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sábado, 25 de abril de 2020

Cuidado, perros rabiosos en Copoya





Rafael Espinosa / Cada vez que doña Maricruz sale del trabajo lo primero que viene a su mente son los perros gregarios.

Siente escalofrío cuando recuerda al perro que la mordió aquella tarde de febrero del 2019.

Ese día había salido del domicilio donde trabaja de ayudar a una familia en los quehaceres del hogar, en el ejido Copoya.

Tenía que caminar varias cuadras solitarias hasta la orilla de la carretera para tomar el colectivo que la llevaría a su casa, en Tuxtla Gutiérrez, a 15 minutos de ahí.

Durante ocho años había hecho esa rutina, dos veces al día. A las nueve de la mañana a la hora que entra y a las cinco de la tarde a la hora que sale. Literalmente toreaba a la manada de perros sin más preocupaciones que las domésticas de su propio hogar.

Sin embargo, esa vez, desprevenidamente, un perro le clavó los colmillos en la pantorrilla izquierda. Intentó librarse con regaños y sacudiendo su pierna hasta quedar paralizada del susto, mientras los perros huyeron mirándola de reojo.

Contra las indicaciones médicas, no quiso reposar mucho tiempo porque le preocupaba más recuperar los casi mil pesos que había gastado en la consulta y medicinas.

Desde esa vez, cambió su ruta temporalmente, decidió evitar la calle 7ª Sur y 9ª Oriente, para que los perros no la atacaran nuevamente.

En el lapso de un año, escuchó que la manada había hecho otros ataques, entre ellos a un muchacho que había caído de su motocicleta cuando era perseguido por los caninos. El joven logró alejarlos incorporándose con la velocidad de un gato, con piedras en las manos. Escuchó también que había matado a varios borregos y gallinas del barrio.

Hubo paz durante un tiempo en la calle de los perros, de tal manera que doña Maricruz recobró la confianza y superó el miedo.

Regresó a su ruta habitual, no obstante, el jueves 13 de febrero de 2020, un año después, nuevamente fue atacada.

Eran las cinco de la tarde. Apenas vio de reojo al perro que se acercaba mostrando sus colmillos. Se dio la vuelta, aterrada, recogió unas piedras y gritó pidiendo ayuda a un joven que en ese momento entraba a su domicilio. Los perros retrocedieron y se dispersaron despavoridos.

Ese día, doña Maricruz, de 45 años, llegó asustadísima a su casa jurando haber sentido los colmillos en su pierna, sin embargo, su hijo tuvo que tranquilizarla para que no fuera al médico porque no había ninguna herida, salvo el pantalón que estaba rasgado.

Al siguiente día, corrió a quejarse con el comisariado ejidal quien le dijo que le enviara fotos de los perros y que pronto atendería el asunto, pero ya pasó casi un mes y los perros continúan acosando a los habitantes del ejido, en la zona alta del sur de la ciudad.

Nadie se dice ser dueño de los perros, los cuales también intentaron atacar a la hermana y a la cuñada de doña Maricruz quienes la apoyan en el trabajo un par de días a la semana.

Ahora, a veces doña Maricruz ajusta su dinero para pagarle a un mototaxi que la lleve y la traiga de su trabajo hasta la orilla de la carretera. Otras veces tiene que rodear a pie varias manzanas sin que ninguna autoridad haga algo.

—Ojalá que el Ayuntamiento tome cartas en el asunto —anhela preocupada—; porque por esa calle transitan muchos niños que van a una escuela cercana.

Dice que su mayor temor es que esos perros sigan reproduciéndose y aumente el riesgo de que ataquen a más personas, y lo peor, agrega, es que haya un brote de rabia.

El héroe que salvó a la abuela



Rafael Espinosa | Aquel mediodía del viernes, William se encontraba acostado en su cama viendo la televisión. Había planeado descansar un rato para después segar el monte de su patio. Era un día normal, sin embargo, se encontraba preocupado porque tenía una semana sin encontrar trabajo.

Su hermana cruzaba el amplio patio con la intención de ir a comprar a la tienda de enfrente. De pronto, a la mitad del terreno enmontado, se dio la vuelta y corrió hasta llegar a la recámara de William.

―Ve apoyar a doña Mary; lo están mordiendo los perros ―le dijo afligida.

William se incorporó de un salto y salió a la calle. Vio que en el patio vecino dos perros pitbull sacudían con sus mandíbulas a doña Mary, de 52 años.

Varios albañiles, detrás del corral, por miedo a ser atacados, intentaban con herramientas de trabajo desprender a los perros. No obstante, William, sin pensarlo tanto, le quitó la coa a uno de ellos, brincó el cerco y golpeó varias veces el cuerpo de Kika y Vikingo.

El escenario era aterrador. Doña Mary sangraba del muslo derecho, de los hombros y el rostro. Sus nietos, de 3 y 5 años, lloraban inconsolables en el patio. Los perros atolondrados por los golpes comenzaron a cejarse.

Más tarde, llegó la policía y la ambulancia, cuando William tenía encerrados en un cuarto a los perros y una multitud de vecinos se arremolinaban en la calle.

***

Ese día, doña Mary estaba con dos de sus nietos. El resto de la familia había salido por diversos motivos. Los perros, Kika y Vikingo, estaban nerviosos porque en la calle había un movimiento inusual de albañiles y de carros por unas casas que construye una promotora de viviendas.

Cuando Kika se escapó a través de una rendija, Don Ruma Periodistaa Mary la llamó desde la puerta hasta que entró nuevamente. Sin embargo, Vikingo estaba furioso, quería salir, de tal manera que de repente saltó sobre el cuerpo de ella.

―Ya no se sentía tan amigable ―dice―, Vikingo estaba como que si estuviera reprimiendo su rabia.

Doña Mary decidió retenerlo de las patas delanteras en su pecho, porque los niños estaban cerca, solo entonces el perro comenzó a atacarla; luego se sumó Kika contra su pierna.

Los perros siempre estuvieron sueltos en el patio para no estresarlos teniéndolos amarrados. Su hijo los había adoptado desde cachorros. Tanto ella como su hijo les daban de comer sin que hubiera antecedentes de ataques previos.

―No sé cómo ocurrió todo ―cuenta doña Mary en casa de un familiar, aún convaleciente de las heridas. Le doy gracias a Dios que estoy bien y al muchacho que me salvó.

Actualmente, Kika y Vikingo están amarrados en un terreno vecino en espera de que personal del Ayuntamiento capitalino llegue por ellos, como acordaron con la familia.

***

Este miércoles, seis días después del ataque, William, de 18 años, ya tiene trabajo. Es peón de albañil. Son las siete de la noche y aún no regresa a casa. Vive a una cuadra de donde termina la ciudad, de lado norte, en la colonia Las Granjas.

De repente, aparece acompañado de unos señores albañiles, trepando con dificultad una calle barrancosa, agobiado por la caminata y el trabajo.

Algunos vecinos lo llaman el héroe de la colonia.

―No, cómo cree, simplemente hice lo que pude ―dice, risueño.

Nota: Los hechos ocurrieron el viernes 17 de enero.

Breve historia de La Coqui





Rafael Espinosa | Antes de que cerrara los ojos para siempre, se le escurrieron las lágrimas al escuchar la voz de su madre por el teléfono. Jorge Hernández Jiménez estaba en el hospital sin poder hablar y sin moverse.

―Hijo, te vas a poner bien, primeramente Dios ―le decía su madre de 83 años, desde casa, a través del teléfono de una de sus hijas.

Jorge sentía lo que su madre le decía, porque las líneas y los sonidos de los aparatos médicos se reactivaban cada vez que ella le hablaba.

Todo fue tan rápido. El martes ingresó al hospital público y durante la madrugada del miércoles los doctores anunciaron su muerte.

Elizabeth, su hermana, había salido a conseguir dinero para comprar medicamentos, sin embargo, cuando regresó Jorge estaba muy grave y era innecesario suministrárselas, dijeron los doctores. Su hermana mayor, Mary, estuvo cuidándolo, mientras que la tercera hermana, Lupita, se encargó de mamá, en casa, porque se había sentido mal cuando la ambulancia llegó por Jorge.

Bastaron unas cuantas horas para que el fallecimiento de “La Coqui” corriera como reguero de pólvora en la colonia y las redes sociales.

―¡Cómo!... ¿La Coqui? Si apenas la vi ayer ―se contaban los vecinos en el barrio Niño de Atocha.

Aquel niño que cargaba las bolsas de las señoras en el mercado a cambio de una propina, había muerto a los 54 años. Desde niño apoyó a su mamá, porque su padre los abandonó. A los 18 dejó la escuela y se aventuró como mesero hasta los últimos días de su vida.

“La Colocha”, como también lo conocían, era un mesero de grueso rímel, cejas marcadas, un copete esponjado y un eterno delantal azul. En días inhábiles o de descanso, los vecinos lo veían entrar y salir de su casa con una “morraleta” llena de cervezas, casi siempre con el glamur vigente, dicen.

Trabajó más 30 años en “Las Laminitas”, un botanero a dos cuadras de su casa, donde después de un tiempo llegó a tener tanta fama que atendía un área exclusiva de clientes.

También estuvo cinco años más en “Coutiños”, otro restaurante familiar cercano, donde en últimas fechas le negaron su liquidación y tampoco le dieron su aguinaldo proporcional, dice su hermana, Mary.

Días antes de su muerte se le hincharon los pies y aunque no sentía dolores se fatigaba al caminar. No acostumbraba a quejarse y ocultaba sus malestares, principalmente, frente a su madre con quien vivió toda su vida y quien era su mayor preocupación.

―Era la alegría de la casa, preparaba botanas, tomaba y bailaba en la sala ―lo recuerda Elizabeth, su hermana.

―Quizá ese recuerdo tienen todos los tuxtlecos que lo conocieron, porque era dicharachero y amiguero; “era un regalado” ―asiente su hermana, Mary.

A veces decía: ¡ahorita vengo! Se iba al mercado y traía pescado, camarones, jaiba, patita de puerco, cervezas, y comenzaba a preparar botanas.

―Hijo, no malgastes tu dinero ―le decía su madre.

―¡Ay, mamá!, el dinero se hizo para gastar.

Comía las botanas con sus hermanas o las llevaba con los amigos.

Tenía unos 15 días desempleado porque habían cerrado el restaurante donde trabajaba.

El lunes, la última vez que salió a la calle a buscar trabajo, regresó más fatigado que de costumbre. Se acostó en la cama tratando de esconder sus dolores a su mamá.

Al día siguiente, con un esfuerzo supremo, se levantó para ir al baño y sólo entonces se percató que había hecho sangre. Llegaron sus hermanas a verlo y le dijeron que lo llevarían al hospital. No quería. Estuvieron insistiéndole hasta que llegó la ambulancia a la que se subió caminando sin que nadie se imaginara que al otro día regresaría muerto.

Cirrosis fue la causa de su muerte.

Es posible que toda la vida haya tomado, sin embargo, “como siempre andaba de aquí para allá, repartiendo botanas y cervezas, no se le notaba”, dice uno de sus familiares.

Cuando la noticia de su muerte circuló en las redes sociales, mucha gente confirmó el deceso con la familia. Muchos apoyaron en el velorio donde llegó gente de distintos puntos de la ciudad.

Hoy, con La Coqui o La Colocha, “no muere una persona, nace una leyenda” cuyas risas, bailes y botanas, quedarán en la memoria de quienes tuvieron la dicha de conocerlo.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

El gran corazón de Sergio





Rafael Espinosa | Y así ha vivido Sergio, inmovilizado por el Síndrome del Hombre de Piedra y acompañado por el amor incondicional de su madre que siempre ha estado pendiente de él, al filo de la cama, desde el día en que ya no pudo caminar.

Tenía cuatro años cuando sus músculos fueron transformándose en huesos, de tal modo que hoy, a sus 21, ha quedado inerte; sólo mueve los dedos y los ojos, casi no habla y comienza a perder el sentido auditivo.

Hace días doña María Luisa, su madre, se puso a llorar porque Sergio había cerrado los ojos de forma tan dramática que cualquiera hubiera pensado que ya no formaba parte de este mundo; sin embargo, no pasó de un susto.

Cuando vio que Sergio regresó los ojos, le dio gracias a Dios como cada vez que vuelve de las convulsiones.

Es el quinto de seis hermanos y tiene una madre amorosa que le da de comer a cucharadas y lo asea para que después vea sus programas favoritos de televisión.

En verdad no sabe si extraña a su padre, porque casi siempre llegaba pateando las puertas en estado inconveniente. No podía taparse los oídos y tampoco podía darse vuelta en la cama. Desapareció hace seis meses, de la noche a la mañana.

La ausencia del padre ha sido inadvertida, pues doña María siempre ha trabajado de vender frutas y fritangas fuera de una escuela cercana y los fines de semana se emplea en una cocina económica.

Doña María se asombra cuando de repente mira a un desconocido tocando la puerta de su casa, pero Sergio se pone feliz porque sabe que a pesar de que no puede salir de su cuarto puede conocer a personas a través del Facebook.

―Sigue siendo amiguero ―dice doña María con una sonrisa.

A los doce años ya no pudo salir de su habitación, salvo con ayuda de su madre o de sus hermanos para ir a las citas médicas. Alcanzó a terminar el primer grado de secundaria cuyas últimas asistencias fueron a bordo de un mototaxi y sujetándose de aparatos ortopédicos.

Doña María recuerda que la enfermedad de Sergio inició a raíz de una caída, cuando jugaba con sus primos con una sábana sobre su cuerpo, a guisa de fantasma.

Más tarde le dirían los médicos que Sergio sufre Fibrodisplasia Osificante Progresiva o Síndrome del Hombre de Piedra, enfermedad rara, hereditaria e incurable, que sólo afecta a una de cada dos millones de personas.

Hubo un tiempo en que Sergio cayó en depresión y en profunda soledad que pensó en quitarse la vida, no obstante, se tomó de la mano de Dios (como él escribe en un posteo) y logró salir adelante.

Hace dos años le cumplieron su deseo de salir del ejido Copoya, al sur de la capital, donde tiene su domicilio y donde de niño jugaba con los amigos del vecindario y de la iglesia, para pasear un rato en San Cristóbal de Las Casas.

Ahora su sueño es hacerle una pequeña fiesta a la Virgen de Juquila a quien le ha tenido un fervor desde que padece esta enfermedad. Anhela conocer Veracruz; la Basílica de Guadalupe y conocer nuevos amigos.

―¿Que si qué pienso de la vida? ―escribe en su teléfono celular y continúa―; cuando Dios nos dio la vida no nos prometió una vida feliz, pero lo que sí nos prometió es una vida a su lado ―.

―¿Qué es lo que más amas en esta vida?

―Mi madre ―puntualiza.

Nota: En la foto con su hermano y su mamá.

Del drama a la gloria



Rafael Espinosa | Aquella mañana de octubre de hace 20 años, Karen despertó con dolor de garganta y con el pie derecho adormecido; 24 horas más tarde ya no pudo caminar.

Ese día de otoño se incorporó con dificultad para ir a la escuela, caminó casi arrastrando el pie como si su zapato estuviera lleno de arena.

―Oye, papá, siento pesado el pie ―le dijo.

―Tal vez dormiste mal, hija; hay se te va a pasar ―repuso su padre esperándola para llevarla a la escuela.

Durante el simulacro escolar de sismo que se realizó esa mañana, un niño la empujó al bajar las gradas del primer piso y de manera extraña se le dobló el tobillo derecho.

Cuando su padre fue por ella, Karen se quejó del pie nuevamente.

A sus diez años, Karen, una niña traviesa y juguetona, no tenía antecedentes de enfermedades graves, salvo una terca infección en la garganta.

Sus padres la llevaron con el traumatólogo, Saraín Montero, y después con Norberto Vázquez, el único neuropediatra en Tuxtla Gutiérrez en aquel entonces, y ninguno de los dos sabía a ciencia cierta lo que ella padecía.

Al llegar la noche, el adormecimiento avanzó a toda la pierna y había sido la causa de cuatro caídas repentinas durante el día. La más preocupante fue en el consultorio del neuropediatra.

―A ver, hija ―le dijo el doctor―, camina hacia la puerta.

Karen caminó arrastrando la pierna, sin embargo, al girar cayó al suelo.

A la mañana siguiente, amaneció cansada e indispuesta para asistir a la próxima cita médica. En su casa, le habían instalado una sillita en el baño para que se bañara con ayuda de su madre.

―Pero, mami, no puedo mover la pierna ―le dijo mientras estaba recostada.

―Por eso, hijita, apóyate con la pierna izquierda que es la que más fuerza tiene.

―Sí, mami, de la izquierda te estoy hablando. Sólo entonces se percataron de que no era una sino ahora las dos piernas las que estaban inmovilizadas.

Desde ese momento, la llevaron de urgencia en brazos, otra vez con el neuropediatra.

―Su hija está desarrollando el síndrome Guillain-Barré, a causa de una infección en la garganta, y así como dejó de mover las piernas, va a dejar de mover los brazos, va a dejar de hablar y va a dejar de respirar ―advirtió el doctor a los papás en una plática privada.

―¿Me está diciendo que mi hija se está muriendo? ―dijo su madre con impotencia.

―Sí, señora, desgraciadamente ―lamentó el doctor.

Dios es tan grande, dice Karen, porque sus padres consiguieron los medios necesarios, juntaron los ahorros y todas las fuerzas del alma, para que en menos de veinticuatro horas la llevaran a un hospital de la Ciudad de México y salvaran a su única hija. Por fortuna, el síndrome no avanzó.

Después de mes y medio de estudios, observación, atención médica y fisioterapia, Karen regresó a Tuxtla Gutiérrez.

En su nuevo estilo de vida en silla de ruedas, descubrió que adaptarse a la discapacidad no es tan complicado como aprender a tolerar la discriminación social.

En la escuela primaria, reflexiona, "a veces los niños no sabemos medir nuestras palabras", sin embargo, aquellas ofensas, motes y agravios, la hicieron más fuerte y la ayudaron a forjar su carácter. Hoy, en sus ratos libres, los recuerda y se ríe.

―El mundo no es como las caricaturas donde todo es color de rosa ―le advirtió un doctor de la Ciudad de México al despedirla del hospital, como preparándola ante las adversidades sociales. Tienes que ser fuerte, le animó a la niña.

En los siguientes niveles educativos, los compañeros fueron cada vez menos agresivos, “quizá porque va uno madurando”, dice, aunque en la Universidad Valle de México (UVM), en Tuxtla, la rechazaron por su discapacidad después de haber hecho los pagos correspondientes para iniciar el ciclo escolar.

Inicialmente le negaron matricularse porque tenerla ahí significaba gastos adicionales para la institución, pues tendrían que habilitar barandales en los pasillos, en los baños y tampoco había rampas.

Su madre llegó llorando de coraje a la casa y no tardó en enterar al director general de los campus de la UVM quien llegó a Tuxtla para tratar personalmente el asunto.

Su madre se había resignado a que no recibieran a Karen en esa Universidad, no obstante, alegaba que le rembolsaran el 100 por ciento de la colegiatura e inscripción y no el 50 que ofrecían devolverle.

Finalmente, entre el llanto de sus padres y los gestos de contrición de las autoridades universitarias, le pidieron una disculpa oficial y Karen continuó ahí sus estudios.

Hoy, Karen Koch Ferrer Aquino, puso en alto el nombre de Chiapas al coronarse "Miss WheelChair México 2019”, primer certamen a nivel nacional realizado en Coatzacoalcos, Veracruz, con más de 29 participantes de distintas entidades.

Aquella niña que jugaba futbol, iba clases de natación y de danza folclórica, mantiene un ánimo desbordante y la sonrisa expresiva.

Es licenciada en Naturoterapia y Doctora en Educación; pertenece a un equipo de basquetbol adaptado y práctica calistenia casi todas las mañanas.

Hace unos meses realizó la primera rodada en silla de ruedas denominada “Unidos por la Inclusión”, del centro de Tuxtla al Parque de La Marimba, para concientizar a la sociedad acerca de las dificultades de desplazamiento en silla de ruedas por las calles de la capital.

―¿Y cuál es tu mayor ilusión?

―Dejar huella en este mundo ―puntualiza en su cálido consultorio, en el centro de la ciudad.

Nota: En marzo próximo representará a México en el certamen internacional, en Francia.

Historia de un accidente



Rafael Espinosa | Andrés estaba frente a la vibrante y fragorosa trituradora de piedras, en las penumbras de aquella noche del jueves 29 de diciembre del 2016, cuando perdió la pierna izquierda.

En la construcción del Nuevo Libramiento Sur sólo se veían las luces de los camiones que iban y venían cargados de material.

Andrés, alumbrado por una fogata a falta de lámparas, dirigía los volteos que descargaban piedras en la boca de la trituradora.

Esa noche, el chofer de un volteo, en estado de ebriedad, se desplazó de reversa con violencia y sin luces traseras.

Al borde de un barranco de peñascos y la trituradora, Andrés no tenía escapatoria, estaba acorralado, por eso en su desesperación cayó sentado. La llanta del volteo cargado de piedras quedó encima de su pierna izquierda.

Aunque hubiera gritado nadie lo hubiera escuchado por el triquitraque de la trituradora y del motor del volteo, en aquella oscuridad de las veintitrés horas.

Sin que todavía supiera de la gravedad de la herida, alcanzó a sacar su teléfono del pantalón y le habló al operador de la trituradora.

―Échame la mano, tengo la llanta del volteo encima.

―¿En serio? ―contestó dubitativo el operador.

―Sí, apúrate, no estoy cotorreando.

Por otro lado, el chofer del volteo ―al bajarse― dio un brinco de susto al ver a Andrés debajo de la llanta. Lleno de terror movió la unidad.

Se desconoce de dónde Andrés sacó fuerzas en ese momento para incorporarse, sin embargo, no aguantó mucho y tuvo que apoyarse de sus compañeros.

Lo llevaron al campamento donde había claridad. Alguien se quitó la playera para aplicar un torniquete y restañar la hemorragia.

Había vehículos en la obra pero ninguno tenía combustible. Andrés llamó por teléfono al encargado.

―Ingeniero, necesitamos un carro, me aplastó la pierna el volteo ―.

―Llego en diez minutos ―repuso el encargado.

Pasaron los diez minutos.

―Ingeniero, ¿Va usté a venir? ―insistió adolorido.

―Ya voy, ya voy.

Hubo quien pensó en trasladarlo en la cuchara de una retroexcavadora cuando en ese instante llegó uno de los obreros en una camioneta. En ella lo llevaron al centro de salud del municipio de Suchiapa, a unos minutos de ahí.

―Estás bien pálido ―le dijo el doctor al ver su rostro.

Cuando vio la herida añadió: ¡llévenlo a un hospital!

Andrés había perdido un litro de sangre.

A esa hora apenas los alcanzó el ingeniero.

Andrés fue llevado al Sanatorio Muñoa, en Tuxtla Gutiérrez, donde lo entretuvieron hasta las tres de la madrugada sin hacerle algo por falta de especialistas en ese instante.

Después lo trasladaron a la Clínica Moreno, en la capital, rumbo al barrio 5 de Mayo. Andrés sentía mucha hambre, pues el accidente ocurrió momentos antes de que se dispusiera a cenar, como lo hacía de ordinario.

A las siete de la mañana del viernes, Andrés fue intervenido. Salió del quirófano a las cuatro de la tarde. El doctor le habría dicho.

―Tienes los nervios muertos y los huesos triturados.

―Si no hay más que hacer, doctor, quíteme la pierna.

El doctor ordenó a la enfermera taparle la cara para que no viera la operación, no obstante, Andrés, debajo de la sábana, vio con repugnancia y asombro, la sierra con la que le cortaban el hueso.

Después de que su cuerpo no respondía a la anestesia, de pronto cayó tendido; fue entonces cuando vio a su madre llorando frente a él y a la muerte con una guadaña a un lado. Más tarde, sabría que se trató de un delirio porque su madre había fallecido tres años antes.

Ni su esposa, sus dos niñas, ni algunos familiares cercanos, sabían de la tragedia, por lo que se desconoce quién les informó que Andrés había muerto durante la cirugía. En su casa, algunos prepararon las honras fúnebres, mientras que otros se vistieron de negro para recogerlo en la Clínica.

Desde esa ocasión, Andrés sintió que volvió a nacer. Cree que no le ha caído el veinte, como se dice coloquialmente, ha hecho todo lo posible por tomar con paciencia y naturalidad la ausencia de su pierna.

El día que se preguntó: Y ahora ¿qué voy a hacer? Él mismo se contestó: salir adelante, ni pedo.

Abandonó la silla de ruedas a los tres días y se dispuso a usar un par de muletas. Reconoce que fue difícil adaptarse a esta nueva vida. Se cayó varias veces con las muletas y se levantó con más ganas que coraje.

Ahora, a casi tres años del percance, tiene una vulcanizadora en el Libramiento Norte y 5ª Poniente de esta capital.

La primera vez que intentó desmontar una llanta se fue de bruces, otra ocasión se dio con la espátula en el rostro, pero con el tiempo ha tenido ingenio para sufrir menos.

Andrés ha sido trabajador del campo en su natal Suchiapa, ayudante de albañil, chalán de mecánico, entre otros oficios.

Siempre le gustó más el trabajo que el estudio, por eso sólo alcanzó a llegar a la preparatoria, dice.

―¿Qué piensas del accidente?

―¿Qué más le va uno a hacer?

No se deprimió en ningún momento, añade, porque sabe que es la cabeza de la familia y no debe demostrar debilidad. Y para ello siempre contó con su esposa y sus dos hijas pequeñas.

Del chofer del volteo que manejaba ebrio esa noche, no lo ha vuelto a ver, tampoco desea verlo.

La constructora le pagó los gastos médicos y le dio una indemnización con la que compró su herramienta para su vulcanizadora. La indemnización no fue de buena voluntad, tuvo que demandar, enfatiza.

Raymundo y Radio Ombligo



Rafael Espinosa │”Radio Ombligo” fue el programa infantil más querido en la historia de la radio en Chiapas. Sonaba todas las mañanas en el automóvil, la cocina, el trabajo y en cualquier lugar donde se escuchara una de las 14 estaciones de la red del Sistema Chiapaneco de Radio, Televisión y Cinematografía.

Durante 17 años al aire, atrapó la imaginación de niñas, niños, hombres, mujeres y ancianos, a través de inolvidables personajes como El Zopilote, La Gaviota, El Tortugo, Ratadeule, La Vaca, Kalimán, Oscarito, Gerasio Contreras y Doña Eulalia.

―¿Y en dónde están todos ellos?

―Esperan impacientes en el Cerro del Rebote ―repone con añoranza Raymundo Zenteno Mijangos, autor de Radio Ombligo.

Desde una noche antes hasta la madrugada, Raymundo escribía cuentos y poesía acerca de los valores cívicos, ciencia, música, literatura, teatro, cine, salud, deporte, que preparaba para el programa del día siguiente.

A lo largo de tres mil 500 transmisiones, Radio Ombligo ganó cuatro primeros lugares de la Bienal Internacional de Radio. Además, Raymundo Zenteno recibió un reconocimiento de manos de Michel Obama, en la Casa Blanca, Estados Unidos, por el contenido de su programa.

Ha escrito dos libros de cuentos; de uno de ellos extrajo el nombre de Radio Ombligo, precisamente de un cuento sobre una estación de radio con ese nombre, cuyos animales fantásticos charlaban con la audiencia.

Egresado de la Escuela de Escritores de México, el también pintor y algo de poeta, cuenta que el personaje El Zopilote surgió como seudónimo en un concurso de cuentos en el cual participó como Raymundo Zopilote.

―Pero, ¿por qué Zopilote?

―Desde niño siempre me gustó ver el vuelo de los zopilotes en los cielos.

Cuando tenía once años, sus padres decidieron abandonar su natal Bochil, Chiapas, para mudarse a una casa chica de la Ciudad de México. La añoranza de su amplio patio, de la convivencia con animales silvestres y bosques virginales, influyeron para dedicarse al sector infantil.

Durante los 25 años en la Ciudad de México, exploró la carrera en Ingeniería Petrolera, Ciencias de la Comunicación, hasta que finalmente en la Escuela de Escritores de México descubrió su pasión por los cuentos infantiles.

A los 36 regresó a Chiapas. Se dedicó a la promoción de la lectura, a través de un programa de Coneculta, cuyo personaje, Jartum, entre mago y poeta, se dedicaba a enviar epístolas a los niños chiapanecos.

El niño que contestaba la carta recibía un libro que tenía que leer y enviar un resumen del mismo a Jartum quien le mandaba otro libro. Hubo niños que leyeron hasta cuatro libros.

―¿Y por qué se suspendió Radio Ombligo?

―Por falta de presupuesto del gobierno ―resume Raymundo.

Suman siete meses que Radio Ombligo se retiró de la barra programática con la esperanza de que el Zopilote, de gabardina negra, y la elegante Gaviota, vuelvan al aire.

Aunque los personajes esperan impacientes en el imaginario Cerro del Rebote, Raymundo vive en alguna parte de Tuxtla de Los Conejos, en una casa con árboles frondosos, puertas de madera, sala desenfadada y luces tenues.