rastro con la mirada.

Regresaron a la comandancia. El guardia, preocupado, sometió de las solapas a Bartolo obligándolo a convencer a sus compañeros de la veracidad del hallazgo. Asustado, el mendicante, asintió sin decir palabras.

―Lo dejemos en libertad, a lo mejor fue una alucinación tuya. Además, ¿qué le dirás al comisario? ―. Sus compañeros trataron de tranquilizarlo.

―Es cierto… pero les juro que es verdad.

El mendigo, al quedar en libertad, corrió despavorido entre las calles semioscuras.


***

Irene estaba dormida cuando su esposo la despertó. Apenas abrió los ojos para mirar el reloj despertador.

―Son las 3 de la mañana, Rubén ―dijo arrebujándose con desgana, sin embargo, dio un salto cuando vio a su esposo con un bebé entre los brazos.

―¿Es un bebé? ―preguntó absorta, restregándose los ojos y sin dar crédito a lo que veía―; ¿de dónde lo has sacado?

―Lo encontré en un escaño del parque, cuando volvía del trabajo. ¡Mira, que lindo es!… ―balbuceó tiernamente sin poder ocultar su ebriedad al tiempo de levantar una pestaña de la frazada.

―¡No, Rubén, eso no! ―lo amonestó. ¡Demos aviso a la comisaría!

―Nos quedaremos con él ―advirtió con firmeza.

―¡Cómo crees! Es un recién nacido. Nos meteremos en problemas. Además, vienes tomado otra vez, Rubén ―dijo con cierta piedad. A ver tráelo aquí, lo vas a dejar caer.

Irene y Rubén eran una joven pareja que vivía feliz en una casa modesta del pueblo. Ella esperaba en el hogar mientras que Rubén se empleaba cargador en una bodega. Los fines de semana, de ordinario, regresaba ebrio a deshoras de la madrugada.

―Pero Rubén… ―dijo doblemente asustada―; el bebé no se mueve ni chilla. En ese instante, se lo devolvió como si tuviera entre sus manos algo repugnante.

Rubén sintió como una cubetada de agua fría en el cuerpo hasta llegar a la sobriedad.

―Te juro que chillaba ―afirmó asustado y preocupado al recibirlo ―. ¿Qué hacemos?

―¡Regrésalo a donde lo encontraste!

Rubén salió apresurado. Su miedo lo orilló a dejarlo en la puerta de una casa. Más tarde, se paseaba como león enjaulado en su sala, mientras que el mendicante alegaba con el guardia.


***

Andrés y su esposa se despertaron para los maitines del domingo y bebieron café en su mesa de madera. Todavía estaba oscuro cuando Andrés sintió algo rígido e inestable en su zapato al dar el primer paso en la calle. Su esposa quedó patidifusa en el umbral. Andrés se agachó para ver más de cerca lo que había pisado.

―No puede ser… es un bebé ―dijo extrañado, arrugando la cara. Su esposa se llevó la palma de la mano a la boca.

Después de titubear sin saber qué hacer, decidió que su esposa cuidará el hallazgo mientras que él daría aviso a la comisaría.

 Los guardias dormían doblados en sus sillas. Andrés los despertó tocando la puerta con los nudillos.  Les contó lo ocurrido.  Los guardias se ajustaron el uniforme antes de salir.

―¡Les dije! ―afirmó el guardia a sus compañeros―. ¡Vamos!

Ninguno de los guardias se atrevía a levantar el cuerpo hasta que uno de ellos se adelantó.

―¿Quién será la desalmada madre? ―se escuchó entre los curiosos que acostumbran a levantarse temprano.

La luz del sol entraba por las ventanas cuando el comisario, quien había llegado y escuchado la versión del guardia, ordenó:

―¡Busquen al mendicante!


***

Bartolo era el centro de atención en un grupo de alcohólicos en una banqueta. Les contaba lo que horas antes le había sucedido. Narraba que en su vida de vagabundo jamás se había involucrado en un homicidio, mucho menos de un recién nacido. Pero lo más impresionante, dijo, es que el cuerpo del delito había desaparecido misteriosamente.

―La verdad, no sé si fue un sueño.

Había experimentado alucinaciones por hambre, aunque siempre le quedaba un rescoldo de realidad en su menoscabada memoria.

―Yo diría que fue cierto, Bartolo ―intervino uno.

―¿Por qué lo dices; estuviste ahí? ―repuso, enfadado.

―No ―contestó el otro con tranquilidad―; lo digo porque ahí vienen los guardias.

Apenas pudo voltear cuando sintió que le doblaban los brazos hacia atrás.

―¡Vamos! Queremos que nos sigas contando ―le dijo uno de los guardias. Y ustedes ―continuó, dirigiéndose a los que estaban en corro―, vayan por cigarros para que le lleven a éste porque seguramente estará mucho tiempo bajo la sombra.

Bartolo declaró ante el ordenanza, un viejo calvo de lentes detrás de un escritorio, quien escribió atento hasta aplastar con el dedo la tecla del punto final.

Bartolo quedó detenido sin que los guardias se dieran cuenta de que el bebé se empezaba a llenar de hormigas. Más tarde lo enterrarían en la fosa común del cementerio municipal.


***

Dos semanas después del cotilleo acerca de la detención de Bartolo, casi medio pueblo se dirigió a la comandancia a pedir su libertad, porque sabían de sobra que aquel mendigo era incapaz de haber hecho semejante barbaridad. Bartolo era un hombre huérfano de padre y madre, y había crecido y sobrevivido a merced de la caridad de los habitantes. Se agolparon contra la puerta cerrada de la comandancia y estaban a punto de quemarla cuando la voz de una mujer pidió silencio a gritos entre la multitud.

―Yo sé quien cargó el muertito.

Contó que aquella madrugada del domingo, no podía dormir por eso abrió las ventanas de su balcón para apreciar el firmamento como lo hacía en sus noches de insomnio. En ese lapso, dijo, vio salir de prisa al vecino Rubén y juraría que el bulto que cargaba entre sus brazos era un bebé. Le pareció extraño porque Rubén e Irene no tienen hijos, mucho menos bebé, desde hace diez años que se casaron.

Nadie lo creía. Los manifestantes, contrariados, regresaron a su domicilio, pues el comisario, quien había escuchado todo, abrió la puerta y dejó en libertad a Bartolo.  Al anochecer de ese viernes, Rubén fue detenido antes de entrar a su casa.

Irene despertó más temprano que de costumbre y vio que Rubén no estaba. Sabía que los días en que a su esposo le amanecía era de sábado para domingo. A medio día fue a buscarlo al trabajo cuyo patrón le dijo que la noche anterior había salido en el horario habitual, aunque le pareció extraño que ese sábado no se hubiera presentado. Al no tener noticia en el centro de salud, se dirigió a la comandancia; ahí estaba.

―Es por el bebé ―resumió Rubén acerca del motivo de su detención.

Pasó pocas horas para que la gente se reuniera para exigir su libertad, porque Rubén era incapaz de asesinar un bebe si era lo que más anhelaba su matrimonio. Más tarde, fue libertado por la presión social. Los guardias continuaron investigando hasta que una tarde, tres semanas después, se supo la verdadera historia.

***

En una cantina estaban los comensales, entre las nubes de humo de tabaco, ruido de botellas y canciones, donde una joven mesera llamada Matilde había abandonado su oficio para convertirse en una cliente desde hacía un par de días.

Llevaba noches sin dormir, llorando y tomando amargamente, hasta que cerraban el lugar. Una noche su corazón explotó aquel sentimiento de tortura ante los oídos del cantinero, sentada en una mesa con un vaso de licor en la mano.

―Ya no puedo con esto ―le dijo. Confesaré la verdad.

―¿De qué verdad hablas, Matilde? ―preguntó el cantinero, desinteresado, mientras aseaba la barra con una franela.

―¿Te acuerdas del escándalo del bebé en el parque?

―¡Aja!

―Era mío.

El cantinero regordete con su delantal de piel, ni se inmutó. Sabía que Matilde había abortado otras veces y los había enterrado en el patio de su casa. Sin embargo, una duda le saltó a la cabeza.

―¿Y por qué ahora lo dejaste en el parque? Has movilizado a la guardia, involucrado a un par de inocentes y encima de eso dejas de trabajar sabiendo que eres mi mejor merca.

―Porque mi patio ya parece cementerio.

―Me extraña si tu ni alma tienes; mejor ya ponte a trabajar.

Matilde comenzó a llorar nuevamente. Recordó la noche fría de los entuertos en la soledad de su techo.

―Esta vez sería diferente ―soltó al fin, limpiándose las lágrimas. ¿Te acuerdas de Carlos?

―Sí, como no, el hijo del potentado del pueblo vecino.

―Estuve con él. Nos enamoramos. La última vez que nos vimos, cuando tenía siete meses de embarazo, juramos una familia feliz. Se fue a visitar a su abuela, avanzada de edad, que estaba muy mal de salud. Prometió que al regresar me llevaría con él, pero una noche comencé a sentirme mal y el bebé nació antes de tiempo. Tenía el cordón umbilical enredado en el cuello y no se movía. Traté de revivirlo, no supe qué hacer y lo menos que haría sería enterrarlo en mi patio, así que decidí enrollarlo en una frazada y dejarlo en un escaño del parque. Fue lo primero que se me ocurrió. Quería que alguien lo enterrara en un lugar digno, donde entierran a todos los muertos. Jamás pensé que se haría un escándalo.

―¿Y cuál era la garantía de que Carlos regresaría? ―preguntó el cantinero.

―¡Este clavel! ―repuso sacándose de su vestido la flor.

―Y tú, ingenua, creíste que volvería ―. El cantinero soltó una risotada.

―Volvió como lo prometió ―atajó inmediatamente. Al saber que el bebé no estaba se fue sin más, dejándome el clavel en mis manos.

Rompió en llanto nuevamente.

Más tarde, Matilde se entregaría a los guardias. La encerraron en una celda hasta el fondo del patio donde con el tiempo perdió el uso de la razón, dibujando bebés en las paredes de su encierro.

El padre del bebé era un joven apuesto que llegó un par de veces a la cantina, con su bombín, un bastón de lujo y unos lentes redondos que le iba muy bien con su figura erguida de bigotes negros.

Por: Rafael Espinosa