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miércoles, 19 de septiembre de 2018

Mi mamá es mi sombra




Rafael Espinosa / El 4 de marzo del 2014, Ana Paola no fue a la escuela. Minutos antes de las ocho de la mañana, con la inquietud y rebeldía de sus nueve años, se puso el uniforme y sin ganas se comió el chayote con huevo que había en la mesa. Su madre le repetía que se diera prisa porque, de un momento a otro, pasaría el transporte escolar por ella.

—Mamá, tú nunca me llevas a la escuela —alegó la niña, aunque lo de “nunca” no fuese cierto.

—Está bien, yo te llevaré, pero apúrate —.

Bajaron las escaleras del tercer piso del departamento. Una tía suya que vive cerca de ahí, se ofreció a llevarlas pero que esperaran tantito; sin embargo, como se estaba tardando, decidieron seguir caminando para tomar el transporte público. Llevaba en brazos a su hijo Emilio y de la mano a Ana Paola con su mochila al hombro.

Al llegar a la calle principal, le hizo la parada a un taxi que transitaba al otro lado del bulevar. Una automovilista que parecía tener prisa discutía con su hija mientras el vehículo avanzaba. Frente a doña Esperanza pasó otro taxi vacío sin que le hiciera la parada porque se sentía comprometida con el primero cuyo chofer hizo señas de regresar.

No obstante, al notar que el primer taxi no volvía, decidió cruzar de la mano con Ana Paola y su bebé en brazos. Estando en medio del bulevar, dejaron pasar varios vehículos hasta que ella le dijo a su hija que corrieran, pero Ana Paola titubeó y sin saber qué hacer se quedó paralizada a mitad del carril.

(En la Carretera a Emiliano Zapata, casi frente al fraccionamiento Colinas del Rey, en Terán, Tuxtla Gutiérrez).

Se escuchó un golpe seco. Doña esperanza sintió morirse y, con impotencia y dolor, repitió con llanto: ¡Auxilio, una ambulancia!

La fila de coches comenzó a detenerse.

—No la toque, señora —le dijo una enfermera que de casualidad pasaba por ahí.

Minutos más tarde, paramédicos la llevaron al hospital. Fue entonces cuando la automovilista, Edith Soledad Pérez Aragón, dice, se valió de argucias para manipular el accidente al quedarse sola con las autoridades.

Doña Esperanza recuerda que en el instante del accidente, la automovilista manejaba distraída al discutir con su hija, por eso no tuvo tiempo de frenar y se detuvo a unos 50 metros adelante. Incluso, en el retorno anterior, estuvo a punto de chocar con otro auto.

Ahora, cuatro años después, Ana Paola anda en silla de ruedas, da sus primeros pasos con ayuda de su madre, articula palabras con mucho trabajo, sin embargo, no ha dejado la escuela, cursa el segundo grado de secundaria, siempre en compañía de su mamá, y cuando sea grande quiere ser licenciada en Administración de Empresas.

Asiste al CRIT, se rehabilita con equinoterapia y terapia de imanes. En su escuela, el ESTI-65, alguien de buena voluntad mandó a hacer una rampa en la entrada, aunque doña Esperanza tiene que cargarla porque su salón de clases está en el segundo nivel.

Al principio como hasta ahora junta dinero con ayuda de voluntarios, para comprar medicinas y desplazarse en taxi. La automovilista quedó libre al día siguiente. Para colmo a veces la mira porque es vecina de la colonia.

Ante la insistencia de pedir justicia, se enteró de que la señora pretendía cobrarle cinco mil pesos por los daños a su coche.

Ana Paola reconoció a su madre a los ocho meses del accidente y dos meses más tarde comenzó a decir sus primeras palabras aunque por sílabas: ¡ma-má, a-gu-a! Esa vez doña Esperanza se puso feliz. Antes de que su hija recobrara el habla, le cantaba las vocales mientras le daba purés y papillas.

—Mi mamá es mi sombra —dice tiernamente, apenas entendible. Se arrulla sobre el hombro de su madre.

—Gracias a Dios mi hija está viva —.

En su cumpleaños número 14, el próximo 30 de septiembre, lo único que desea es un teléfono celular.

Los que deseen apoyar, este es el número telefónico de doña Esperanza: 961 143 0759

Carpeta de Investigación: C.I. 058 101 0024 2014

El joven pintor tsotsil






* Me inspira mi origen y mi pueblo mágico: Andrés López

Rafael Espinosa / Cuando Andrés era un niño, sus papás y hermanos salieron de su comunidad a consecuencia de conflictos sociales, caminaron hora y media a través de las montañas, sin más bártulos que los que alcanzaron a agarrar. Se instalaron en San Juan Chamula e iniciaron una vida nueva. Sin embargo, una mañana cuando desayunaban en la mesa, su padre le dijo una frase que ha sido motivo de reflexión para las nuevas generaciones.

—Ya no puedo apoyarte con la escuela, así que ponte a trabajar —le dijo en lengua tsotsil antes de echarse la caja de chicles al hombro.

En ese momento de inocencia infantil, quizá no le haya dado tanta importancia al asunto, por lo que Andrés anduvo sin pena buscando trabajo hasta que al poco se le vio, igual que a su padre, como vendedor itinerante, con una caja de chicles en el pecho u otras veces con una canasta de chicharrines en la cabeza.

Una tarde, cuando su madre iba a inscribirse a un programa social de gobierno a la Casa de la Cultura del pueblo, le dijo: ¡Hijo, acompáñame! Y lo llevó de la mano.

En realidad, Andrés no quería ir, dice, no obstante, visitó sin interés los talleres de danza y música, y ocurrió en él algo muy distinto al entrar al pabellón de pintura.

—Sentí algo bonito —recuerda—; fue como si entrara a otro mundo —.

Desde entonces, en todo un año no faltó a las clases de pintura hasta que un día demolieron la Casa de la Cultura para construir un mercado público. De la venta de chicles y chicharrines comenzó a ahorrar para continuar la secundaria. Más tarde, reinició su curso en la Casa de la Cultura edificada en otro sitio de la localidad.

Mientras cursaba en el Cobach, plantel 57, en San Juan Chamula, puso un negocio de baratijas de importación para ayudarse y a la vez participaba en los concursos de pintura en los que obtuvo múltiples reconocimientos y primeros lugares.

Después de 10 años de recibir talleres, fue nombrado director de la Casa de la Cultura de San Juan Chamula, se matriculó en la licenciatura de Lengua y Cultura en la Universidad Intercultural de Chiapas (Unich); sin embargo, a los dos años, abandonó sus estudios a consecuencia de un accidente en motocicleta, medio que usaba para economizarse los pasajes de la escuela a su casa y viceversa.

—¿La escuela o el trabajo? —se cuestionó cuando estaba convaleciente.

De este modo eligió continuar pintando en casa, en sus ratos libres, inspirándose en los cuadros de pintores como Rembrandt, José María Velazco, Diego Velazquez, entre otros grandes de estilos diversos.

A sus 24 años, ha sido integrante de la Orquesta Sinfónica Esperanza Azteca, imparte talleres de artes plásticas a los jóvenes de su comunidad y ha expuesto sus obras en distintos estados del país. El año pasado, mediante sus composiciones pictóricas, representó a Chiapas en Japón.

Su sueño es exhibir sus óleos en las galerías de París, Francia, donde existe una fecunda competencia entre artistas que tienen el mismo anhelo.

En la celebración del 40 aniversario del Colegio de Bachilleres en Chiapas, Andrés expuso una serie de obras y dirigió un mensaje emotivo, en tsotsil y luego en español, a los jóvenes estudiantes que culminó en un aplauso pletórico:

“Mi mayor motivación han sido las carencias que viví en la infancia, los deseos de mis padres por apoyarme sin tener con qué, de lograr mis propósitos a través del arte, porque no hay mayor satisfacción que hacer lo que a uno le gusta”.

En la noche, acompañado de su esposa, estaba disfrutando del frío en su casa, en San Juan Chamula, donde próximamente cumplirá otro de sus mejores sueños: lograr el primer taller de pintura comunitario en el país.

Andrés agradece a sus maestros Esteban García, de Las Margaritas; Akio Hanafuji, de origen japonés con residencia en San Cristóbal de Las Casas; y José Alberto Aguilar Mayorga, docente, entre otros que sin su ayuda y orientación quizá no hubiera brillado como hoy, dice.

Su madre es ama de casa, su padre aún vende chicles, sus ocho hermanas y hermanos fabrican trajes tradicionales, uno es docente y los más pequeños estudian la primaria y secundaria. Andrés aún tiene su pequeño changarro de oropeles. Todos, en la medida de sus posibilidades, se apoyan mutuamente.

Mi padre y yo





Rafael Espinosa / Moisés siente un amor intenso por su padre que daría la vida por él. Hace poco estaba en su silla de ruedas, en su casa, cuando escuchó el frenar intempestivo de un coche y lo primero que pensó fue en su padre que había ido a la tienda. Como pudo salió a la calle y vio a su padre tirado en el pavimento sin que pudiera hacer algo con su impotencia más que inquietarse en su silla.

***

Moisés nació hace 24 años sin que hasta hoy pueda caminar a causa de un tumor en la columna vertebral que le extrajeron a los tres días de nacido. Su padre le ha contado, sin culparlo a él, que después de su nacimiento aumentaron los problemas maritales hasta llegar a la separación; ella se quedó con cuatro niños y él se hizo cargo de Moisés.

Vivían en un pueblo de la costa de Guatemala donde su padre lo cargaba para todos lados y lo apoyaba en sus necesidades elementales. Aprendieron a vivir juntos con carencias profundas aunque siempre han superado las adversidades. Al poco consiguieron una silla de ruedas que hizo la vida más fácil a ambos.

Un día salieron de este pueblo donde por primera vez Moisés intentó quitarse la vida al terminar la relación que tenía con una chica de su edad cuyo fin conserva en secreto y en la intimidad de sus recuerdos.

—Tenía la soga en el cuello, pero no alcancé ninguna viga que la sujetara —cuenta Moisés quien ahora se ríe de semejante barbaridad.

Más tarde, cruzaron la frontera de Guatemala con México y se instalaron en Tapachula, Chiapas. De este modo es que después llegaron a Tuxtla Gutiérrez donde residen desde hace más de 15 años.

Sin que ninguno de los dos supiera leer ni escribir, andaban como errantes y con gran inocencia, de tal modo que los agentes de migración no se molestaron en revisarlos y muchos menos en pedirles sus documentos.

Como hasta hoy, con ayuda de su padre, Moisés pide dinero en los cruceros y parques de la capital y rentan una casa pequeña en la colonia Los Manguitos, en Tuxtla, donde no tienen más que sendos colchones en el piso y ropa en cajones, sin radio ni televisión.

Dice que algunos automovilistas les han gritado improperios como: ¡Pónganse a trabajar! ¡No te hagas, si bien que caminas!

Moisés sólo les contesta: Que Dios los bendiga y cuide sus hogares.

Ha aprendido a abrir la llave de la regadera, a bañarse y cambiarse solo. Por las mañanas, se levanta y en raras ocasiones desayuna pollo frito que tanto le gusta.

Su mayor ilusión es tener una familia propia y comprarse una silla de ruedas semideportiva. Le agrada el basquetbol cuyo deporte practica a veces en el “Panchón Contreras”.

Un día, cuando andaba en el centro, sólo por curiosidad entró a una tienda deportiva y salió desilusionado, con su cara alargada, al enterarse de que la silla que desea cuesta 18 mil pesos.

—Ah, gracias, le dijo al empleado —recuerda.

Todas las noches platica con su padre hasta que se queda dormido.

Esta tarde del miércoles, su padre, de 66 años, se quedó en casa porque se sentía indispuesto. Aquella vez del accidente, por fortuna las heridas no fueron graves, sin embargo, ha sentido el peso de los años.

Esta vez, Moisés ha salido solo rumbo al centro a pedir caridad y encontrarse con amigos ambulantes para ir aprendiendo vivir cuando su padre ya no esté.

Asalto in fraganti




•Dos malandrines a una pareja de adolescentes

Rafael Espinosa/Después de una agobiante jornada laboral, don Benito regresaba a casa a bordo de un colectivo de la ruta 86. Aún llevaba puesto su uniforme de policía. Momentos antes se había despedido de sus compañeros que prevenían que los vendedores informales se apoderaran nuevamente de las calles del centro. Había comprado su comida y durante su viaje en el colectivo, pensaba un poco en asuntos de toda índole. Eran alrededor de las seis de la tarde del pasado domingo 24 de junio.

Durante su ruta, el colectivo dobló en una calle solitaria y adyacente a la Clínica de la Mujer Oriente, donde el chofer se detuvo intempestivamente al presenciar un asalto de dos hombres a una pareja de adolescentes. El chofer sabía que a bordo viajaba un policía, por eso no dudó en hacer el llamado.

—¡Oficial están asaltando a los chavos! —dijo sorprendido, dirigiéndose a don Benito.

Don Benito no pudo negarse al auxilio porque llevaba puesto el uniforme. Pasó por su cabeza contestarle “no puedo, estoy cansado, estoy franco, tengo hambre”; sin embargo, su responsabilidad moral fue mayor y sintió de pronto el momento embarazoso y la mirada incisiva de los pasajeros que comenzaban a inquietarse.

—¡Oficial, haga algo pues! —lo espoleó una señora al tiempo en que el chofer abrió la puerta.

En este instante, los malandrines salieron a tropel.

—¡Auxilio, ayúdennos! —gritó alterada la pareja de jóvenes.

Don Benito, con su bolsa de comida en la mano y su mochila al hombro, inició la persecución apoyado por un voluntario velador que también viajaba en el colectivo. El adolescente se sumó a la carrera.

Don Benito recuerda impresionado que uno de los malandrines toreaba y brincaba los coches como si fuese una gacela al cruzar el Libramiento Norte, rumbo a la entrada de la colonia Patria Nueva. El otro, dice, parecía un poco torpe.

Mientras esto ocurría, el chofer del colectivo se echó reversa y los pasajeros dominados por la curiosidad y el morbo se apearon de la unidad.

La resistencia del malandrín no dio para más, de modo que tuvo que detenerse, pegándose a una pared, mientras que el más astuto se perdió entre las calles de la colonia cercana.

El mayor temor de don Benito era que el malandrín estuviera armado y aunque el malhechor estaba inerme, tenía una boca que escupía amenazas y ofensas por todos lados. Fue entonces cuando don Benito le aplicó una llave y lo tiró al suelo.

—Devuélveme las cosas —se animó a decirle el adolescente, mientras que su novia, espantada y llorando, se acercaba a él.

—¡No tengo nada, qué quieres que te dé; chinga tu madre! —repuso el malandrín con insolencia.

—¿Dónde las tienes? —amagó con autoridad don Benito por momentos dominado por la adrenalina.

—Aquí los tengo —dijo finalmente doblándose y desembolsando las dos carteras y el celular de los jóvenes.

—Échame la mano —suplicó a las víctimas al punto del llanto y con la voz quebrada—; hazme el paro.

—Tu no pensaste en nosotros —reviró el adolescente—; además, nos cacheteaste.

Minutos después llegó una patrulla que se lo llevó a la cárcel.

Los muchachos se desvivieron dando las gracias a don Benito.

Don Benito, de 43 años, llegó a su casa, aventó su comida en la mesa y se acostó en la cama, repitiendo mil veces en su cabeza la persecución.

Más tarde, recibió un reconocimiento y un estímulo económico por su destacada labor profesional, de parte del Ayuntamiento de Tuxtla Gutiérrez, en la sala de Cabildo.

—Mientras tengamos la camisa de la policía vamos a seguir protegiendo al pueblo —sostuvo orgulloso don Benito con 18 años de experiencia en la policía.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Las últimas horas de Karla




Rafael Espinosa / Un día después de las elecciones del 1 de julio, Karla despertó triste porque su candidato había perdido. Ella formó parte de la campaña política y estaba entusiasmada por tener un mejor porvenir. Había renunciado temporalmente al séptimo semestre de la licenciatura en Derecho para dedicarse de tiempo completo a la jornada electoral.

Cuando se soltó en llanto, su madre la consoló:

—No estés triste, hija, la política así es; a veces se gana y a veces se pierde —le dijo.

Doña Mary, quien tiene una tienda de abarrotes en su casa, también sentía cierto pesar como consecuencia del sufrimiento de su hija.

—Hoy no voy a hacer nada, mamá —soltó al fin abriendo los brazos como si se liberara del aspaviento. Tomó golosinas y chucherías de la tienda, se tiró en el sofá de la sala y se dispuso a ver la televisión; sin embargo, era evidente que por más que tratara de ocultar su desdicha, su madre sabía que Karla sufría muy en el fondo de su corazón.

Doña Mary intentó darle vuelta a la desgracia diciendo que por su parte estaba feliz porque la campaña había terminado.

—Ahora te tendremos más tiempo en casa con nosotros —le dijo.

Así pasó el día lunes 2 de julio hasta la noche cuando Karla le encargó a su madre que la despertara temprano, porque le habían llamado para que ayudara a desocupar el inmueble donde tenían la casa de campaña política.

—¿Por qué no me levantaste, mamá? —alegó con rapidez, alistándose, el martes.

Doña Mary se había negado a despertarla a la hora referida, no quería que fuera al trabajo. Su padre tampoco quería que fuera.

—No vayas, mamita —le dijo don Manuel.

Karla cogió al vuelo de la tienda yogurt, galletas y otras cosas, con la agilidad de sus 20 años. Eran alrededor de las 9:30.

—Toda la tienda te quieres llevar —le dijeron en chanza sus padres al despedirla y rieron—; ¡toma un taxi!

Henry, hermano de Karla, un año menor a ella, revisó la lista de aspirantes aprobados a la carrera de Sicología en la Unicach y casi pega un brinco de felicidad al verse entre la lista.

Doña Mary llena de emoción le llamó a Karla para darle la noticia.

—¿Dónde estás, hija? —.

—Supervisando las cosas que se van a llevar, mamita —.

—Sólo te hablo para decirte que tu hermano quedó en la Universidad... Al fin, dentro toda esta tristeza hay algo bueno —le dijo.

—Que bueno, mamá, ya sabes, el plan es siempre salir adelante —.

Después de una ligera plática, se despidieron. Fue la última vez que doña Mary habló con su hija.

Cerca de las 12 del día, doña Mary sólo le mensajeó para decirle que su hermano se había equivocado, no había quedado en la universidad.

Don Manuel, miembro de una A.C. de ayuda social, había heredado a su hija la actitud de servir al pueblo, quizá por eso Karla desde niña se interesó en la gestoría social cuyo papel desempeñaba bien en la campaña de su candidato.

Ese martes inolvidable, don Manuel le envió un mensaje para que comieran en familia.

—Hay le echas ganas, hijita, tu mami hizo comida para que comamos juntos —.

—Sí, papi, nomás termino y voy para allá —.

Henry mantenía una buena relación con su hermana, Karla, de modo que salió de su casa para que comieran helado juntos y la acompañara a comprar el uniforme para su graduación de la preparatoria.

A las cinco de la tarde, doña Mary le marcó a Henry que viajaba en un colectivo de regreso a casa.

—¿No dijiste que te iba a acompañar tu hermana? —le arengó.

—Sí, mamá, pero me dijo que aún estaba muy ocupada en el trabajo y que llegaba más tarde a la casa —repuso el joven.

Pasaron las horas hasta que doña Mary le marcó al teléfono de su hija. Al principio sonaba y sonaba, después mandaba directo al desesperante buzón. Ahí la angustia comenzó a torturarle hasta que llamó a René, un compañero de trabajo.

—¿Y mi hija? —soltó sin preámbulos.

—Aquí está. Estamos conviviendo con la lic. Laura, las hermanas de ella y otros amigos, en la Palapa de Mi Mamá —dijo elevando la voz por el bullicio de parranda.

—Ahorita voy para allá —dijo doña Mary.

—No, no se preocupe, doñita, en 20 minutos se la llevamos —. Eran casi las 11 de la noche.

Después del tiempo acordado, doña Mary le marcó a Ana, otra compañera de trabajo, ya que René no contestaba.

—Karla está tomadita, no le puede contestar, pero no se preocupe yo la estoy viendo, yo no estoy tomando... Sí, doñita, ya es tarde, ya se la vamos a llevar —contestó Ana.

Después de un rato, al fin René volvió a tomar la llamada.

—Ya la va a llevar la lic. Laura —.

Doña Mary, un poco más tranquila y tras un día de intenso trabajo, decidió irse a dormir. Le recomendó a su esposo que la esperara. Don Manuel siendo un poco más optimista pensaba que a lo mejor su hija quedaría a dormir en casa de alguna de sus amigas; quizá lo pensó así porque viven en la última calle del norte de la ciudad, al pie de las montañas del Cañón del Sumidero, en la colonia Las Granjas. No obstante, cumplió con su guardia hasta las tres y su hija no llegó. Henry se fue a la cama a las cinco y tampoco recibió en la puerta a su hermana.

Doña Mary se despertó muy temprano como de costumbre, pero antes de abrir su tienda, abrió la puerta de la habitación de Karla pensando encontrarla pero no estaba, ya desesperada avistó la de Henry y tampoco. Revisó el resto de la casa y nada.

Estuvo marcándole a René hasta que a las 8 de la mañana contestó. René también estaba desconcertado, porque cuando salieron de la Palapa él ya no alcanzó cupo en el coche. Suponía que fueron a dejarla.

Después estuvo marcándole infinidad de veces a la lic. Laura, jefa inmediata de Karla. Al fin tomó la llamada como a eso de las 10 de la mañana. Aún con la resaca, Laura relató que a Karla la habían llevado y que la habían encaminado hasta su casa, aunque después, dando indicios de nerviosismo, se contradijo.

—No. Me vinieron a dejar a mi primero; estaba tan borracha —se excusó, prometiendo llamar al chofer, Marvin, y a su hermana, Janeth, para preguntarles si sabían algo. Más tarde, le regresó la llamada a doña Mary sólo para decirle que ninguno de los dos contestaban. Estuvieron intercambiando llamadas pero no hubo respuesta; la lic. Laura se puso a llorar.

—Ella (Laura) sabía lo que le habían hecho a mi hija —narra doña Mary con lágrimas—, por eso se puso nerviosa y luego a llorar.

Durante la mañana, don Manuel y Henry habían salido de casa para hacer un mandado pero llegaron un rato después. Cerca de las dos de la tarde, don Manuel bajó al campo futbol para ver el partido de su sobrino. Don Manuel sentía el mismo miedo e incertidumbre, aunque siempre trató de calmar a su esposa.

—Tranquila, no creo que le haya pasado algo malo —.

A la hora, doña Mary también bajó al campo. El equipo de su sobrino había ganado el partido. Un grupo de familias disfrutaban del triunfo. Unas señoras se acercaron a doña Mary.

—Doña Mary, la vemos intranquila; ¿Qué tiene usted? —.

—Mi hija no aparece —soltó de pronto.

—Ya lo hubiera subido a las redes sociales —.

Doña Mary tenía la esperanza de encontrar a su hija, por lo que les contestó: que tal aparece; no quiero ser alarmista. Además, añadió tratando de ser fuerte, si fuera una mala noticia ya lo hubiéramos sabido.

Entre la gente que disfrutaba la victoria del partido, don Manuel platicaba con un vecino policía, esposo de una de las señoras. Le dijo que en su guardia de esa madrugada habían hallado a una joven muerta en la colonia Francisco I. Madero. Sacó su teléfono celular y le mostró las fotografías.

—No es ella —dijo don Manuel, un tanto incrédulo al no reconocerla. Luego se encontró con su esposa.

Otra de las señoras, que se había asomado al policía, se acercó a doña Mary para preguntarle la vestimenta que traía su hija la noche anterior.

—Blusa roja y pantalón negro de mezclilla —describió.

En ese momento sonó el teléfono de doña Mary; era la lic. Laura. Doña Mary no quiso tomar la llamada, de modo que le dio el teléfono a su esposo y se fue a ver las fotografías del policía.

Durante la llamada, la lic. Laura le decía a don Manuel que Karla se había quedado a dormir en casa del chofer, Marvin, y su novia, Janeth, hermana de ella, y que cuando despertaron Karla ya no estaba, en la colonia Francisco I. Madero.

Desde el primer momento en que doña Mary vio las fotos reconoció a su hija. El policía le explicaba lo que había visto y sólo entonces doña Mary cayó en la cuenta, tras una breve ofuscación, que su hija estaba muerta.

—¿Está muerta? —gritó aterrorizada doña Mary. En ese instante, sintió un vértigo que la vista se le oscureció. Su esposo, sintiendo el mismo dolor, la apoyó para que no cayera. Recobró un poco la conciencia e inmediatamente la subieron a un coche que la llevaría al Servicio Médico Forense.

Llegó demolida a la morgue. Ahí, la señorita que estaba detrás del escritorio le dijo que se tranquilizara, que no podía ver el cuerpo, sólo en fotografías. Doña Mary volvió a ver a su hija en la computadora y casi se desmaya nuevamente.

—¡Me han matado a mi hija! —decía privándose en llanto—, necesito ver el cuerpo, puede que yo esté equivocada.

Tras varias súplicas, al fin la dejaron pasar.

Entró. Era su niña en la plancha de la morgue; la abrazaba y la besaba con gran dolor en el alma.

***

El cuerpo de la joven fue hallado en la vía pública alrededor de las 01.30 horas del miércoles, a 20 metros de la casa del chofer, Marvin, novio de Janeth, hermana de la lic. Laura.

Las autoridades de procuración de justicia siguen la línea de investigación de un posible accidente de tránsito.

Karla tenía el cuerpo lacerado y las costillas rotas.

Al funeral asistió mucha gente como nunca se había reunido en esa última calle de la ciudad.

El chofer, Marvin, está detenido.

A casi un mes de la tragedia, el excandidato a la presidencia municipal de Tuxtla Gutiérrez, Carlos Penagos, no le contesta las llamadas a la familia, sólo mensajes.

Los dolientes piden justicia y todo el peso de la ley contra el o los responsables.

Mujer albañil



* Comenzó a trabajar de ayudante por necesidad, ahora lo hace con gusto

Rafael Espinosa / Doña Mercedes hace mezcla de cemento, carga ladrillos, repella muros y gana 30 por ciento menos que un varón haciendo lo mismo. A sus 52 años, es una albañil, madre de dos hijos y abuela de cinco nietos.

Desde los 32, se empleó como ayudante por necesidad y ahora es una albañil que hace su trabajo con gusto, dice; aunque también se ha dedicado a lavar y planchar ropa ajena, entre otros oficios temporales como cocinera y empleada doméstica.

Regularmente se levanta a las cuatro de la mañana y baja hacia la Central de Abastos para recoger verduras en buen estado. Una hora más tarde le da de comer a sus pollos de patio y prepara el lonche que ha de comer en la obra con su actual esposo.

*
A los nueve años, doña Mercedes quedó huérfana de padre. Por ser una de las mayores de la familia, se hizo cargo de sus 11 hermanos, mientras que su madre se iba a vender “de todo un poco” en su natal Honduras.

Recuerda que de niña, cuando apenas alcanzaba el fogón, hacía tortillas a mano, después se iba a la montaña y a lomo de caballo traía los tercios de leña que vendía para contribuir con los gastos domésticos.

Siendo adolescente se levantaba a la una de la madrugada para hacer dos mil tortillas diarias para el 5º Batallón del Ejército de su país, con ayuda de su madre. A las seis de la mañana comenzaba los quehaceres del hogar y en el transcurso del día atendía a sus hermanos. En la noche iba a la escuela.

A los 27 años, salió de Honduras con la intención de llegar a los Estados Unidos, sin embargo, en Chiapas se topó a su tío quien había sido deportado de aquel país.

—Ya no sigas hacia allá, hija, está muy fea la cosa —le advirtió.

Doña Mercedes radicó en Tapachula haciendo postres y piñatas para sobrevivir hasta que se le presentó una oferta laboral en Cigarrera La Moderna, en Frontera Hidalgo, donde cocinaba, junto a otras compañeras, para 200 trabajadores.

Más tarde, en Tuxtla Gutiérrez, capital de Chiapas, se empleó como ayudante de cocinera, de limpieza, aunque casi siempre ganaba como peón en el oficio de la construcción.

Cuando su primer esposo falleció, tocaba las puertas para lavar ropa a domicilio y sacar adelante a sus dos hijos. Lavaba hasta ocho docenas diarias, desde temprano hasta la noche, pero lo más triste, dice, era cuando me decían: se lo pago mañana

—Y ahora… ¿Qué les doy de comer a mis hijos? —se decía.

Sólo concluyó la secundaria, aunque le hubiera gustado ser ingeniera o arquitecta; lo mejor que le ha pasado en la vida es tener trabajo, pues el trabajo, dice, es mi mero mole.

—Mi vida ha sido difícil, pero nunca me he rendido —dice doña Mercedes quien tiene 25 años en Chiapas, y seguramente acá han de enterrarla, pues ha comprado, en abonos, un paquete funerario que incluye terreno en el panteón.

*
Hace poco se inscribió a un curso de Pasteras y Morteros, relacionado con acabados en albañilería que fue como una semana más de trabajo, agrega.

—Doña Mercedes, por favor, compártanos unas palabras —le pidieron el día de la clausura.

Sintiendo una combinación de nervios y alegría, doña Mercedes se levantó de su asiento, saludó a la mesa del presídium y se paró frente a sus 19 compañeras que habían concluido el curso.

—Mi nombre es Mercedes Villanueva Rivera; tengo 52 años. Estoy muy contenta por haber terminado el curso. He sido peón de albañil de mi hermano y ahora de mi esposo y lo seguiré haciendo hasta que Dios me preste vida —dijo orgullosa.

Doña Mercedes se había enterado del curso por su nieto que asiste a Casa Taller del DIF Tuxtla para aprender un oficio.

Recuerda que su nieto le dijo:

—Abuela, hay un curso del trabajo que sabe usté hacer —.

—¿Será, hijito? —

—Sí, abuela, ayer comenzó —.

Al día siguiente, doña Mercedes fue de la mano de su nieto y se inscribió. Una semana después recibió su reconocimiento como una de las mejores del grupo.

*
Generalmente un albañil percibe un sueldo promedio de 300 pesos diarios, en tanto que a ella sólo le pagan 200.

Oficio de estibador



• Una vida cargando cosas

Rafael Espinosa / En la entrada de Tuxtla hay un estibador enamorado de su trabajo, con la esperanza diaria e incierta de que un trailero se detenga y le diga: ¡Súbase, vamos a trabajar¡ Sin embargo, hay días en que el pato nada y otros en que ni agua toma, dice, don Octavio, de 66 años.

Don Octavio ha sido estibador desde 1970, cuando se transportaba en vehículos las cajas fuertes de los bancos y se cargaba al hombro los quintales de café, cristalería fina, materiales para construcción, entre otras mudanzas que con la aparición del montacargas ha ido sustituyendo la mano de obra de los estibadores.

—Antes era puro ingenio para bajar las cosas, con rodillos, tubos, puntales, sogas... —.

Recuerda que por necesidades económicas abandonó a medias la escuela primaria y se puso a trabajar de peón, ganapán y de lo que hubiera hasta que descubrió su pasión por alijar y mover embalajes.

Dice que hay más peligro con los traileros que con la descarga, porque en ocasiones los conductores se niegan a pagarle, “se plantan como una mula con el argumento de que no tienen dinero, espéreme ahorita vengo”, incluso han escapado después de que lo han golpeado.

Recuerda que un trailero que transportaba muebles lo convenció para guiarlo a Comitán por 250 pesos. Al llegar allá, don Octavio le dijo:

—Págueme usted, por favor —.

El trailero le suplicó nuevamente que lo guiara a San Cristóbal de Las Casas, por lo que tuvo que acceder resignado porque no llevaba dinero para regresar. El chofer no sólo lo había utilizado de guía sino también de estibador. Llegó el momento en que toda la carga estaba en el piso.

—Págueme usted, por favor —.

—No traigo dinero y hágale como quiera —repuso el chofer poniéndose en un plan intransigente.

Estuvo rogándole que le pagara hasta que recordó que cien metros antes había estacionada una patrulla de la Policía Federal.

—Está bien —le dijo don Octavio y se dio la vuelta.

Tocó la ventanilla de la patrulla y despertó al oficial. Le contó lo que había ocurrido y ambos se dirigieron hacia el tráiler que por fortuna ahí seguía aparcado.

—Páguele al señor —le dijo el policía al trailero al tiempo que miraba a don Octavio—; ¿Cuánto le debe?

—250 por la guía y 250 por la descarga —contestó don Octavio.

—Dele mil pesos —ordenó el oficial.

Con gesto desencajado, el chofer dijo que le daría 500 pesos porque no traía más.

—Dele los mil pesos le digo —amenazó el policía pidiéndole la factura de la carga, de los viáticos, documentos del vehículo y la licencia de conducir.

El trailero se hizo del tamaño de una hormiga, de tal modo que tuvo que dar los mil pesos a don Octavio.

Después, el policía le hizo la parada a un automovilista que pasaba por la carretera y le preguntó: ¿A dónde va?

—A Tuxtla —le contestó el hombre del volante.

—Dele un “aventón” a este señor, por favor —.

Don Octavio agradecido se subió al coche y llegó contento a su casa.

—Es uno de los favores más grandes que he recibido de un policía en mi vida —recuerda don Octavio con una débil sonrisa.

Cuenta que en sus inicios de estibador ganaba cinco veces más de lo que un peón de albañil, por eso decidió quedarse en este trabajo con el cual ha sacado adelante a su esposa y a sus cinco hijos. No obstante, hoy, dice, podemos sacar 300 ó 350 pesos diarios, pero sólo hay tres o cuatro mudanzas a la semana.

Durante casi cinco décadas en este oficio ha sufrido desgarres, hernias, hasta operaciones. Por esta razón está afiliado al Sindicato de Estibadores y Alijadores, Reparto y Mudanzas al Público en General, con el cual se siente menos indefenso.

—Mientras Dios me conceda fuerzas seguiré trabajando de estibador hasta mis últimos días —enfatiza mirando a don Alfredo, de 76 años, compañero de trabajo y amigo de toda la vida, y a Francisco, un joven que inicia en estas labores.

Respecto a los trágicos accidentes que en esta entrada de la ciudad han ocurrido, dice:

—No te mata el rayo sino la raya, amigo —.

El día del último tráiler que dejó varios muertos había regresado a su casa dos horas antes.