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lunes, 23 de octubre de 2017

La abuela, el cacique y la boda



Rafael Espinosa

—Los que tengan perros, hagan favor de amarrarlos —se escucha a lo lejos, a través de un altavoz, en la comunidad Quintana Roo—; hoy viene el presidente.

Dicen que el día anterior, un funcionario público se disgustó por la pelea espontánea de unos perros que andaban sueltos en la calle. El funcionario volteó disgustado, mientras que los habitantes se miraron con cierta culpabilidad. Por eso hoy que viene el presidente de México instruyen que los perros estén amarrados.

Quintana Roo es una comunidad del municipio de Jiquipilas, Chiapas. Ubicada a una hora de la capital, Tuxtla Gutiérrez, al final de un camino de terracería con árboles y rancherías.

En sus ocho calles de ancho y unas 10 de largo, la mayoría de las chozas está hechas de paredes de adobe, tejas de barro, láminas y algunas de losa. No hay más calles pavimentadas, salvo las que están en derredor del parque.

Ahí, en esta comunidad, vive doña María Altagracia, la mujer más grande del ejido, quien a sus 107 años ha visto nacer a muchos y participado en las honras fúnebres de estos mismos y de otros. Es una de las fundadoras de esta pequeña colonia que hoy cuenta con una población de mil 600 habitantes.

Doña María Altagracia y su hija Angelita, de 75 años, viven en una casa de corredor largo, pilastras, macetas y pérgolas. Su patio es grande con gansos, patos y árboles.

Con extraordinaria lucidez, cuenta que hace ocho décadas había unas cuantas chozas humeantes al pie de árboles gigantescos y matorrales crecidos. Se caminaba horas y horas para llegar a los poblados, dice la señora de ojos bondadosos y fatigados.

Enviudó a los 20 años cuando tenía cuatro hijos. Su esposo, comisariado ejidal en ese entonces, fue asesinado en una trocha del ejido. Mucho tiempo después supo que el asesino fue don Audón Pimentel, de Vicente Guerrero, otra comunidad cercana.

Se levanta de la silla y regresa trabajosamente a su cuarto, en su andadera y sin ayuda de nadie. Esto ha sido su pasatiempo durante estos últimos años; ir al corredor y regresar a su cuarto. Doña Angelita dice que su madre casi siempre camina sola, pues a veces se pone de mal humor cuando la ayudan.

Regresa al corredor y se sienta nuevamente. Recuerda la amenaza que llegó a sus oídos, después de la muerte de su esposo.

—Si no te vas de aquí, también a ti te mataremos —. Ese mismo día agarró a sus cuatro hijos y se fue a la comunidad Álvaro Obregón; sin embargo, al poco tiempo regresó siguiendo a sus hijos que no se hallaron en otro lado más que en Quintana Roo.

El caso lo dejó en manos de Dios. Más tarde se enteraría que don Audón perdió un brazo en un altercado y después “murió como un perro en el monte”, enfatiza. Fue el cotilleo de moda, en los tiempos en que los pobladores armados eran de pocas palabras.

Su mayor jaqueca es no escuchar lo que le dicen, por eso siempre repite ¿ah?, poniéndose la palma de la mano en el oído. A veces se pone triste porque tiene la impresión, dice, que de nada sirve tener tantos años encima, “sin tener a mamá, papá, o a los hermanos”.

El día del terremoto, hace dos semanas, doña Altagracia estaba acostada en su cama. Por fortuna, uno de sus nietos que se encontraba de visita, la sacó cargando en los brazos, mientras la casa se sacudía. Doña Angelita estaba en el patio llorando y temblando de miedo.

Su hija de por sí es nerviosa, incluso, presenta síntomas de vitiligo alrededor de la boca por lo mismo. Ahora tampoco puede levantar el brazo derecho. “Ya ni mi mamá padece tantos achaques como yo”, dice, esbozando una sonrisa y mirando de reojo a doña Altagracia. Ella es viuda desde hace un lustro; su esposo falleció por un problema en la próstata.

Doña Angelita quiere llevar a doña Altagracia al parque para que vea al presidente de la República, Enrique Peña Nieto. Se ha anunciado en la bocina de la comunidad que llegará este mediodía; sin embargo, su nieto le dice que es peligroso llevarla en silla de ruedas en medio de la muchedumbre.

Nada más la sacó a la puerta en su silla de ruedas y ahí juntas esperaron.

En el recorrido por las viviendas dañadas por el terremoto, Peña Nieto, los miembros de su gabinete más cercano y su comitiva de guaruras, pasaron por la casa de doña Altagracia. El presidente de México las saludó y platicó con ellas, poniéndole especial atención a los daños de su vivienda.

Más tarde, Peña Nieto, reunido con una multitud de campesinos, mujeres y niños, bajo la sombra del domo del parque, destacó el ejemplo de fortaleza, lucidez y ánimo de doña Altagracia, para salir adelante.

En la mañana hubo seis temblores, sumados a las más de 3 mil 500 réplicas y en la tarde, cuando el presidente de México terminó su discurso, cayó un chubasco que hizo correr despavoridos a los campesinos.

***
Cuando anunciaban por altavoz la llegada del presidente de México, a María Luisa la peinaban y maquillaban para su boda. Estaba sentada en una silla al pie de una ventana. Desde hacía dos meses, había planeado casarse en casa de su abuela, Ernestina, sin que remotamente imaginara que el temblor la desplomaría.

Desde temprano las máquinas comenzaron a recoger los escombros de la casa de la abuela, no tanto por el casamiento de María Luisa, sino porque a estas alturas y por instrucciones del gobierno, todas las viviendas con pérdida total deberían estar demolidas para la reconstrucción de las nuevas.

María Luisa tuvo que vestirse en la casa contigua de otro familiar. Una casa modesta y pintoresca, con un jardincito florido entre el corral de malla y la puerta principal. Con globos inflados en forma de arco y corazones de papel pegados en la pared, con las iniciales de los novios.

En la mañana, a la hora en que terminaban los preparativos de la boda, la comunidad estaba acordonada por la guardia presidencial y la policía local, sin que permitieran el acceso de vehículos. Por eso la jueza llegó extenuada y con las zapatillas empolvadas a oficiar la ceremonia nupcial.

Los soldados de la Marina y del Ejército Mexicano trabajaban en la demolición de distintas viviendas dañadas por el temblor, mientras que hombres y mujeres barrían el parque y la calle de la casa ejidal.

Cientos de campesinos de sombrero, venidos de rancherías y comunidades cercanas, buscaban la sombra de los árboles o comían la merienda que traían en sus morrales. Muchas mujeres se ponían alguna toalla sobre la cabeza para soportar los rayos del sol del mediodía.

Momentos antes de la boda, se escuchaba el ruido sonoro de los helicópteros oficiales que sobrevolaban la comunidad. Fue entonces cuando la jueza llegó caminando, media hora más tarde de lo acordado, pues la policía le impidió el paso de su vehículo.

El patio de la abuela es grande como casi todas las casas de la comunidad. Con árboles frutales, plantas de ornato, macetas, pozo artesiano, pérgolas, perros amarrados bajo un par de carretones, un horno de barro bajo una galera, monturas, arreos y yugo de bueyes.

En medio de este escenario campestre, hay un emparrado especial, con ramas de árboles, globos blancos, sillas de plástico para los invitados y la mesa principal, con un mantel blanco y un florero transparente con rosas rojas.

A esa hora había unos 30 invitados, incluyendo niños, los padres de los novios y los padrinos. De pronto, apareció la novia, más hermosa que nunca, con su vestido blanco. El novio, Jeremías, también apareció, sin más aliño que su pantalón negro y su camisa blanca. Se ven contentos, emocionados y enamorados.

La jueza comenzó el recital oficial frente a los contrayentes, mientras los camiones cargados de escombro transitaban en la calle, dejando una nube polvo y ruido que pasaban desapercibidos ante aquella burbuja ceremonial.

Cuando terminaron los aplausos comenzaron los abrazos. El grupo musical de tres integrantes, vestidos con sombrero y camisa de cuadros, tocó la diana bajo un árbol de mango. De entre los árboles y plantas de ornato, también apareció el mariachi entonando una canción de enamorados que arrancó lágrimas de los asistentes. Casi al mismo tiempo subieron los cohetes al cielo.

En el otro extremo de la comunidad bajaba el helicóptero presidencial.

A la boda llegaron más invitados, sumados unos 50 en total, que degustaron un exquisito pollo en mole. Los Vaqueros, llamado así el grupo musical, comenzó tandas de canciones, haciendo pausas alternadas con el mariachi, al tiempo en que la esposa estrechaba su cabeza en el pecho de su marido. Los niños jugaban librando las mesas y las sillas en el extenso patio.

Cuando el presidente de México se retiró de la comunidad a bordo de su helicóptero, el sol se enfilaba hacia el horizonte. En el parque quedaron cientos de envases de agua vacíos y se sentía el olor a tierra mojada a causa de un ligero chubasco.

En medio de aquel silencio descomunal, el retumbo de la fiesta llegaba a hasta el último rincón de Quintana Roo.

Los recién casados chiapanecos se conocieron en Punta de Mita, Nayarit, donde ella trabaja de ama de llaves y él en el área de mantenimiento de una empresa turística. Ella tenía el deseo de casarse en la casa de la abuela que colapsó con el terremoto. Allá, en aquel estado del norte, continuarán su nueva vida de casados.

***
En Quintana Roo la gente se mueve en bicicletas, carretas y motocicletas, sólo algunos en automóvil. Cinco camionetas de doble cabina transportan a la gente, cada hora, por 16 pesos, de la comunidad a la cabecera municipal, Jiquipilas, y viceversa.

Las casas tienen corrales que nadie se atreve a brincar y los habitantes tienen la seguridad de encontrar sus gallinas y patos en el patio, cuando regresan de algún mandado. Aquél intrépido que toma las cosas ajenas es descubierto en cualquier momento y sufre el escarnio público como si llevara la señal de Caín en la frente.

Con el terremoto, de las 348 viviendas dañadas 87 colapsaron al momento. También resultaron perjudicadas una escuela primaria, dos iglesias y un centro de salud, dice el comisario ejidal, Noé de Jesús Álvarez Vázquez.

Este sábado se encuentra muy atareado por la visita del presidente Peña y el gobernador de Chiapas, Manuel Velasco. Aunado a esta calamidad, dice, se suman personas fracturadas por tejas y vigas que se desplomaron con el temblor de la tierra.

La mayoría de los campesinos se dedica a la siembra de maíz, cacahuate y tomate. Las familias se conocen entre sí, de tal modo que es difícil que alguien se quede sin enterarse de cuando algo no marcha bien.

Casi media comunidad habla en secreto sobre un hombre llamado Manolo. Un cacique que pasa desapercibido ante los ojos ajenos a la comunidad, acostumbrado a disimular su riqueza, vistiendo guaraches, morral y sombrero. Es el hombre más rico de Quintana Roo.

Dicen que cuando viene del rancho, su ganado atraviesa la comunidad y ocupa todo el ancho de la calle, de tal manera que la gente tiene que pegarse a las bardas y las casas para evitar ser atropellada.

Es un latifundista dueño de rancherías y propietario de unas 400 cabezas de ganado. Incluso, en las tardes, cuando los vecinos descansan sentados en sus banquetas, miran —más que con envidia, como un espectáculo— la interminable trashumancia.

Cuentan que tiene varias casas en la comunidad, concesiones de transporte público, camionetas nuevas, tractores, ranchos por doquier, entre otros muebles e inmuebles que lo hacen más que un potentado, un soberano sumiso con los desconocidos y soberbio y orgulloso con los comuneros.

Con su poder económico, dicen, explota a los campesinos con un salario de 80 pesos por una jornada de 12 horas de trabajo. Aún así pelea con los pobladores por una caja de despensa. Reclama la reconstrucción completa de su casa cuyas paredes presentaron fracturas. Se dice también que se siente líder y sus palabras pesan sobre el comisariado y en las decisiones de la comunidad.

Cuando el presidente de México visitó y se fue de la comunidad, el sábado 23 de septiembre, los soldados se dispusieron a entregar la ayuda humanitaria. Ahí, se le vio alegando el arreglo de su casa, pidiendo una despensa y metiéndose entre la multitud de campesinos que realmente necesita alimentos.

—¡Miralo! —dice sorprendida una señora, parada en la esquina—; ahí está don Manolo, pidiendo despensa. Sin gracia, con tanto dinero que tiene.

Cuando se fue el convoy, don Manolo, el hombre moreno de abdomen pronunciado, de sombrero y huaraches, se sentó en una poltrona frente al terreno desnudo donde algún día estuvo una de sus casas y que la demolieron para que el gobierno le construya otra.

Los perros estuvieron amarrados todo el día.


Al caer la noche, la comunidad de bombillos tenues descansa entre este valle extenso, para que mañana esté dispuesta a seguir luchando entre los escombros

Hombres cuervo




Por Rafael Espinosa:

Los “Hombres Cuervo” viven rodeados de lagunas en la zona norte Chiapas, sobre la llanura costera del Golfo de México, a unos 350 kilómetros de la capital chiapaneca, Tuxtla Gutiérrez.
Les llaman así porque se bañan o se humedecen el cuerpo varias veces al día, como los cuervos se zambullen en las orillas de los humedales.

Habitan en la comunidad Punta Arena, municipio de Playas de Catazajá, una población aproximada a los mil habitantes, donde son visitados por estudiantes, maestros, periodistas y curiosos, quienes llegan en coches, autobuses o en lancha.

Los Hombres Cuervo son personas que carecen de poros en la piel y por lo tanto no transpiran, motivo por el cual tampoco pueden liberar el calor corporal y tienen que bañarse en repetidas ocasiones o usar camisas húmedas para refrescarse.

Además, se caracterizan por tener la frente olímpica, pómulos anchos, mandíbula triangular, labio superior corto y fino, labio inferior grueso y revertido, el cabello escaso, ralo y claro, la piel delgada y la nariz hundida.

También presentan cejas y pestañas despobladas, ojos azulados, alteraciones en las uñas, orejas ligeramente puntiagudas y falta de dientes, aunque algunos sólo desarrollan los "colmillos".
Doña Prudencia Vázquez López, de 42 años, madre de dos niños cuervo, cuenta que la historia surge a principios del siglo pasado, con la llegada a la comunidad de un hombre y sus tres hijas procedentes de Hungría.

Se presume, dice, que el hombre tuvo relaciones con sus hijas cuyos bebés nacieron con esta patología.

De acuerdo con la descendencia familiar, una de las húngaras se unió a don Prudencio Vázquez Cruz con quien procreó cinco hijos, entre ellos a don Urfencio Vázquez Góngora, Hombre Cuervo que falleció a los 70 años y padre de doña Prudencia.

Ninguno de los hermanos de doña Prudencia nació con estas características, siendo que su padre don Urfencio era Cuervo y su madre, doña Aura del Carmen López Sánchez, era mujer normal del pueblo fallecida a los 60 años.

Sin embargo, dos de los cuatro hijos de doña Prudencia nacieron con esta enfermedad congénita, pese a que ella y su esposo Mauricio Cruz Vázquez son normales.

A doña Prudencia casi no le gusta hablar del tema y tampoco exhibir a sus hijos, debido a que muchos “sólo llegan a tomarles foto, prometen apoyarlos, pero nunca regresan”.

Recuerda que el cantautor mexicano “Juan Gabriel”, personalmente prometió ayuda pero el apoyo nunca llegó.

“No sé por qué”, dice desde su cocina de palma, en la orilla de la laguna.

Ahora todo aquel que quiera información tiene que incentivarlos o por lo menos dejarles una cuota voluntaria.

Hoy, el mayor de sus hijos, de 23 años, está trabajando de albañil en Playa del Carmen y el otro, de 16, se encuentra en la escuela preparatoria.

Comenzaba a prolongarse la plática cuando, de pronto, se interrumpe la conversación por la llegada de don Mauricio, su esposo, a quien no le gusta hablar de la enfermedad de sus hijos con advenedizos.

El hombre parecía enojado; bajó de la canoa y atravesó el patio hacia su casa, con varios racimos de plátano en las manos.

“Lo siento”, dice doña Prudencia. Se fue detrás su esposo.

***
A dos cuadras y media de ahí, en una casa de techo de láminas metálicas, similar a la mayoría de las viviendas que hay en Punta Arena, vive su primo hermano Porfirio Díaz Vázquez, un Hombre Cuervo soltero, de oficio pescador, de 60 años.

Cuando está en su hogar, don Porfirio tiene que echarse agua por lo menos 64 veces al día y cuando trabaja usa camisas gruesas que humedece constantemente en la laguna, para mantenerse fresco durante más tiempo.

“El agua es nuestra vida; podrá faltarnos comida pero el agua no”, suelta don Porfirio, sentado sobre una banca de madera.

Frente a él se encuentra su hermano Ruperto, un hombre normal de oficio peluquero, que le corta el cabello a un vecino.

Al igual que los demás Hombres Cuervo, don Porfirio no aguanta ni una hora sin agua, porque inmediatamente se llena de parches colorados o le sangra la nariz, por eso casi siempre lleva una garrafa de agua a donde quiera que va, o en su defecto se baña a cada rato en la laguna.

“Ellos (los Hombres Cuervo) tienen la ventaja de que nos le pica el mosquito, porque no tienen poros”, comenta sonriente el vecino, mientras le quitan el pelo.

Ocario Díaz Correa y Joaquina Vázquez Góngora, ambos de 80 años, son los padres de don Porfirio. Ellos son personas normales que tuvieron ocho hijos, de los cuales sólo don Porfirio y su hermano Paulo, de 52, son Hombres Cuervo.

“Por ahí anda”, señala Ruperto hacia la calle, refiriéndose a Paulo.

Así como don Porfirio hay siete Hombres Cuervo más: un joven estudiante de preparatoria; otro que es ganapán; un campesino; un muchacho universitario, un albañil; un agricultor; y una mujer con características menguadas. La mayoría esta soltera, salvo el campesino que tiene su mujer con quien procreó un hijo normal.

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Fany Kramski Soto, dermatóloga del Hospital General Regional de la capital chiapaneca, explica que el nombre científico es displasia ectodérmica anhidrótica.

Es una genodermatosis, agrega, enfermedad que se hereda, debido a defectos cromosómicos en grupos o comunidades donde hay consanguinidad.

“El problema se presenta donde se casan entre familiares, porque el tipo de herencia es autosómica recesiva ligada al cromosoma X; no es una enfermedad frecuente, se da en dos personas que tengan el mismo defecto genético”, argumenta.

Aunque ellas son las que portan el defecto genético en el cromosoma, son los hombres quienes presentan estas características físicas, resume la especialista.

De acuerdo con la versión de Kramski, la esperanza de vida de los Hombres Cuervo es buena si ellos acatan las indicaciones que se les da, entre las que destacan vivir en un clima adecuado, mojarse constantemente la piel, usar ropa fresca, no hacer demasiado ejercicio y llevar una vida de actividades tranquilas.

No obstante, los Hombres Cuervo están adaptados al clima cálido húmedo de la región, a hacer trabajos pesados, y tampoco tienen deseos de irse a otro lado porque, dicen, “aquí tenemos a nuestra familia, nuestro patrimonio”.

Algunos paliativos para sobrellevar la enfermedad consisten en cremas hidratantes y antipiréticos, puesto que la ingeniería médica aún no ha creado una fórmula que cure la enfermedad.

Hasta el momento no hay estadística que revele el número de casos, sin embargo, se presume que existe un número muy reducido, debido a que son enfermedades extremadamente raras.

***


Durante las entrevistas, los Hombres Cuervo comentaron que han sufrido burla, aunque en Punta Arena son muy queridos por la gente.

domingo, 24 de febrero de 2013

La inquilina


Rafael Espinosa: 

Siempre pensé que vivía solo entre puertas blancas y paredes color hueso, pero sabía también desde hace un mes de una inquilina que irrumpía a mi departamento y que hacía fiestas durante mi ausencia sin que tuviera la delicadeza de levantar los cachivaches del piso. Incluso, supongo que danzaba cuando dormía, porque muchas veces escuché ruidos extraños en la madrugada, aunque era mayor mi sueño y le restaba importancia al asunto. Al amanecer no encontraba las cosas en su lugar. Supuse que algún día se manifestaría ante mi presencia para evitar su vida clandestina. Y así fue.
Una vez llegué más temprano que de costumbre, la sorprendí cuando se encontraba parada en la sala. Se quedó impávida, de pronto, movió la cabeza y corrió hacia la pared más próxima para ocultarse. Juro que sentí cierto sentimiento, sin embargo, recordé todas las travesuras hechas por ella dentro de la casa y decidí pensar bien las cosas.
Ahora se aprovecha de mi indiferencia, parece importarle poco si le hago caso. Camina frente a mí sobre los sillones, revisa el refrigerador y hasta pareciera que se hace de comer mientras miro la televisión.
Un día la correteé por toda la casa hasta que la perdí, no obstante, después de varios días sin verla, abrí el closet y la encontré dormida a sus anchas. Ella abrió los ojos, brincó y corrió nuevamente.

¡Por lo menos págame una renta!, le dije. Después de todo tu también vives aquí y comes sin que cooperes para la despensa.

Permitiré que siga viviendo aquí, pero ya le advertí que no cabemos más de dos, así que tiene que abstenerse a traer hijos a este mundo por el momento. El departamento es tan chico que si no obedece en poco tiempo tendré llena la casa de nuevos huéspedes y eso significa conseguir otro empleo para solventar la economía del hogar.
Seguramente ahora está detrás de mi para investigar qué es lo que escribo, porque regularmente hace ruidos y ahora está sonando unos papeles, quizá busca su identidad o su acta de nacimiento, pues ni siquiera sé cómo se llama. Yo le llamó Bella. Tiene sus dientes blancos, una sonrisa tímida y cara tierna. Supongo que en alguna parte tiene artículos de bisutería, aunque yo no los he visto, porque sus ojos parecen estar adornados de pestañas largas y quebradas.

¡Bella, ya llegué!, le dije una noche.

Tenía en los labios residuos de leche. Tampoco me dijo algo, entiendo que le dio pena. Tiré la mochila en el sofá y me puse a ver la televisión, mientras ella se fue a la cocina.

No te preocupes, le dije; ya comí en la calle.

Noté que no salía para saludarme. Sentí que algo andaba mal y por curiosidad fui a la cocina y ya no estaba, pero me incomodé demasiado al ver que la despensa y los trastos eran un desastre de guerra.
Estoy contrariado porque mañana pienso ir a un negocio para buscarle una solución al problema, pero lo estoy pensado mil veces porque es mi única compañía y lleva varios meses conmigo. Extrañaré el ruido de sus quehaceres y su carita tierna cuando come en la mesa.

Bella es una ratita.

La pobreza como herencia familiar




Rafael Espinosa:

La anciana ni siquiera se levantó del banco donde descansaba, en el corredor de su casa, para abrir la tranca del corral. Confiada en el visitante, sólo gritó: ¡pásele! Acababa de cocinar un caldo de frijoles, en el fogón aún humeante.
Doña Rosario Martínez tiene 74 años. Ha vivido sola desde que murió su esposo en un accidente de tránsito, hace 20 años. En cada pregunta sobre la pobreza y el rendimiento del dinero durante el paso de los años, se queda pensativa y "le sobran respuestas", dice con una risa irónica.
Siempre ha sido ama de casa. Durante sus años productivos, en los 80, la vida era más llevadera; sin embargo, una década más tarde, cuando emigró -con su esposo y sus cuatro hijas - a la ciudad, la situación fue complicándose.
Recuerda que anteriormente ella y su esposo estaban a cargo de un rancho, a 15 kilómetros del municipio de Ocozocoautla, rumbo a Nuevo México. Siempre había qué comer; "en la ciudad hubo días que no comimos", revela.
En el rancho cosechaban verduras para autoconsumo, de modo que casi siempre comían elotes, tortillas hechas a mano, calabacita, charales capturados en un arroyo cercano, gallinas de patio y los huevos de éstas. Parece recordarlo con una pasión entrañable.
Doña Rosario lleva trenzas largas, viste una blusa tradicional y un delantal con la publicidad de una marca de harina de maíz. Parece estar cansada por los años, pero también parece sobrarle ganas de seguir platicando. Sus cuatro hijas ya tienen su propia familia y viven en distintas partes de la capital.
Cuenta que emigraron a la ciudad por una enfermedad de su esposo y aquí se quedaron. Sus hijas tenían el deseo de estudiar, pero apenas cursaron el segundo grado de primaria. Ella tuvo que lavar ropa ajena, mientras su esposo convalecía. Con el tiempo, su pareja, quien era campesino, inició el comercio de quesos que compraba con un hombre del municipio de Copainalá.
En el rancho su esposo ganaba 160 de los viejos pesos, cada quincena, de los cuales ella gastaba 20 para comprar jabón o algún otro producto del hogar, pero "sobraba bastante; ahora no alcanza ni para pagar la luz", lamenta la abuela.
También la vida era más saludable, no se escuchaban muchas enfermedades y tampoco había tanta inseguridad.
"Los niños podían salir a jugar a la calle con tranquilidad, ahora dicen que los roban", añade, mostrando cierta preocupación en su rostro. Se levanta y se dirige a la olla ahumada para mover los frijoles con una cuchara grande.

--¿Le preocupa la carencia económica?

--Ahora lo que me preocupa es la muerte --suelta.

Le importa más pensar en su velorio que pensar en lo que va comer mañana, aunque ella sabe que sus hijas la visitan con frecuencia y le llevan algo de comida, incluso se niega a vivir en casa de una de ellas, pues "de todas maneras el arrimado a los tres días apesta", comenta sarcásticamente.
Su casa es chica, de paredes de concreto y techo de láminas, en el Callejón Durango, entre las calles Hidalgo y Michoacán de la Colonia Las Granjas, al norte de la capital. A su edad no puede trabajar, sólo espera la ayuda de sus hijas y el último día de su vida, aunque sinceramente se ve fuerte.
No tiene más muebles que un refrigerador, una cama, una mesa y dos sillas. Dice que si estuviera en sus manos poder regresar el tiempo, estaría en el rancho donde nada le faltaba.
Aunque sus hijas son mujeres de bien, ellas enfrentan los obstáculos económicos de la vida.
"Uno de mis nietos se enfermó; mi hija pidió dinero a crédito. Ahora sólo trabaja para pagar los intereses", cuenta.
"Hubiera querido que ellas fueran de escuela, pa'que no sufrieran tanto", añora.
Sin embargo, una de ellas se casó con un albañil, la otra con un lavador de carros y la tercera con un empleado de mostrador. Son hombres de bien también, pero ganan muy poco y nos les alcanza.
"Viven bien, pero también sufren la falta de dinero", comenta doña Rosario.
En este sentido, sobre la pobreza generacional, el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, implementó hace unos días el Programa Nacional Contra el Hambre que será dirigido inicialmente para 7.4 millones de mexicanos que sufren pobreza alimentaria.
Expertos explican que "el programa es muy bueno teóricamente, no obstante, habría que llevarlo a la práctica al pie de la letra, a fin de que no queden como los otros programas de sexenios pasados, pues tal parece que la pobreza van en aumento, pese a los programas de desarrollo social".
En Chiapas una tercera parte de la población sufre pobreza alimentaria, es decir, uno de cada tres habitantes, incluso la entidad estima seis municipios con mayor porcentaje de población en pobreza a nivel nacional (Aldama, San Juan Cancuc, Chalchihuitán, San Andrés Duraznal, Santiago El Pinar y Sitalá), de acuerdo con cifras del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) 2010.

La mujer que perdió sus sueños entre la pobreza




Rafael Espinosa:

Durante su infancia soñó ser profesora de una escuela primaria, sin embargo, hoy a sus 74 años, su anhelo terminó sepultado en la pobreza, de modo que ni siquiera aprendió a leer y escribir.
Doña Maura Pérez Hernández habita literalmente al pie del Cañón del Sumidero, sobre la Fresno, la última calle de la Colonia Patria Alta, en el lote 24, manzana 161, al norte oriente de la capital chiapaneca.
Por un lado fue la carencia económica de su familia y por otro la costumbre de sus padres, pues siempre pensaron que las mujeres, particularmente, no debían estudiar porque serían mantenidas por sus maridos.
De sus tres hermanos, sólo uno de ellos logró terminar la primaria y el resto tampoco fue a la escuela, no obstante, recuerda, se hicieron hombres de bien, pero con trabajos pesados y sobrellevando la pobreza a cuestas.
Con el tiempo llegó a darle la razón a su padre y creyó que sus problemas económicos terminarían con el casamiento, pero las cosas empeoraron, de tal forma que -teniendo su propia familia- hubo días en que soñaba que sobre la mesa hubiera un pedazo de carne que un habitual plato de frijoles.
Se casó con don Mariano Hernández López, quien ahora tiene 85 años. Durante su etapa productiva y cuando su edad se lo permitía, don Mariano salía a ofrecer sus servicios de zapatero a domicilio.
En ese entonces, doña Maura también tuvo que salir a vender frutas y verduras a las calles para aportar a la economía familiar y sacar adelante a sus niños: Humberto, Javier y Samuel.
También soñó con tener una vivienda digna como recompensa a los años de sacrificio laboral, pero su vida continúa, dice, en esa misma pobreza económica, en una casa que para cualquiera sería una galera, aunque para ella "es lo más valioso que tiene en la vida, aparte de sus hijos y sus ocho nietos".
Hoy, la mejor noticia que puede tener es haber criado hijos buenos, que involuntariamente son parte de la herencia generacional de la pobreza extrema, "igual que un millón y medio de chiapanecos", de acuerdo con cifras oficiales.
Su hijo Humberto tiene 40 años, sólo terminó la escuela primaria y trabaja de albañil. Javier, de 38, también concluyó la educación básica y es obrero en la comunidad Agua Azul, en el norte de Chiapas. Samuel, de 34, es peón, también egresó únicamente de la escuela primaria.
Ellos, dice doña Maura, tenían el deseo de estudiar una carrera corta, la cual fue truncada por falta de dinero, pues de "zapatero mi esposo y yo de vendedora no pudimos darles estudios, y las cosas empeoraban cuando alguien de la familia enfermaba", recuerda.
Doña Maura vivió una situación muy similar a la de su familia en el municipio de Soyaló, pues su padre era labrador y su madre ama de casa, aunque en diferente tiempo y espacio, pero con carencias similares.
Actualmente, casi siempre está en casa y su esposo tampoco sale a las calles a reparar zapatos, viven del apoyo de sus hijos quienes con frecuencia los llegan a visitar, salvo el que está en el norte del estado a quien se le hace difícil viajar por los costos del pasaje.
Reconoce también que ella y su esposo "forman parte de las 240 mil personas mayores de 64 años", que son beneficiadas por el programa "Amanecer".
Ayer, doña Maura estaba en la cocina -acompañada de uno de sus hijos que estaba de visita-, cuando salió al patio. Se paró en la esquina de su casa, detrás de una estructura de colchón que le sirve de corral de su casa.
La Delegación de la Patria Nueva, de Tuxtla Gutiérrez, estima 47 mil habitantes, de los cuales por lo menos ocho mil son de la tercera edad, informó José Luis Ramírez, delegado del asentamiento.
De esta totalidad, en promedio, más de la mitad sufre pobreza extrema o algún tipo de carencia.

La espera de su amor




Rafael Espinosa:

-­­­­-Si eres hombre de palabra, háblale a mi padre --le dijo Hermelinda a José Domingo.

Esa mañana del Día de la Santa Cruz, José Domingo la había alcanzado en una vereda de Totolapa, Chiapas, cuando ella caminaba rumbo al molino del pueblo. En la tarde fue a pedir la mano a los papás de ella. Su futuro suegro le preguntaría después el motivo de su visita y él contestó sin ambages: "Porque la quiero."
Sin embargo, Hermelinda estaba insegura luego de que había tenido una mala experiencia con otro hombre. En ese entonces, José Domingo tenía 18 años, ella 30 y era madre de una niña.

--Dile a tus papás que vengan a hablar conmigo --le contestó el papá de Hermelinda.

Al otro día llegaron. Nada se pudo hacer. Así luchó durante varios días hasta que consiguió a la que sería su esposa durante toda la vida.
Un año antes había tratado de tener un acercamiento con los papás de Hermelinda, no obstante, la plática se mezcló con el alcohol y la reunión casi acaba en tragedia. Su futuro suegro sacó un machete y corrió a todos.
Ese mismo día, Hermelinda se fue a trabajar a San Cristóbal y regresó, un año después, el mero Día de la Santa Cruz. Durante este lapso, José Domingo se puso a tomar más de lo normal hasta que llegó este día santo en que la vio y la alcanzó en el camino, cuando ella iba al molino.
Como ella estaba contrariada, José Domingo llegó otro día a hablar a la casa de sus futuros suegros. El papá le dijo, platica con ella. Atravesó el patio hasta llegar al cuarto de horcones, donde Hermelinda le daba de mamar a su primogénita. Es probable que ella sintiera algo por él, sin embargo, estaba insegura por su primera experiencia.
Al salir, José Domingo se despidió cabizbajo de su suegro, quien lo detuvo conjeturando la mala respuesta. En ese mismo instante, el papá entró al cuarto y ordenó a su hija Hermelinda que se fuera con José Domingo.

--No estés engañando al muchacho, si lo quieres dile de una buena vez --. Fue lo último que escuchó Hermelinda de su padre. José Domingo y ella se fueron juntos.

Doña Hermelinda recuerda que "el tigre" lo veía de lejos, refiriéndose a la ocasión en que don José Domingo lo topó en el camino.

--Esta vez no la voy a dejar ir --dijo también aquel día José Domingo, cuando supo que ella había regresado de San Cristóbal. Ambos ríen un poco tímidos.

Hoy, ella tiene 80 años y él 68, tienen seis hijos (todos ellos con familia propia) y viven felices, en la avenida Topacio, manzana 42 y lote 1, en la colonia Democrática, al norte de la capital chiapaneca.
Contrario a lo que se podría esperar, consagraron su matrimonio ante las leyes de Dios después de 15 años de vivir juntos, cuando ya tenían varios niños.
Los habitantes de la colonia Democrática se han preguntado más de una vez si José Domingo y Hermelinda tienen algo especial, pues casi todo el tiempo se les ve juntos.
En el domicilio, donde han vivido 25 años, la pareja cuenta que su estabilidad familiar ha dependido quizá, porque ambos son pacientes, toman las cosas con calma y en lugar de pelear buscan solución a cualquier problema.
La mayor preocupación de ambos a estas alturas de la vida es que alguno de los dos se vaya de este mundo.

--Ahora estamos platicando, pero quizá mañana estemos bajo la tierra --puntualizó don José Domingo.

Alertan crecimiento desordenado, en Tuxtla Gutiérrez



Rafael Espinosa:

Con la venta fraccionada de ejidos en facilidades de pagos podría repetirse la historia de hace cuatro décadas en Tuxtla Gutiérrez, es decir, un crecimiento poblacional desordenado con servicios públicos deficientes, debido a que muchos no pagan impuestos prediales en detrimento a las arcas del municipio.
Hace años los ejidatarios dividieron y vendieron sus parcelas "sin buscar los mecanismos de la Ley Agraria, que consiste en desincorporar la tierra social e incorporarla al desarrollo urbano", recordó Arturo Orta, delegado federal de la Procuraduría Agraria en Chiapas.
Esta expansión poblacional desordenada se refleja en calles truncadas, casas sobre cauces de los ríos o en zonas de riesgo, avenidas angostas o anchas, en inundaciones, bosques destruidos, así como fugas de agua o de drenaje en puntos distintos de la capital.
Actualmente algunas partes de los ejidos Copoya, Terán, Francisco I. Madero, Emiliano Zapata y Plan de Ayala, están regularizados. Y muchos habitantes se mantienen bajo el régimen agrario.
La Comisión de Regularización de la Tenencia de la Tierra (Corett) supone que el Ayuntamiento desconoce realmente el número de pobladores asentados en tierras ejidales que no pagan predial.
La Dirección de Tenencia de la Tierra de Tuxtla Gutiérrez se negó a hablar sobre el tema, incluso a la Dirección de Comunicación Social del Ayuntamiento se le pidió información o una entrevista desde hace varios meses, sin obtener respuesta positiva.
Para Jorge Manuel Rivas Peña, director de la Dirección de Catastro Urbano y Rural de Chiapas, la población que tiene 15 ó 20 años asentada en estos sitios es imposible de sacar, lo único que le queda al Ayuntamiento es hacer programas de regularización a través de la Corett.
Arturo Orta coincidió con Rivas Peña al decir "que los asentamientos de varios décadas que están en tierra social deben ser regularizadas a través de la Corett".
Cuando hay núcleos ejidales en zonas conurbadas o en ciudades capitales, se debe desincorporar la tierra social e incorporarla al desarrollo urbano para efectos de que no haya un crecimiento anárquico poblacional, agregó Orta.
Por otro lado, la Ley Agraria no establece disposición alguna por el fenómeno que se está dando, no se puede sancionar o castigar. Únicamente el Ayuntamiento está facultado para aplicar la normatividad a través de sus direcciones correspondientes, pues "ahí se comete una irregularidad y tiene que aplicarse el Estado de Derecho", reflexionó Orta.
A la fecha, el Ayuntamiento sufre un agujero financiero con la población asentada en ejidos que no paga predial u otros impuestos. Entonces, el municipio no puede devolverles servicios públicos de calidad que tanto demandan estos asentamientos, resumió por su parte Jorge Manuel Rivas.
"La compraventa de tierra social, aun dentro del ámbito agrario, es un acto jurídico prohibido por sí mismo, porque están poniendo en venta un terreno social no desincorporado de régimen ejidal", reiteró Orta.
El delegado de la Procuraduría Agraria aclaró que los ejidos colindantes de Tuxtla Gutiérrez, entre ellos Terán, Plan de Ayala, Francisco I. Madero, Copoya y Emiliano Zapata fueron beneficiados con el programa de certificación, lo cual no significa que los asentamientos humanos existentes estén regularizados.
"Se tendría que hacer un censo con la autoridad competente para determinar si esos asentamientos están dentro de tierra ejidal", aclaró Orta.
El Ayuntamiento debe ejercer a plenitud sus facultades y frenar el crecimiento anárquico o el crecimiento irregular, el cual en cinco años o diez va a demandar servicios públicos.
Con esta situación, agregó, el municipio se verá afectado al no contar con la generación de recursos como son pagos de predial y originará una población molesta con la autoridad, cuando el problema de origen fue una venta irregular de superficie social que no fue incorporada adecuadamente al desarrollo urbano sostenible y ecológicamente sustentable, situación que no se da en los hechos.
"Quien quiera tener una superficie y vea un anuncio de se venden lotes de 10x20 en abonos mensuales, que tenga precaución de verificar que ese predio no se trate de tierra ejidal, porque difícilmente podrá tener escritura que le ampare el patrimonio; no se deje sorprender recibiendo un recibo de puño y letra", advirtió el delegado Arturo Orta.